Miedo a volar

¿Por qué en los niños pesa tan poco el sueño? Apenas unos instantes después del sobresalto del despertador, agita su hombro con dulzura para que regrese con paso calmo al mundo de la vigilia; apenas esos segundos en los que parece que recela, como si anticipase la realidad que le aguarda a la vuelta del paso de los años, constipada siempre de grandes responsabilidades que al cerrar los ojos se desvanecen al compás de historias mejores. En ese momento pesa a los niños el sueño. Tiene que insistir un par de veces, sobre todo los lunes, que ha de retirar ligeramente las sábanas para que el frío de la mañana ayude en la tarea a sus manos cálidas. Si por él fuera, dejaría que durmiese. Lo permitiría satisfecho si el colegio tolerara que se acabara el sueño, o si el menos pudiese retrasar su jornada laboral y llegar, incluso saliendo la pequeña tarde de la cama, puntual a la terrible puerta de la oficina. Porque es terrible. Duerme hija, duerme y no sufras, no padezcas, no tiembles cuando lleguen las pesadillas: la puerta de la oficina es aún más oscura. De tan muerta que está, su umbral extirpa la vida a quienes la cruzan; igual que arrancaba de sus caparazones a los caracoles, la abuela, antes de sorberlos. Haces bien en seguir en tus trece y defenderte testaruda, que despierten otros, nosotros dos tenemos algo más que los ojos heridos y no hay más cura que detener el tiempo. Pero después, sabe que no puede y que nadie tiene paciencia para esperar, y despierta a la pequeña.

Entonces pesa, al despertar, pero deberías mirarla ahora. Más fuerte, papá, mientras el columpio se balancea, primero contra él, como si quisiera atravesar su pecho, y después, directo hacia el cielo. ¡Mas fuerte! Aunque sabe que es tarde -lo sabe porque el barrendero acaba de cruzar la esquina del parque y porque Marieta y su mamá corren calle abajo agarradas de la mano, como si fuesen apuradas-, más tarde que los otros días de la semana en los que ya tuvo que atravesar la dichosa puerta con la cabeza gacha y un buenos días murmurado deprisa por miedo a que mencionaran el retraso; más tarde también que aquel jueves en que la seño de primera hora prohibió a la niña la entrada para que los pájaros, los árboles de invierno, las nubes bajas, el viento escurridizo y las palomas se mofaran de su vergüenza -quién más podría mofarse si el resto de alumnos estaban ya dentro del aula-. Sin discusión, es más tarde que nunca, lo confirma el color rojizo del horizonte; y que ya empiezan a fatigarse los razos de empujar tanto tiempo el columpio; y que el sudor brota de su frente como en las siestas del verano, poco hecha al ejercicio continuado. Más tarde que nunca, pero empuja una y otra vez, conquistado por su risa inocente. Ríe bien alto porque empuja además con más fuerza que nunca. Los niños deberían estar siempre así, reflexionó: entre sus padres y el cielo; conquistando las alturas y volviendo a casa de vez en cuando para recibir un nuevo empujón. Eso es, escúchala ahora, feliz como si jamás hubiese sufrido, como si aún estuviera soñando. Hace ese sonido con la boca en el que imita una efe atragantada en el rugido de un motor a reacción. Eso es, mírala, mírala y dime si no hace rato que dejó el columpio y vuela, como han de volar los hijos, sin reconocer apenas el impulso que en el pasado recibieron de sus padres. “¡Sigue volando sola!”, piensa mientras propina otro empujón al asiento del columpio en el que se balancea la niña. “¡Vuela!”, grita y ella responde “¡Vuelo! ¡Mira, papá, vuelo!”.

Aún demora el juego cinco minutos más, consciente de que quizás la seño deje a su hija a su suerte. ¡Condenado tonto! También ella tiene su puerta del trabajo de la que tú quedas fuera. Eso, eso es lo que importa, quédate siempre fuera de su terrible puerta, sea la que sea. Un sitio al que regresar, eso serás grandullón, a pesar de las puertas que también tú tienes que pasar. Le da un beso fuerte en la mejilla, después otro y otro más, apretando su rostro con tanta fuerza que siente los pequeños dientes en el tacto de sus labios. Le ordena que se de la vuelta, tira de la cremallera y comprueba que el bocadillo sigue envuelto en papel de plata en el bolsillo exterior de la mochila; aliviado el temor, vuelve a cerrar el bolsillo, besa otra vez- a la pequeña en la frente y le ajusta el abrigo como si al otro lado de la puerta del colegio hiciese más frío que a la intemperie. Está a punto de despedirse cuando ve el miedo en sus ojos. “No temas y dile a la seño que llegas tarde porque tu papá te ha llevado a volar” .

– ¿De verdad puedo decirlo?
– Por supuesto. Y bien alto, para que te oigan todos.
– ¿Y si me castigan?
– ¡Tú ni caso! No te castigarían a tí, se castigarán ellos porque no han volado nunca.

Y le hace prometer, la niña, que también él dirá lo mismo al llegar al trabajo. Y promete, pero a sabiendas de que miente, porque al llegar al trabajo, más tarde que nunca, cruzará la puerta, bajará la vista y apretará el paso. Si le preguntan dirá que la niña se despertó enferma, porque con el paso de los años más que no volar, avergüenza no saber aterrizar. Sí, eso dirá, que estuvo enferma y la tuvo que cuidar. Por suerte la dejó acostada y dormida antes de salir, con prisas, hacia el trabajo.

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