El invierno

Frota el pelaje con un cepillo grueso, deslizando la mano sobre el lomo, como si fuese un caballo. Después revisa que hayan vendado bien sus tobillo y las pezuñas; con el pellejo de las mandíbulas separado por las manos, empapadas de saliva, comprueba cada uno de los dientes: están en perfecta forma. Lo palmea en el cuello. Un poco fondón, pero es fuerte y grande. Es ágil también: lo ha visto con frecuencia en el parque, escabulléndose por el enrejado de las urbanizaciones para montarle gresca a algún gato escondido o a otro perro que tranquilamente marca el territorio. Es un toro en pequeño. Susurra en su oído palabras de entrenador en el córner: estás listo, has practicado, has nacido para esto; directo y al cuello; directo y al cuello hasta que os separen si es que pueden; no dejes que te acorralen en las tablas, salta y si no puedes saltar, rueda hasta hacerte con un poco de espacio donde ponerte en pie de nuevo. ¿Entiendes? Ladra en ese tono que significa asentimiento.

– ¿A qué viene? -dice señalando a un viejo que camina a su encuentro.
– Buenos días.
– Para usted también.
– ¿Cómo esta el chucho?
– Está.
– Está, está. Sí que está, sí.

Estira la mano para tocar la cabeza del perro, pero antes de que sus dedos puedan rozarlo, éste devuelve un gruñido rabioso.

– Vaya si está. ¿Apostará usted por el perro?
– ¿Dice usted?
– No todos lo hacen, vea. Algunos, juegan a dos bandas.
– Ya puede abrirse si viene a convencerme. Yo voy limpio.
– Bravo chaval.

El viejo escupe al suelo y se queda un momento contemplando el centro del entresuelo donde el cuadrilátero, formado por listones apilados en vertical y cubierto por un dedo de albero, permanece vacío y en silencio. Hay poca gente, pero ya huele rancio: sudor dulzón, de ropa que ha aguantado muchos tragos sin repuesto, y la acidez a medio cocinar de alguna vomitona que nadie ha limpiado.

– ¿Sabe usted quién soy? -pregunta el viejo.
– ¿Qué hay que saber?
– Soy el padre del guarro que hay en el otro lado, susurrando también a su perro.

Escupe ahora al suelo, y el joven interpone su cuerpo entre el perro y el viejo. El chucho es capaz de defenderse por sí mismo pero no le corresponden esas peleas.

– Ajá ¿Y que se le ha perdido a usted por acá?
– Nada vine a ver si merecía la pena.
– ¿Merecer el qué?
– Apostar
– ¿Y merece?
– Ya lo creo. Me apuesto la herencia de mi hijo a que gana su perro. ¿Quiere saber una cosa? Verano no sabe pelear. Es de sofocón y descanso, por eso le pusimos el nombre. Nada. Pero el guarro cree que sí. El guarro siempre cree saberlo todo. Al perro le llega el invierno, pero al guarro usted y yo le vamos a enseñar una lección. ¿Lo tiene bien adiestrado?

– Todo lo bien que sé.
– Pues haga que ataque por la derecha. Por ese oído Verano se quedó sordo en un accidente.

Ve al viejo marcharse con paso tartamudo al rincón de su hijo. Al llegar, besa a ese que llamaba guarro en las mejillas y acaricia al tal Verano. El perro lo recibe con alegría, moviendo el rabo y encaramándose a sus rodillas. El hijo le acaricia la mejilla y lo abraza. Golpea amistoso su puño contra el pecho, después. Cuando su rival aún sigue abrazado, escucha la voz a través del megáfono que ordena a los contendientes ocupar su puesto. Él se agacha y antes de obedecer susurra algo, con cariño en la oreja de su perro: “Haz que dure poco”, le dice convencido de que entiende sus palabras. “ Que ese viejo no consiga regodearse. Si le jode el invierno, es cosa suya”.

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