Libres

Hace rato que no le presta atención, porque desde hace rato repite lo mismo, como una letanía. También porque la parece ridícula su obsesión de bienquedas camuflada en filosofía de venta al por mayor o sección librería de grandes superficies. Dice que no es por miedo a que bajo el amparo de la noche uno de ellos se cobre el impuesto del aparcamiento contra los cristales, los faros o los neumáticos del coche. Dice que serían incapaces, que esos hombres auto erigidos funcionarios municipales no son dañinos más que para ellos mismos. Porque se les ha escapado con creces la posibilidad de enmendar la vida mientras bebían y se pinchaban, o se pudrían los dientes fumando en bombillas de vidrio ennegrecido al calor de los mecheros; porque ya no tienen forma de obtener más salario que un variable sueldo de mendigos. Y como dicen ellos: podrían robar y no lo hacen. Podrían pedir sin más y tampoco. Ayudan a aparcar, orientan a los vecinos en la calle para que encuentren lo antes posible un lugar libre junto a la acera.

– Que sí, pero ninguno de los dos llevamos suelto.

Y no, por más que insista no va a cambiar de opinión, le parece estúpido detenerse unas calles arriba o abajo, en segunda fila, para que ella entre en el bar y con la excusa de tomar una cerveza o un tinto de verano, cambie un billete de diez en monedas mientras él espera con el motor en marcha. Tampoco pueden bajar los dos, dice, por el tráfico obliga a variar cambiar de sitio el coche.

– Miedo, no respeto.
– Vamos a estar dando vueltas todo la tarde.
– Pues las damos. ¿O no somos libres de dar vueltas si nos da la gana?

Como a la mar, piensa. Pero es miedo, reflexiona ella. Han pasado de largo dos sitios vacíos donde de sobra cabía un todoterreno sin demasiadas maniobras. Los ignoraron, fingieron no percatarse de las señas que les hacía el impaciente gorrilla. Giran ahora a la derecha en el semáforo y rompiendo la costumbre, se desvían después a la izquierda, alejándose metro a metro de su casa. Allí encuentran un sitio: apurado, bordeado delante y detrás por motocicletas. Él suspira, y viendo que no hay quien vigile esa calle, marca con el intermitente y comienza a maniobrar marcha atrás.

– ¿Tan lejos?
– Mejor esto que nada -contesta.

En el primer intento falla. Maldice a los conductores ausentes de las motos aparcadas, también al fabricante del coche que maniobra. Después grita a su mujer, pero ella no presta atención. A mitad del aparcamiento ha de sacar el coche y empezar otra vez desde el comienzo. Esta vez orienta mejor el culo y el morro, gira con más acierto el volante y se concentra, lo que, en opinión de ella, es realmente el matiz decisivo. Apaga la radio y echa el freno de mano, se asegura de desconectar las luces antes de salir. Entonces lo ve, al final de la calle, corriendo con una mano sobre la cabeza para no perder la gorra con el trote.

– Sube al coche.
– ¿Qué?
– Que subas, digo.

Ella aún mantiene la puerta abierta, indecisa. La cierra de pronto y se encamina hacia el hombre que corre hacia ellos. Lo intercepta unos pasos antes de que alcance el vehículo y el hombre se dobla sobre si mismo al parar la carrera, para coger aire.

– Siento decirte que no llevamos nada.
– ¿Nada? ¿Ni unas monedas?

Ella rebusca en el bolso y saca dos o tres céntimos oscurecidos por el roce con el cuero del monedero. El aparcacoches las acepta incrédulo y antes de guardarlas en el bolsillo escupe al suelo.

– ¿Y el caballero?
-Tampoco – responde ella.

El caballero agarra del brazo a su esposa y le dice al oído, abriendo de nuevo la puerta del coche: “Anda, vámonos”.

– ¿Por que nos vamos a ir? ¿Es que la calle es suya?.
– Venga, vámonos.- repite él, nervioso
– Ustedes sabrán. Si no tienen, no tienen. -y escupe otra vez sobre la acera.- Y suya tampoco es.
– ¿El qué?
– La calle.

Entran en el coche. Arrancan el motor con el gorrilla pegado a la ventanilla y salen tan rápido que derriban la moto delantera. Pasan un rato en silencio, conduciendo sin propósito, nerviosos, sin rumbo pero con prisas. Después, poco a poco, reducen la velocidad.

– No entiendo por qué tienes que faltarles el respeto. -protesta él- No lo entiendo.

Y ella calla incluso cuando el coche se detiene de nuevo.

– Anda baja y cambia el billete.

Y en silencio baja del coche y se dirige al bar,mientras él aguarda con el motor encendido, en segunda fila.

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