La bicicleta

El mundo se inclina a la derecha, después a la izquierda, a bocanadas. Sigue el ritmo lento de los pedales, obstinados en resistir cada envite de las piernas. Cuesta llevarlos al fondo por las oscilaciones del cuadro de la bicicleta, y porque cuando se avecina la segunda mitad de la subida se empieza a indigestar la primera parte. Las manos sudan, incluso a través de los guantes especialmente diseñados para que la última falange de cada dedo quede al descubierto; pero lo peor es tratar de mantener los ojos abiertos a pesar de las gotas saladas que se cuelan por la parte superior de las gafas de sol.

– Estás muy callado.

Es verdad que un rato antes, en el llano, cuando tuvieron tiempo de ir con marchas amplias por la carretera sin desnivel, disfrutó hablando a los tres compañeros. Habló del paisaje, de lo apetecible que resultan los campos de centeno, todavía verdeante; del verano que deletrean en su canción las chicharras; habló de todo con frases descontroladas y la respiración entrecortada por el atracón de palabras y el constante esfuerzo. Que su mujer, dijo, no es de las que se quedan en casa, pero este sábado entre encuentros y desencuentros amorosos impropios de su edad avanzada -descritos con detalles tan precisos que a la fuerza debían ser inventados-, había trabajado en el horno un codillo de los que basta recordar para abrir el apetito. Habló de la competencia, de los roba puestos sin trascendencia, y los roba estantes del supermercado, también; en un par de meses, cuando las cuentas no cuadrasen, estarían rogando por las migajas que cayeran de sus manos. Pero sobre todo habló de la bicicleta nueva que ha comprado. Y nueva es un eufemismo que significa a la vez que es casi primeriza, y que la inexperiencia le avergüenza de manera indecible; porque para ser sincero habría de reconocer que la última bicicleta la perdió allá cuando no había cumplido los catorce años; que jamás le dio más trajín que un par de vueltas a la placeta del barrio; que perderse fue una muerte digna para ella, porque de seguir en sus manos habría envejecido oxidada por el abandono. Pero calló aquello y se conformó con repetir las ganas que tenía de salir con ellos tras escucharlos cada lunes en el curro, sentados en corro como en una hoguera para revivir las peripecias y las virtudes de sus excursiones de fin de semana. Así que fue llegar, ver y comprar. Lo demás como buen autodidacta lo ha aprendido deprisa: ha descubierto que el mejor traje de malla es el pantalón con tirantes, que los mejores guantes llevan antideslizante en la palma y que el sillín ha de ser acolchado pero firme.
Ha aprendido a prisa y corriendo, en el salón de casa, a cambiar las marchas y a regular la resistencia de los amortiguadores para acomodarlos al camino. Ha aprendido muchas cosas pero ni por asomo a soportar la pendiente que se hace eterna en las rectas e imposible en las curvas; tan lento se desplaza que con inclinar un poco el manillar la bici se detiene en seco y se ve obligado a echar el pie a tierra. Para justificar el parón, bebe de la cantimplora y escupe, se tira del cuello de la camiseta y mira el horizonte,como si descubriese en la silueta escarpada de la cordillera contra la tarde, la radiografía de su propia respiración, plagadas de tensos picos e infinitos valles. Tose y, disimuladamente, se rasca la zona de la pantorrilla próxima a la ingle, irritada bajo la malla por el roce. Los demás aguardan unos metros más arriba, murmurando entre ellos.

– Si que te gusta mirar el paisaje.
– Pse,-replica-, hay que saber mirar.

Y los tres miran donde mira él, por curiosidad.

– Seguid vosotros, yo me quedaré un rato mirando el paisaje.
– ¿Estás seguro?
– Completamente.
– ¿El lunes nos vemos?
– Sin falta.
– ¿Vienes en bici el lunes?
– Seguro.

Ninguno protesta y en un instante se escucha el sonido de las cadenas y el ronquido del cambio de piñón del reanudar de la marcha.

– ¿Crees que le durará mucho la moda? -pregunta uno de ellos cuando ya se han alejado lo suficiente.

Y como todavía lo ve por el rabillo del ojo, al volver la vista atrás, sentado en el borde de camino, con la boca escondida entre las rodillas, baja el tono como si pudiera ser escuchado:

– Nah, el lunes como hay dios que le roban la bicicleta.

Una vuelta de rueda después ya se alejan demasiado para seguirlos, pero sus risas se escuchan repetidas por el eco de la montaña.

