El viento

Agita la cucharilla del café, convencido de que los movimientos firmes y precisos de su muñeca se contraponene perfectamente a los incongruentes giros que toma la discusión. Da el primero sorbo y un relámpago de dolor recorre su lengua; después la parte abrasada, parece insensibilizada y áspera como si un papel cubriese el interior de su boca. El sufrimiento agita algo en su interior y de pronto dispone de fuerzas para zanjar la disputa. Ella habla y él sabe que de alguna forma menosprecia sus palabras al entretenerse contemplando los transeúntes que aparecen por un extremo de la ventana de la cafetería y desaparecen, con paso rápido, por el opuesto.

– ¿Me estás escuchando?
– Te escucho.
– Entonces, ¿qué?
– No.
– No. ¿Y ya está?

Da otro sorbo, haciendo de menos el dolor y se limpia los labios.

– Es verano, estamos de vacaciones y qué quieres, amor, no me apetece.
– ¿Y hay que hacer siempre lo que te apetece?
– A ti tampoco te apetece.
– Te equivocas.
– A nadie puede apetecerle almorzar con tus amigos. Son el aburrrimiento hecho carne. Es sentarme a la mesa con ellos y desear levantarme. A ti también te pasa, ni siquiera sé por qué lo disimulas.
– No hables así.
– Además, ya habíamos hecho planes.
– ¿Con este tiempo?
– Mejor nublado para la excursión, hará menos calor.

Para cuando se levantan de la mesa ella ha besado su boca dolorida y él ha puesto unas monedas sobre la cuenta en la bandeja. Ha arrugado un par de servilletas y las ha arrojado en el interior de la taza; han revisado en el móvil la mejor ruta hasta la cima de la montaña, se han besado uno a otro los nudillos como si fuesen duque y princesa feudales, se han acariciado las mejllas, se han arreglado mutuamente el cabello, han bromeado y, en fin, han hecho las paces tras acordar que la intimidad y el ejercicio físico de la caminata por el sendero hará más bien a ese amor que quieren fortalecer durante las vacaciones que la convivencia con amigos que no son del todo apreciados. Así que cuando se levantan ya no tienen más que repartirse las tareas para comenzar la excursión lo antes posible. Ella irá al supermercado para comprar viandas que les sirvan de tentempié y refresco; el prepará las mochilas en casa, las gorras y eligirá de la maleta la mejor vestimenta.

En media hora andan rumbo a la cima. Caminan por el sendero de tierra, ancho al principio y más estrecho según avanzan; cierran los ojos mientras les impregna el olor a hierba fresca, a manzanilla, a tierra húmeda, y a las higueras que bordean el camino. A veces inhalan aire como si, sedientos, bebiesen tragos de agua fresca. Cuando se inicia la pendiente, él la precede marcando el paso, alejándose a veces para esperarla unos metros más arriba. El aire ahora se atraganta entre respiraciones rápidas y las piernas parecen tan calientes como si hubiesen pasado la noche cerca de una lumbre encendida. A medio camino, ella pierde el pie trasero y está a punto de caer al suelo, así que intercambian posiciones y el resto del ascenso lo hacen más despacio.

Pero con paciencia y paso firme, hora y media después del comienzo, se hace visible la cúspide del monte. Desde donde están no es más que una elevación escarpada, de terreno pedregoso, a la que hay que llegar ayudándose por las manos. En lo más alto, un mojón de hormigón marca la altura y, según les explicaron en la oficina de turismo, también señala las distancias hacia las principales ciudades del mundo.

– Mira que es tonta la gente: subir hasta ahí para permanecer sentada.

Señala mientras lo dice, dirige el dedo índice hacia otro pequeño grupo de excursionistas que permanece sentado arriba, junto al mojón.

– Yo pienso abrir los brazos. -dice emulando con su cuerpo una cruz.

Ella no responde, camina con una mano sujeta a la gorra y la otra en la rodilla izquierda como si sostenerse las piernas y la cabeza fuesen tareas inaplazables. Con entusiasmo, recorre él los últimos metros. Con entusiasmo, ayuda que ella ascienda los últimos metros. Con entusiasmo, el último impulso lo sitúa junto al mojón, pero entonces, siente el golpe: es un viento atroz, imposible de predecir desde abajo por la ausencia de árboles.

Es también un viento caprichoso y violento, que cambia de dirección, como si jugara a estorbar los esfuerzos de los excursionistas por acomodar sus pies al siguiente golpe. Se mantiene agachado: las piedras del suelo están gastadas por el trajín de los visitantes que, durante siglos, quien sabe si no milenios, han llegado hasta ese mismo punto y, las han lijado con sus incontables zapatos sonhasta volverlas extremadamente resbaladizas. A gatas, intenta llegar hasta el mojón, aunque sea para llevarse de vuelta el efímero trofeo de tocarlo, pero comprende pronto que no será posible.

– ¿Qué pasa amor? – Pregunta ella, que unos metros más abajo, resguardada todavía por la pendiente aún no siente el viento. -Ayudame a subir.

La ayuda con dificultad y enseguida queda ella echa un ovillo, sujeta a la gorra y las rodillas.
– ¿Ahora qué? – pregunta ella
– Mejor nos vamos- contesta él.
– Sí.
– Esto está imposible.
– Sí. Hubiera sido mejor comer con mis amigos -concluye sin dejar de sujetarse la gorra.

No contesta, pero mientras prudentemente comienza el descenso, antes de ofrecer la mano como ayuda, él escupe al aire, esperano que el viento devuelva el escupitajo hacia sus zapatos.

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