Escritor

Le muestra dos o tres frases tuertas que ha escrito en la mitad superior de página, son como versos sin rima, con un ritmo hosco, como de muchacho adolescente que intenta acompasar sus primeros pasos de baile al vuelo de vestido de la chica del colegio de al lado, de la que por cierto, se ha enamorado por accidente, a traición y sin previo aviso, el mismo día que juraba con palabras adultas que suenan mayores en una boca tan pequeña, que no caería presa de la estúpida enfermedad que sufren los del siguiente curso, siempre como embobados, tontos, mariposeando, perdiendo los minutos de recreo en magreos sobre el pollete del río, besuqueos que vistos desde fuera unas veces despiertan envidia y otras grima, y desaparecen siemrpe dejando los cuerpos en un estado de inopia que suele durar hasta que resuena insufrible el timbre ordenando la vuelta las aulas.

Le muestra eso que no se atreve a llamar poema sino escrito y su compañero, pupitre de delante, se vuelve extasiado, seguro de que ni el ni nadie ha leído texto de semejante calidad y ruega permiso para mostrarlo y suplica autorización para citarlo delante de esa otra chica rubia y bajita de la que a pesar de sus idénticos juramentos también ha caído enamorado. Pero no podrá enseñarlo. No, de momento. No hasta que lo revise una y cien veces, lo pase por el filtro del tiempo y de la serenidad, el filtro del cajón en el que lo arrojará para leerlo más tarde y en el que lo esconderá avergonzado por la torpeza de su redacción durante los años venideros, hasta que un buen día, a punto de ir a la universidad, con la tristeza que obligan las mudanzas primerizas, se tope con el poema y reprima algo parecido a una lágrima en la garganta antes de guardarlo con cariño renovado.

Pero todo eso tampoco ocurrirá ese día, sino mucho después. Ese día se marcha a su casa con un aire de solemnidad que lo haría viejo de no ser tan joven y mira el mundo cotidiano que lo rodea -el camino de costumbre, primero junto al paseo de naranjos, después junto al río, el puente y la tediosa subida por la avenida que se vuelve agonizante cuando aprieta con calentura de precoz verano el final de la primavera- como si se tratara de un paisaje creado para su primera novela. Y lo contempla, y decide que está bien cuanto él mismo ha creado, porque siendo escritor jamás pisará la realidad de otros sino aquella que construyan sus ojos. Y en ellos reposa orgulloso el resultado de su contemplación.

Y entra en casa, con el repiqueteo cardíaco que provoca saber que el escrito sigue aún en la mochila; y se sienta a la mesa, con la abulia que genera saber que el escrito aún respira en la mochila; y se sirve del pollo preparado por su madre mientras papá corta el pan y lo reparte, con el nerviosismo que le produce recordar que el escrito aún padece en la mochila. E inquieto porque no se le va de la cabeza el escrito de la mochila piensa en pedir permiso para retirarse, pero en lugar de eso, con la cabeza baja y los puños apretadas, dice como si sus palabras concluyeran una discusión:

– Voy a ser escritor.

Y su padre le ofrece más pan, y su madre echa en su plato un pedazo que ha reservado para su hijo, y no le protestan cuando se levanta a pesar de que no haya pedido permiso, ni le preguntan más, ni señalan su mochila, ni le dicen palabra alguna excepto que antes de marcharse al cuarto se lave las manos y ayude a quitar la mesa.

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