Luces de feria

Cuesta arriba se hace más pesado el camino, pero es breve la subida y antes de que se den cuenta están bajo el vértice del arco de entrada: de cartón piedra desprende el melancólico quiero y no puedo de las películas antiguas. Es primavera seca, estación de alergias.

– Es la Feria, ¿no te dije, niño?

Eso y que las mejores reuniones de negocios se celebran a dos palmos del tablao, con las partes del contrato animadas por el soniquete de las palmas y los tacones, por las jarras de rebujito burbujeante que se suceden acompañadas de morcilla rota por el calor, chorizo de un rojo brillante empapado en su propio aceite y jamón, niño, jamón del bueno, sudao como un flamenco en verano, y gratis, niño, para que no les rechiste la cartera lo que celebra el estómago.

Como van con tiempo sobrado, el que manda le convida a un vaso de vino dulce en la entrada, después a un segundo y antes del tercero lanza una amonestación al ímpetu de los buenos bebedores, pero lo pide igualmente y lo bebe, con gusto, apoyado el codo en un resquicio de la barra del mostrador para indignación del feriante que prefiere que los clientes servidos no roben espacio a los nuevos clientes. Y ya vamos pa arriba antes de se que nos haga tarde: y ahora mucha prudencia, niño, que venimos a cerrar la venta de calzado no a emborracharnos.
Esos vendrán emperifollados de arriba a bajo. Lucirán parné en cuanto oigan el cuco, pero tu ni caso, nosotros miramos los zapatos, no las luces.

Sobre todo, cuidado con las luces, niño, peligro que ciegan y ya no ves ni donde pisas, ni el camino, ni el borde, ni el despeño que promete el precipicio. Las moscas, eh, fíjate bien ellas, lo rápido que se joden una vida de volar a su gusto por abrazar el vidrio ardiente de una bombilla. Y se fija en las moscas porque una se le posado en el labio y si la aparta se vuelve a posar, como atrevida y burlona. Pero el niño no está ciego, sino que cree ver el futuro con ese tono que tendría el suelo como si el mismísimo sol no existiera durante el día: se van a reunir con los distribuidores, que querrán negociar tajada, y de las buenas, solo para garantizar que al mundo no lo cambia ni el dios que lo ha parido mientras exista un comisionista mediante.

Despierta, niño, déjate de certezas religiosas que ya habéis llegado a la caseta y en nada se parece a la que describía el que manda durante el camino. Hay varias mesas, sí, pero solo una ocupada por dos señores; las señoritas se congregan en torno a ella agitando sus vestidos de faralaes como si quisiesen bailar sobre los platos de raciones. A ratos besuquean a los señores, les sirven de la jarra, que no es rebujito, sino fino del bueno y no lo beben en plástico sino en copas estrechas, como está mandado, niño. Les invitan a sentarse y cuando lo hacen es el propio camarero quien renueva los platos de morcilla, chorizo y jamón y también queso, gambas que jura traídas de Huelva y coquinas. Bebe el que manda, y bebe, niño, que esto no lo pruebas todos los días y entre sorbo y sorbo se intercalan las matemáticas contables como los pasos de las sevillanas; un cincuenta por ciento, cuarenta y nueva, hasta que algo, probablemente los primeros vinos dulces se suben a la mollera y cuesta más abrazarse a un número y se baja la cuesta de las cifras como dando tropiezos entre un escalón y el siguiente: cuarenta, treinta y dos.

– Nada.

Se hace un momento el silencio y todos se vuelven a él, asín como descubiertos, incluso las mujeres parecen más viejas y se les nota el oficio. En la mirada de los dos comisionistas lee que ha atinado en el clavo; lo corrobora a ciencia cierta cuando uno de ellos saca el pañuelo del bolsillo y se limpia con cuidado la comisura del labio superior; el otro alerta con el índice al camarero para que le recoja los tiquets de lo consumido. Y a punto están de levantarse, pero niño, qué dices, niño.

– ¡Tiene buena madera, pero se le va la juventud en la fuerza!

A que manda le contestan con un gesto tibio de tiempo que está a punto de ponerse en marcha pero no se decide.

– Ni caso le hagan los señores. Miren si es crio el muchacho. Niño, le digo. Las luces de la feria le han nublado el serrín que tiene entre las cejas. Ya se lo decía yo hace un rato: cuidao con las luces que ciegan, niño.

Y ahora sí, se ponen de nuevo en marcha, y el que manda le atiza un coscorrón, que te lo tengo dicho, y las mujeres vuelven a ser jóvenes y más amantes que avariciosas y él, otra vez, niño. Niño de nuevo, pero no aprendes, niño. No aprendes.

