El entierro

De pronto recuerda que ha puesto el cartel por dentro y puede que algún apurado lo lea demasiado tarde, cuando el asunto no tenga remedio. Así que el marido mira el suelo, pero no llora, los hijos sí, desconsolados junto al nicho. Familia de postín, lo que decía, aunque no haya nadie a quien decirlo, porque es obligado el silencio. También han acudido al entierro una mujer atractiva con un vestido ceñido que ni el color negro confunde con luto. Está ahí sin estar del todo, a distancia prudencial de la familia directa. De vez en cuando, pero sin demasiado disimulo cruza su mirada con la del marido. Falta de vergüenza, mientras los niños lloran ya sin poder reducir a gimoteo los berridos del llanto; falta de consideración y de amor de más allá que sabe a promesa perdida, pero que le pregunten a la muerta si no es mejor eso que el hambre y el destierro de los olvidos. Un señor mayor parece abatido también, extiende la mano, acaricia con la yema de los dedos arrugados la superficie rugosa del cemento en el exterior del nicho. Se besa los dedos, que han quedado manchados de un polvo blanquecino y los coloca sobre la urna dejando su huella de polvo. Hay un sacerdote, un par de mujeres que se enjugan los ojos secos con sus pañuelos -están secos, no engañan a nadie, él lo sabe bien porque ha visto la obra desde el patio de butacas muchas veces: si de verdad limpiasen lágrimas, los pañuelos regresarían de la tarea coloreados por restos de maquillaje-. Alejada una pareja cuchichea y sonríe, se hacen cosquillas en la cintura el uno al otro. Más les valía estarse quietos; la risa contenida en momentos serios es un boleto directo al excusado. Solo que el excusado de señoras está cerrado a perpetuidad y el de caballeros averiado, con un cartel que lo explica, pero mal y por error, colocado, como pensaba al principio, de puertas para adentro.

Ahora, piensa otra vez: podría marcharse y ponerle remedio. Tiene experiencia, tanta como para saber que el cura no callará pronto y que cuando lo haga, vendrá la llorera suprema. Incluso el marido caerá afligido por la despedida. Así son las ausencias: cuando se confirman, escuecen más cuanto más se desearan. Eso son al menos cinco o diez minutos, contando por la bajo, antes de que toque echar la pala de cemento sobre la lápida y sellar lo que hace ya tiempo que quedó sellado para la vida. En fin, tardaría, caminando lento, dos minutos hasta la puerta del servicio, menos de medio minuto en arrancar el cartel con cuidado de no estropear el fixo y otros treinta segundos en pegarlo en el exterior de la puerta del lavabo para que todo el que se acerque pueda leer oportunamente: “No tirar de la cisterna”. Otros dos minutos que demora la vuelta y listo para terminar el oficio de difuntos como es debido. Eso yendo sin prisas, con celeridad, aún menos riesgo. Coge aire, pero antes de moverse cae en la cuenta de que la mujer ya no tontea con su pareja. Dios santo. El hombre mira el reloj, así que ha debido marcharse hace rato, más o menos en el mismo momento en que él comenzó a cavilar. Y desde chico cavila bien, decía la tita, bien, pero lento. Al poco la ve reaparecer de nuevo y llega azorada; enseguida susurra al muchacho algo al oído. A él ve que se sonroja y después tapa con la mano la boca para ahogar la carcajada.

No hace falta preguntar para imaginar lo que encontrará cuando revise. Y no sabe si le corresponde o no, pero mientras aún se escucha la voz del cura comienza a cargar con desgana la primera palada de cemento.

– Pero será posible. ¿Quiere usted esperar a que termine?
– Lo hecho, hecho está -sentencia.

Y con la solidez de su carácter malhumorado, carga y vuelve a cargar el cemento para después vaciarlo sobre el nicho

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