Luces de feria

Cuesta arriba se hace más pesado el camino, pero es breve la subida y antes de que se den cuenta están bajo el vértice del arco de entrada: de cartón piedra desprende el melancólico quiero y no puedo de las películas antiguas. Es primavera seca, estación de alergias.

– Es la Feria, ¿no te dije, niño?

Eso y que las mejores reuniones de negocios se celebran a dos palmos del tablao, con las partes del contrato animadas por el soniquete de las palmas y los tacones, por las jarras de rebujito burbujeante que se suceden acompañadas de morcilla rota por el calor, chorizo de un rojo brillante empapado en su propio aceite y jamón, niño, jamón del bueno, sudao como un flamenco en verano, y gratis, niño, para que no les rechiste la cartera lo que celebra el estómago.

Como van con tiempo sobrado, el que manda le convida a un vaso de vino dulce en la entrada, después a un segundo y antes del tercero lanza una amonestación al ímpetu de los buenos bebedores, pero lo pide igualmente y lo bebe, con gusto, apoyado el codo en un resquicio de la barra del mostrador para indignación del feriante que prefiere que los clientes servidos no roben espacio a los nuevos clientes. Y ya vamos pa arriba antes de se que nos haga tarde: y ahora mucha prudencia, niño, que venimos a cerrar la venta de calzado no a emborracharnos.
Esos vendrán emperifollados de arriba a bajo. Lucirán parné en cuanto oigan el cuco, pero tu ni caso, nosotros miramos los zapatos, no las luces.

Sobre todo, cuidado con las luces, niño, peligro que ciegan y ya no ves ni donde pisas, ni el camino, ni el borde, ni el despeño que promete el precipicio. Las moscas, eh, fíjate bien ellas, lo rápido que se joden una vida de volar a su gusto por abrazar el vidrio ardiente de una bombilla. Y se fija en las moscas porque una se le posado en el labio y si la aparta se vuelve a posar, como atrevida y burlona. Pero el niño no está ciego, sino que cree ver el futuro con ese tono que tendría el suelo como si el mismísimo sol no existiera durante el día: se van a reunir con los distribuidores, que querrán negociar tajada, y de las buenas, solo para garantizar que al mundo no lo cambia ni el dios que lo ha parido mientras exista un comisionista mediante.

Despierta, niño, déjate de certezas religiosas que ya habéis llegado a la caseta y en nada se parece a la que describía el que manda durante el camino. Hay varias mesas, sí, pero solo una ocupada por dos señores; las señoritas se congregan en torno a ella agitando sus vestidos de faralaes como si quisiesen bailar sobre los platos de raciones. A ratos besuquean a los señores, les sirven de la jarra, que no es rebujito, sino fino del bueno y no lo beben en plástico sino en copas estrechas, como está mandado, niño. Les invitan a sentarse y cuando lo hacen es el propio camarero quien renueva los platos de morcilla, chorizo y jamón y también queso, gambas que jura traídas de Huelva y coquinas. Bebe el que manda, y bebe, niño, que esto no lo pruebas todos los días y entre sorbo y sorbo se intercalan las matemáticas contables como los pasos de las sevillanas; un cincuenta por ciento, cuarenta y nueva, hasta que algo, probablemente los primeros vinos dulces se suben a la mollera y cuesta más abrazarse a un número y se baja la cuesta de las cifras como dando tropiezos entre un escalón y el siguiente: cuarenta, treinta y dos.

– Nada.

Se hace un momento el silencio y todos se vuelven a él, asín como descubiertos, incluso las mujeres parecen más viejas y se les nota el oficio. En la mirada de los dos comisionistas lee que ha atinado en el clavo; lo corrobora a ciencia cierta cuando uno de ellos saca el pañuelo del bolsillo y se limpia con cuidado la comisura del labio superior; el otro alerta con el índice al camarero para que le recoja los tiquets de lo consumido. Y a punto están de levantarse, pero niño, qué dices, niño.

– ¡Tiene buena madera, pero se le va la juventud en la fuerza!

A que manda le contestan con un gesto tibio de tiempo que está a punto de ponerse en marcha pero no se decide.

– Ni caso le hagan los señores. Miren si es crio el muchacho. Niño, le digo. Las luces de la feria le han nublado el serrín que tiene entre las cejas. Ya se lo decía yo hace un rato: cuidao con las luces que ciegan, niño.

Y ahora sí, se ponen de nuevo en marcha, y el que manda le atiza un coscorrón, que te lo tengo dicho, y las mujeres vuelven a ser jóvenes y más amantes que avariciosas y él, otra vez, niño. Niño de nuevo, pero no aprendes, niño. No aprendes.

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