Escritor

Le muestra dos o tres frases tuertas que ha escrito en la mitad superior de página, son como versos sin rima, con un ritmo hosco, como de muchacho adolescente que intenta acompasar sus primeros pasos de baile al vuelo de vestido de la chica del colegio de al lado, de la que por cierto, se ha enamorado por accidente, a traición y sin previo aviso, el mismo día que juraba con palabras adultas que suenan mayores en una boca tan pequeña, que no caería presa de la estúpida enfermedad que sufren los del siguiente curso, siempre como embobados, tontos, mariposeando, perdiendo los minutos de recreo en magreos sobre el pollete del río, besuqueos que vistos desde fuera unas veces despiertan envidia y otras grima, y desaparecen siemrpe dejando los cuerpos en un estado de inopia que suele durar hasta que resuena insufrible el timbre ordenando la vuelta las aulas.

Le muestra eso que no se atreve a llamar poema sino escrito y su compañero, pupitre de delante, se vuelve extasiado, seguro de que ni el ni nadie ha leído texto de semejante calidad y ruega permiso para mostrarlo y suplica autorización para citarlo delante de esa otra chica rubia y bajita de la que a pesar de sus idénticos juramentos también ha caído enamorado. Pero no podrá enseñarlo. No, de momento. No hasta que lo revise una y cien veces, lo pase por el filtro del tiempo y de la serenidad, el filtro del cajón en el que lo arrojará para leerlo más tarde y en el que lo esconderá avergonzado por la torpeza de su redacción durante los años venideros, hasta que un buen día, a punto de ir a la universidad, con la tristeza que obligan las mudanzas primerizas, se tope con el poema y reprima algo parecido a una lágrima en la garganta antes de guardarlo con cariño renovado.

Pero todo eso tampoco ocurrirá ese día, sino mucho después. Ese día se marcha a su casa con un aire de solemnidad que lo haría viejo de no ser tan joven y mira el mundo cotidiano que lo rodea -el camino de costumbre, primero junto al paseo de naranjos, después junto al río, el puente y la tediosa subida por la avenida que se vuelve agonizante cuando aprieta con calentura de precoz verano el final de la primavera- como si se tratara de un paisaje creado para su primera novela. Y lo contempla, y decide que está bien cuanto él mismo ha creado, porque siendo escritor jamás pisará la realidad de otros sino aquella que construyan sus ojos. Y en ellos reposa orgulloso el resultado de su contemplación.

Y entra en casa, con el repiqueteo cardíaco que provoca saber que el escrito sigue aún en la mochila; y se sienta a la mesa, con la abulia que genera saber que el escrito aún respira en la mochila; y se sirve del pollo preparado por su madre mientras papá corta el pan y lo reparte, con el nerviosismo que le produce recordar que el escrito aún padece en la mochila. E inquieto porque no se le va de la cabeza el escrito de la mochila piensa en pedir permiso para retirarse, pero en lugar de eso, con la cabeza baja y los puños apretadas, dice como si sus palabras concluyeran una discusión:

– Voy a ser escritor.

Y su padre le ofrece más pan, y su madre echa en su plato un pedazo que ha reservado para su hijo, y no le protestan cuando se levanta a pesar de que no haya pedido permiso, ni le preguntan más, ni señalan su mochila, ni le dicen palabra alguna excepto que antes de marcharse al cuarto se lave las manos y ayude a quitar la mesa.

Salmuera

Corre el viento hacia el este cuando al fin divisa un brillo en el lado opuesto. Desde hace unas horas la barca amenaza con partirse en dos y sumergirse; el lado de babor se eleva unos palmos mientras que el extremo de estribor se pierde sumergido en el agua. Por ese mismo costado, una mancha aceitosa empaña la superficie del mar, tranquila a todo lo ancho del océano, molesta a los ojos por la intensidad con que refleja el sol. A mediodía, no importa hacia donde miren; ya sea hacia el cielo, hacia el horizonte, o hacia el interior del mar, no hay forma de mantener los ojos abiertos sin colocar la mano sobre las cejas, a forma de visera. Y no hay forma de mantener esa manos sobre las cejas, debido al hambre que roba las fuerzas, y a la deshidratación que cercena los ánimos y al infatigable sol de infierno que, ayudado por el salitre, impide a la vez doblar y estirar los músculos. Nadie conoce el dolor del verano hasta que ha sufrido el escarnio del sol en el mar o en el desierto. Mira por dónde, ella y su familia vienen de lamentar uno para morir en el otro. O eso se dice a sí misma a la vez que lucha por convencerse de lo contrario. Es terrible caminar por un lugar que no dudaría en asesinarte si te detienes. Eso significa para ella tanto el mar como el desierto: un paisaje inmortal que castiga con pena de muerte la inmovilidad o el descanso. Y ella viene de sufrir uno para fallecer en el otro.

