La bicicleta

El mundo se inclina a la derecha, después a la izquierda, a bocanadas. Sigue el ritmo lento de los pedales, obstinados en resistir cada envite de las piernas. Cuesta llevarlos al fondo por las oscilaciones del cuadro de la bicicleta, y porque cuando se avecina la segunda mitad de la subida se empieza a indigestar la primera parte. Las manos sudan, incluso a través de los guantes especialmente diseñados para que la última falange de cada dedo quede al descubierto; pero lo peor es tratar de mantener los ojos abiertos a pesar de las gotas saladas que se cuelan por la parte superior de las gafas de sol.

– Estás muy callado.

Es verdad que un rato antes, en el llano, cuando tuvieron tiempo de ir con marchas amplias por la carretera sin desnivel, disfrutó hablando a los tres compañeros. Habló del paisaje, de lo apetecible que resultan los campos de centeno, todavía verdeante; del verano que deletrean en su canción las chicharras; habló de todo con frases descontroladas y la respiración entrecortada por el atracón de palabras y el constante esfuerzo. Que su mujer, dijo, no es de las que se quedan en casa, pero este sábado entre encuentros y desencuentros amorosos impropios de su edad avanzada -descritos con detalles tan precisos que a la fuerza debían ser inventados-, había trabajado en el horno un codillo de los que basta recordar para abrir el apetito. Habló de la competencia, de los roba puestos sin trascendencia, y los roba estantes del supermercado, también; en un par de meses, cuando las cuentas no cuadrasen, estarían rogando por las migajas que cayeran de sus manos. Pero sobre todo habló de la bicicleta nueva que ha comprado. Y nueva es un eufemismo que significa a la vez que es casi primeriza, y que la inexperiencia le avergüenza de manera indecible; porque para ser sincero habría de reconocer que la última bicicleta la perdió allá cuando no había cumplido los catorce años; que jamás le dio más trajín que un par de vueltas a la placeta del barrio; que perderse fue una muerte digna para ella, porque de seguir en sus manos habría envejecido oxidada por el abandono. Pero calló aquello y se conformó con repetir las ganas que tenía de salir con ellos tras escucharlos cada lunes en el curro, sentados en corro como en una hoguera para revivir las peripecias y las virtudes de sus excursiones de fin de semana. Así que fue llegar, ver y comprar. Lo demás como buen autodidacta lo ha aprendido deprisa: ha descubierto que el mejor traje de malla es el pantalón con tirantes, que los mejores guantes llevan antideslizante en la palma y que el sillín ha de ser acolchado pero firme.
Ha aprendido a prisa y corriendo, en el salón de casa, a cambiar las marchas y a regular la resistencia de los amortiguadores para acomodarlos al camino. Ha aprendido muchas cosas pero ni por asomo a soportar la pendiente que se hace eterna en las rectas e imposible en las curvas; tan lento se desplaza que con inclinar un poco el manillar la bici se detiene en seco y se ve obligado a echar el pie a tierra. Para justificar el parón, bebe de la cantimplora y escupe, se tira del cuello de la camiseta y mira el horizonte,como si descubriese en la silueta escarpada de la cordillera contra la tarde, la radiografía de su propia respiración, plagadas de tensos picos e infinitos valles. Tose y, disimuladamente, se rasca la zona de la pantorrilla próxima a la ingle, irritada bajo la malla por el roce. Los demás aguardan unos metros más arriba, murmurando entre ellos.

– Si que te gusta mirar el paisaje.
– Pse,-replica-, hay que saber mirar.

Y los tres miran donde mira él, por curiosidad.

– Seguid vosotros, yo me quedaré un rato mirando el paisaje.
– ¿Estás seguro?
– Completamente.
– ¿El lunes nos vemos?
– Sin falta.
– ¿Vienes en bici el lunes?
– Seguro.

Ninguno protesta y en un instante se escucha el sonido de las cadenas y el ronquido del cambio de piñón del reanudar de la marcha.

– ¿Crees que le durará mucho la moda? -pregunta uno de ellos cuando ya se han alejado lo suficiente.

Y como todavía lo ve por el rabillo del ojo, al volver la vista atrás, sentado en el borde de camino, con la boca escondida entre las rodillas, baja el tono como si pudiera ser escuchado:

– Nah, el lunes como hay dios que le roban la bicicleta.

Una vuelta de rueda después ya se alejan demasiado para seguirlos, pero sus risas se escuchan repetidas por el eco de la montaña.

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