El cuadro

Del fondo, en el paisaje, nace un sol de poniente que parece congelado en colores de su próxima agonía o su muerte; lo ha pintado con pinceladas de trazo intermedio, mezclando ocres con óleos blancos y grises. El mismo sol, indeciso a la hora de marcharse, se superpone, cebreado, al granero de verdes oscuros y marrones pálidos que forman la copa de los árboles. Atardece en el lienzo, como si a la llegada de la noche el día remoloneara retrasando la despedida de la tarde. En el tercio bajo de la tela, se repiten los motivos de los dos tercios superiores, pero teñidos de azul borroso, reflejados en un lago. Y en una de las orillas del lago un par de manchas ovaladas dejan intuir la espalda y la cabeza de un niño que, observado de lejos, bien puede estar pescando con caña sin carrete o torturando con un palo largo la superficie de agua. El niño es rubio y la melena rizada tiene tonos que recuerdan a ese mismo sol que se marcha si, en lugar de marcharse, estuviese llegando.

– ¿Qué te parece?

Pregunta y da un trago al vaso de vino que hay apoyado junto al caballete. Después suelta la paleta y, vieja costumbre, aspira el olor químico de las pinturas y el aguarrás con cierto placer. Frotándolas contra la bata de médico -o científico, o carnicero- se limpia de las manos los restos de pigmentos.

– Eh, ¿no dices nada?

Porque está abstraido, pendiente de la pantalla de su teléfono, piensa el abuelo que no dice nada, pero sí dice su nieto, solo que a otros mucho más lejano que él, a otros a los que solo puede transportar sus palabras por medio del silencio.

– ¿No ves nada peculiar?
– No.
– ¡Pero qué vas a ver si no miras el cuadro!

El muchacho con un suspiro hastiado, un cabeceo impertinente y un zapateo contra el suelo que se detiene antes de ser realmente molesto, aparta la mirada del teléfono móvil y observa durante unos instantes la imagen del lago bordeado de árboles de copas verdes y frondosas, en ese atardecer en el que juega o pesca un niño con el pelo rubio y rizado.

– ¿Nada?
– ¿Puedo bajar ya a la calle?
– Mira primero: ¿nada?

Seguramente apremiado por la esperanza de que unos instantes de atención permitan acortar su obligada permanencia en casa, observa con más esmero, o lo pretende. Se incorpora un poco, aparta la espalda del sillón, abre los ojos y los entorna después, apoya el índice sobre el labio con ese gesto que a edades tan tempranas todavía no muestra inteligencia sino añoranza del chupete.

– ¡Eres tú! ¡Eres tú en el lago que hay en la casa del abuelo! Bueno, tu bisabuelo. Un domingo te llevaré y te enseñaré a pescar. ¿Te apetece?
– Bueno.
– Pues entonces, hecho.
– Abuelo.
– Sí.
– ¿Puedo salir ya?

El abuelo observa sus bucles desordenados y caídos sobre la frente. De pronto dice:

– ¿No te apetece hacerle una foto?
– ¿Para qué?
– Se la enseñas a tus amigos.
– No saldría bien.
– ¡Pero si ahora todas las fotos salen bien!

El nieto vuelve a bufar y esta vez murmura palabras incomprensibles entre los dientes, pero eleva el móvil y apunta con el reverso del teléfono al lienzo. Se escucha un sonido que emula el obturador de las viejas cámaras analógicas y, un segundo después, el niño enseña la imagen en la pantalla a su abuelo, para dejarlo tranquilo.

– Anda que no vas a vacilar tú de abuelo que pinta cuadros.

Hunde los dedos en sus rizos y los agita con energía. El chaval la mantiene la cabeza baja y por un momento podría decirse que permanece concentrado en la fotografía.

– Anda, vete ya, que se va a hacer tarde.

Y sin escucharlo dos veces, parte a la carrera y enseguida resuena el zapateo apresurado de sus pies sobre las baldosas de la entrada y el estruendo de la puerta al cerrarse sin cuidado. El abuelo ya no puede verlo, pero también sale del portal como si huyera del infierno y corta la calle inclinándose en las curvas como hacen las motocicletas de carreras, hasta que llega a la puerta de su viejo colegio, jadeante.

– ¿Por qué has tardado tanto? -pregunta impaciente y con acento de reproche uno de sus amigos, que parece el jefe, sin siquiera hacer ademán de levantarse del banco para saludarle.
– Nada, castigado.
– ¿Otra vez? No te libras ni en verano
– Ya ves.
– No sé si yo podría.

Se levanta él y le sigue el resto de la pandilla y juntos se marchan, bromeando, apoyando unos el peso en los hombros de los otros.

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