Y cobarde también, el mar, porque no mata de frente, de un golpe, como el animal furioso, o el terremoto, sino que convierte la muerte en la dejadez de quién se muere. Nada peor que eso. La muerte en vez de una canallada se transforma así en un fracaso.

– No te rindas – le ordena.- Ya vienen.

Al fondo, ese brillo son ellos, signifique ese ellos lo que signifique. ¿A quién, cuando se bordea el final, puede importarle la diferencia entre ser salvado o capturado? Apartado del peligro, liberado de la muerte, es es lo trascendente. Su esposo, al que ha amado hasta repetirse en otros seres vivos, yace, más del otro mundo que de éste; con los labios pálidos y la piel arrugada y blanquecina, más gris ceniza que negro ébano; parece conservado en salmuera para ser mostrado en los puestos del mercado. Respira lento, mal. Para escuchar el latido de su corazón es preciso apoyar la oreja sobre su pecho y no conserva fuerzas que permitan agacharse; yace con los ojos medio abiertos y porque no están ni abiertos ni cerrados del todo, ha de creer que aún vive.

– Aguanta.

Vive o muere entre otros que viven o mueren igual que él. Otros pescados negros conservados en salmuera; unos encima de otros, como los peces recién caídos de la red sobre la cubierta del barco. No hay hielo que poner cerca para conservarlos. Para eso está la salmuera. Y si hubiese hielo no lo usarían para conservar sino para beber, poco a poco, como hicieron con las últimas reservas de agua dulce, antes de que se agotaran dos días antes. Bebería hasta vino y que dios la perdone. Hubiese sumergido la cabeza en el mar, con la boca abierta y habría sorbido de ese agua que reflejaba la luz como un espejo, hasta tener la panza llena; lo hubiera hecho antes si primero no se lo hubiese impedido su marido cuando todavía tenía fuerza para impedir; o si después no hubiese visto lo que ocurría a aquel joven que hizo exactamente lo que ella deseaba. Murió entre terribles dolores y lo arrojaron por la borda en cuanto quedó en silencio, sin comprobar si palpitaba su cuello y su pecho. Bebería hasta el combustible, si no estuviese esparcido por la superficie del mar, rodeado de ese agua que no debía beber.

– Sólo un poco más.

El brillo sobrevive como una estrella en la lejanía; un buen marino usaría esa luz para guiarse; rumbo a la supervivencia, ese sí que es un buen puerto en cualquiera de los océanos. Alguien debería alzar los brazos al aire y hacer gestos. Moverse. Otra vez la exigencia de moverse. Un arma como la que llevaba en la cintura el hombre enorme que los embarcó, vendría bien. Les dio bidones de gasolina para el motor; no fue tacaño en eso, es sólo que se perdieron cuando la mar se puso brava, en la primera noche; algunos víveres, agua. Tenían casi de todo, menos espacio; la barca navegaba desde su salida con la linea de flotación, pintada en azul, sumergida. Tampoco les cedió marinos que supieran pilotar la embarcación. Ni armas. Al principio pensó que era mejor así, los mejores navegantes son aquellos que necesitan alcanzar la otra orilla; ninguno con billete de ida y vuelta. Pero ahora piensa que una mano experta no les hubiera ido mal; ni un arma. Ayudaría ahora, con un disparo atraerían la atención de aquella estrella; pero también durante el viaje, cuando el uso de una pistola o la amenaza de su empleo hubiese puesto fin a las disputas por el agua y el alimento. Pero no tienen armas y nadie levanta los brazos. Y si nadie levanta los brazos ni hace ruido, lo que sea que cause ese brillo no los verá, o los verá y no pasará apuro porque los dará a todos por muertos.

Además no hay forma de averiguar la distancia a la que se encuentra aquel brillo. Un brillo informe bien puede contener un cristal del tamaño de la esfera de un reloj, que se encuentre a poca distancia, o ser el reflejo de un edificio repleto de ventanas deslumbrantes si se halla a varios kilómetros. Más difícil todavía es precisar el tamaño en mar abierto, donde no hay objetos de referencia y aún peor resulta en un mar abierto y calmado sin oleaje que balance la causa del brillo. Si tienen suerte, será un barco pequeño pero muy próximo y los marinos que lo navegan verán su barca aunque ninguno agite los brazos. En cambio si es un gran barco lejano nadie advertirá su presencia a no ser que un marinero o un oficial otee en ese preciso momento el horizonte, en la dirección en la que ellos se encuentran, empleando prismáticos. Qué mala suerte si ese no es el caso. Pero si se trata de un barco pequeño, ¿cómo pretenden rescatar a los ciento y pico tripulantes de su barca? No cabrán a bordo. Eso también será mala suerte.

– Aguanta. – dice de nuevo, sin reflexionar sobre que quizás no esté diciendo nada, sino pensando en decir dada la dificultad que entraña mover los labios.- Aguanta, amor.

Si se trata de un barco pequeño y no los rescata, en el peor de los casos, puede proporcionar agua y comida para que resistan un poco más. Quizá incluso medicamentos contra el insoportable calor. Pero primero es preciso que los vea.

– Solo un poco más.

Lo repite con la cabeza recostada y los brazos caídos, ambos acurrucados contra el tronco. Es mala suerte, si al menos la barca se partiese, en ese mismo momento los verían hundirse, con seguridad, desde aquel brillo; de alguna u otra forma llegarían a tiempo para rescatar a algunos. Y si además se tratara de un barco pequeño, no pudiendo rescatar a todos, porque el hundimiento los perdiese en el océano, el problema del espacio quedaría resuelto; sería un buen remedio con la condición de que entre los rescatados se encontraran ella y el moribundo de su marido. Golpea con la yema de los dedos el casco de la barca. Menuda tripa de madera empapada. Una cerilla bastaría. La encendería y la arrojaría después contra la mancha que se asemeja al aceite sobre el mar. Con suerte prendería y le llamarada quemaría el agua, y seguramente también la madera, por más húmeda que estuviese, y después a ellos. Pero los verían. No hay insensato capaz de ignorar una llamarada sobre el incombustible mar.

Pero el mechero no está cerca. Sabe donde está y no está cerca. Si pudiese moverse para cogerlo también podría mover los brazos y el problema se resolvería sin necesidad de calcinar a nadie.

Derrotada, cierra los ojos, y tal vez duerme un rato. Como no sueña, piensa que también ha podido morir y regresar a la vida más tarde, conservada por la salmuera. Su espalda sube y baja, lo que significa que el mar se mueve bajo la panza de la barca. Hace un viento infernal y el agua llueve sobre su rostro, pero sobre sus mejillas sigue doliendo el golpe del sol. Extrañada por la contradicción, abre los ojos e identifica la sombra metálica sobre ellos. Jamás ha visto antes un helicóptero desde abajo. Son dragones estáticos y las hélices no parecen moverse, dibujan un halo sobre los mitológicos animales. Del dragón cae una cuerda. Pretende llamar la atención sobre ellos pero no hace falta. Un hombre se acerca e inmediatamente siente el tirón bajo sus axilas de un cuerda que parece un flotador. Antes de elevarse comprueba que alguien se aproxima a su marido.

– Muerto desde hace horas. -vocifera el hombre que se ha aproximado a él.- Mucho antes de que nos avisara el pesquero.

No, se equivocan. Forcejea con el cable de seguridad y enseguida corren dos hombres hacia ella para rogarle que se detenga. Ella intenta reunir fuerzas para explicarles la verdad, que no está muerto sino conservado en salmuera, como también ella misma estuvo un rato antes. Pero no le salen las palabras y según se eleva le sorprende lo fácil que resulta moverse: basta con dejarse mecer por el viento. Y el mar se marcha, y se alejan los demás peces y según asciende no parecen varies peces sino un único pez, enorme, con escamas negras, y se alegra porque de alguna forma, siguee bien conservado en su salmuera. Se darán cuenta más tarde, piensa. “Aguanta un poco más, amor y lo verán”, ordena en silencio a su marido.

Mal aparcado

Es tarde y han discutido sin habérselo propuesto con la pareja que los acompaña: buenos amigos, de maneras moderadas y larga trayectoria de noches, tardes e incluso resacas compartidas en tiempos más jóvenes. Los dos hombres estudiaron juntos y ellas se conocieron como amigas antes de emparejarse Pero hoy, a la novia de su amigos les ha dado por defender con posición firme y acusaciones rayanas en el insulto la perturbadora certeza de que el mundo, la sociedad y los medios de comunicación degeneran inevitablemente con con el paso del tiempo. Se han vendido al mejor postor, o dicho de otro modo, se han vuelto materiales -así lo dice, aunque es fácil suponer que quiere decir materialistas-. No es la primera vez que discuten, las dos parejas, ni siquiera es la primera vez que afilan la lengua sobre este tema; pero nunca antes la conversación se había enquistado dando lugar a insultos y expresiones difíciles de interpretar de manera distinta al desprecio.

Terminaron por arreglarse a las malas para pedir la cuenta y pagar a escote, mientras ellas recogían los bolsos de los sillones y ellos apuraban con sorbos precipitados el final de los cócteles. Ninguno se acordó de dejar unos céntimos de propina al camarero, a pesar de que lo conocían de antiguo y en más de una noche los había convidado -imposible saber si por negocio, por amistad, o por una mezcla de ambas- a la última ronda. Han descorrido la cortina del local y han cruzado el umbral de la puerta. Fuera hace un frío húmedo, impropio del final del verano, tan consistente que se nota a través de la camisa y atraviesa también la segunda piel que el alcohol proporciona. Adiós, hasta la vista, dicen, y la pareja de amigos de toda la vida, convertida hoy en enemiga, se encamina hacia la derecha en el parking. Adiós, y ellos caminan hacia la izquierda: él un poco renqueante por el último sorbo precipitado; ella sujeta al brazo y acurrucada para protegerse del repentino mal tiempo. Se hubiesen marchado en el acto pero mira por donde, alguien ha dejado el coche mal aparcado en segunda fila, impidiendo la salida de los que, como él, estacionaron donde es debido. Y no es un vehículo cualquiera el que está mal aparcado bloqueando el paso: es un auto de los que solo se ven en largometrajes y en páginas centrales de las revistas; descapotable, blanco con un animal suntuoso en el morro; el culo levantado, y los espejos retrovisores afilados como si insultaran a los coches vecinos a lo ancho de la carrocería del coche.

Él abre la puerta y se introduce en el sitio del conductor. Toca la bocina una vez y otra, pero nadie sale aludido por el ruido. Ella, que había entrado también en el vehículo sale de nuevo y se aleja unos metros para encender un cigarro. En la moderada distancia, tan solo iluminada por la luz del mechero, le pasa desapercibida la sombra del hombre que se ha detenido a su lado.

– ¿Qué le sucede?- pregunta el desconocido.
– Un imbécil ha dejado su coche bloqueándonos el paso – no presta mucha atención al desconocido, ni sabe de donde ha venido, ni le importa, pero aún así le contesta, sin siquiera mirarle a los ojos.- Ya ves.
– Sí, ya veo. ¿Pero por que dice qué es un imbécil?
– ¿No ves el coche?
– Sí
– Pues eso.
– ¿Usted conduce?
– Tengo carnet, pero poco. ¿Por?
– No diría que es tan imbécil si lo condujese usted.
– Puede – dice sorprendida, apurando las últimas caladas- pero jamás conduciré un coche como ese.
– Porque no quieres – tuteándola de pronto, saca del bolsillo unas llaves donde se aprecia, en plata, el mismo animal que hay grabado en el morro del vehículo.

La contempla un momento. Ella se sonroja y guarda silencio. El novio anda lanzando maldiciones al aire junto a la pareja de amigos, que ha regresado alertada por los bocinazos. Ya no resultan tan detestables. De pronto mira en su dirección y ella, azorada, siente la obligación de acercarse y hablar.

– Aquí está el dueño del coche. -dice señalando al hombre salido de las sombras.
– Vaya, ya iba siendo hora.

Retira el dueño el vehículo mal aparcado, se despiden de nuevo de esos amigos que a ratos son rivales y a ratos compañeros, y, por fin, ponen en marcha el coche. Al comenzar el camino de vuelta, él golpea el volante y dice:

– Menudo imbécil, si que se lo ha tomado con calma. ¿Quién se ha creído que es?
– ¿Por qué dices eso? – replica ella.
– Decir qué.
– Imbécil. Siempre tienes que insultar a todo el mundo.
– ¿Has visto el coche que gasta?
– Ya. No dirías lo mismo si tu lo condujeses, ¿verdad?
– Lo diría
– No, no lo harías.

Y ambos quedan en silencio durante el resto de camino hasta su casa.

Sensacional

El más alto, que parece el más viejo debido a la calvicie y el aspecto fofo, con la barriga caída sobre el cinturón, es el primero en entrar en el salón. Retira cortinas, abre ventanas, contraventanas, saca la cabeza entre las rejas negras y, como si el aire se olfatease diferente desde el interior de la casa que desde la calle, inhala con fuerza, retiene en los pulmones y después lo suelta como si exhalara la bocanada azul de un cigarro. “Sensacional”. Después entra la mujer alta y delgada y tras ella los demás: el bajito, que permanece la mayor parte del tiempo callado, pero es el el propietario de la vivienda, la mujer vestida con falda corta, un poco cegata a juzgar por los gruesos cristales de sus gafas; entra también, otro todavía más bajito y su inseparable pareja, se sostienen las manos y él le susurra apreciaciones en el oído; por último entra el perro de color canela, moviendo el rabo y durante un momento permanece en la habitación hinchado de alegría; al poco el dueño se da cuenta y grita impostando una voz enfurecida, al perro, que le observa perplejo, reticente a dejarse engañar; pero cuando el hombre bajito amenaza con la escoba, esconde el rabo entre las piernas y cruza la puerta hacia la terraza de blancas columnas y enormes macetero desbordados de hojas de palma.

– Sensacional.

Y otro tanto replican los demás. Aquí está la botella. ¿Cuantos van ya? Para diez. No, no, diez sin duda: uno tras otro, por igual, a pesar de cuanto aconteciese en sus vidas, ahí se han reunido a celebrar el aniversario de la muerte de un importante músico de los ochenta. También para pasar unos días en las agradables vísperas del verano. Es hermoso comprobar que las cosas permanecen como deben. “Ahora bajaremos donde el tuerto a que nos dé tomates para la ensalada, como siempre”. Son tomates que saben auténticos, grandes, de ese tono verde con destellos rojizos que delatan su origen en tierra exóticas. Tomate que sabe a tomate, dice la mujer con falda corta. Todos asienten. Y tomillo también, para aliñarlo, seco por el sol, pero fresco en el sentido de recién arrancado a la tierra. Y bajarán después al bar, en la plaza, como han hecho durante nueve años, y tomarán chatos de ese vino dulzón con regusto metálico, tan joven que no siempre está del todo fermentado; y pasearán embravecidos por el embriaguez de la bebida, cantando, trotando carretera arriba, de vuelta ya curados por el vino, hasta la casa donde celebran el aniversario.

Pero bajan ahora hacia donde piensan recoger los tomates del tuerto, que los recibe y los guía hasta la huerta con pasos precisos, seguros y lentos, pasos que delatan unas piernas fuertes y ancianas bajo el pantalón; escupe al suelo, el tuerto, al llegar a la verja de la finca, y aprovechando para tomar aire, se entretiene buscando las llaves en el bolsillo; las saca al fin con sus dedos huesudos, gordos y agrietados.

– ¿A qué vais después? -dice como retomando una conversación que en realidad se interrumpió un año antes antes cuando la pandilla lo buscó en su casa, igual que en esta ocasión y conversaron sobre las mejores rutas de excursión en el pueblo.- ¿De excursión?
– De eso nada, directos al bar.
– ¿Al bar?
– ¿Dónde si no?
– Ves, eso digo yo, porque el bar lo cerraron hace casi un año.
– ¡No jodas!

No es por joder que lo dice, en serio lo jura, perro cerrado está para siempre. ¿Y eso? Pues que no hay clientes; últimamente resulta más fácil encontrar un vecino en el camposanto que en la barra de la taberna. Y sin clientes no hay parné. ¿Pues por eso venían ustedes? Vaya por días, dice mientras corta una de las matas de tomate.

– Tanta carretera para nada. ¿Qué les parece?
– Mal.

Guardan los tomates en una bolsa y dejan un billete en el bolsillo de la camisa del tuerto.

– Que sí hombre que sí, por las molestias.

El tuerto hace un gesto de desagrado y murmura un “qué se le va a hacer”, pero no hace por devolver el billete ni se acaricia siquiera el bolsillo. Cierra la verja de la huerta y se marcha cuesta abajo, mientras ellos ascienden de nuevo hacia la casa, meditabundos, tristes y decepcionados. Uno de ellos reparte tomates a cada uno para que puedan comerlos a mordiscos durante el breve camino.

– Ni los pueblos son ya lo que eran. -dice uno, después del primer bocado.-
A la más mínima desaparece su autenticidad, como si nada.
– Eso – secunda con la comisura de la boca rebosante de jugo de tomate- Si la respetasen les iría mejor. Traerían mas gente: aunque me joda vendrían más turistas. Y eso es más dinero.
– Eso. Se les ha olvidado cómo ser auténticos.

Una nota

Permitidme hacer una pausa. El director observa con recelo y los muchachos de la primera fila murmullan algo entre risas susurradas. “Una pausa, de un segundo”, dice sin levantar los ojos del atril. Cómo oscurece la realidad el papel resplandeciente que esa señorita ha dejado cuidadosamente sobre sus notas. Un número de teléfono. Diría que desconoce a quién pertenece y lo desconoce realmente, pero está el prefijo. Si no existiese esa visita al médico de la semana pasada; si no le hubiese escuchado relatar el sábado, puntual en su periódica llamada, que las luces de la ciudad permanecen tan cautivadoras como siempre, que el trabajo no anda mal, pero anhela que termine de una vez, aún a sabiendas de que una vez terminado solo tendrá ánimo de comenzar uno nuevo; que Juanita conserva la mano, la receta y el buen hacer de los pasteles de boniato; que no pudo resistirse y, al doblar la calle de la iglesia, se detuvo primero en el cristal del escaparate, inmerso en el aroma a pan recién horneado y azúcar, tostada hasta que se vuelve caramelo; que pidió de dos en dos, como si ambos fuesen a emprender juntos el camino de regreso a casa desde el colegio a media tarde y aquellos pasteles constituyesen su merienda compartida; que los mordió y el relleno estaba dulce, caliente y esponjoso; que eran buenos, pero no tan buenos como la oleada de recuerdos que arrastraba en su tripa cada mordisco. Duros de molleras eran. Eso diría su madre a la vuelta: se os caerán los dientes de tanto dulce. Y limpiaos el azúcar los labios. E intentaban obedecer, porque se obedece mejor cuando las órdenes se escuchan con el ímpetu y el estómago satisfechos, pero los dedos pegajosos quedaban adheridos a las mejillas y tenían que lamerse las yemas y después frotarlas de nuevo contra los mofletes, y limpiar los dedos otra vez con la lengua que se complacía en secreto en el regusto a boniato que aún permanecía tras tanta limpieza. Si no le hubiese escuchado lamentar con tristeza cuánto añoraba esos días. No sabes cuánto, de verdad, no hay forma de que logres imaginarlo. O tal vez sí, pues los viviste hombro a hombro a mi lado, la mochila a cuestas y los pantalones cortos tan pronto como se despidiese el invierno. O tal vez no, porque para añorar hay que estar seguro de que se agotaron los senderos del retorno. Si no le hubiese oído suspirar mientras desvariaba algo sobre hacer sonar en un viejo aparato de alta calidad los discos favoritos a la hora en que despunta el atardecer, como hacían en las tardes de verano, sentados en los butacones de mimbre de la terraza, con la vista en el horizonte travieso del mar encrespado de borregos delante y, detrás, el ruido de mascotas con acento californiano de los chicos de la playa; si hubiese repetido que era tiempo de hacer una visita; que era tiempo, aún sin compromisos, que no encontraría mejor momento y más que nunca sería bien recibido. Que mejor ahora, porque puede que luego, con las visitas al médico. Ahí mencionó, su hermano, por primera vez la enfermedad. Como por accidente. Como si hilara un atisbo más de la memoria, solo que una memoria inmediata. Y próxima a extinguirse. Oh, dios, era eso. Y el director aguarda todavía. Y los chicos de la primer fila ya no son los únicos que se ríen. Si no hubiese hablado del médico y del diagnóstico; y ahora aquella nota con una llamada urgente esperando en la secretaria, una llamada con prefijo de la ciudad. Oh, dios, esa nota. Oh dios, tarde sería. ¿Llegaría a tiempo para coger su mano? En tanto años no recordaba jamás haberlo hecho. Resultaría raro, seguro, pero tocarle al menos. Sentir, que aún estaba para tener algo más que sustraer al olvido cuando ya no estuviese. Oh, dios. Y presiente que el director se acerca desde el fondo y los muchachos ya no se contienen. Las manos le tiemblan.

– ¿Se encuentra bien?

Oh, dios, eso.

– Quizás prefiera usted tomar algo de aire. ¿Necesita un descanso?

Eso. Eso que hay al otro lado del papel enferma al otro y a él lo enmudece, como si morir fuese un encargo de tareas repartidas: el silencio queriendo ser roto a un lado del folio, las palabras no queriendo ser escuchadas al otro. Y las risas de los muchachos. De pequeños también ellos reían golpeándose con el codo. Nada cambia más lento que los hábitos de los niños.

– ¿Necesita un descanso? ¿Quiere usted descansar un momento?
– En paz -contesta.
– ¿Cómo dice?
– Eso. -murmura antes de comenzar su funerario paseo hacia la salido.- Hubo paz.