Salmuera

Corre el viento hacia el este cuando al fin divisa un brillo en el lado opuesto. Desde hace unas horas la barca amenaza con partirse en dos y sumergirse; el lado de babor se eleva unos palmos mientras que el extremo de estribor se pierde sumergido en el agua. Por ese mismo costado, una mancha aceitosa empaña la superficie del mar, tranquila a todo lo ancho del océano, molesta a los ojos por la intensidad con que refleja el sol. A mediodía, no importa hacia donde miren; ya sea hacia el cielo, hacia el horizonte, o hacia el interior del mar, no hay forma de mantener los ojos abiertos sin colocar la mano sobre las cejas, a forma de visera. Y no hay forma de mantener esa manos sobre las cejas, debido al hambre que roba las fuerzas, y a la deshidratación que cercena los ánimos y al infatigable sol de infierno que, ayudado por el salitre, impide a la vez doblar y estirar los músculos. Nadie conoce el dolor del verano hasta que ha sufrido el escarnio del sol en el mar o en el desierto. Mira por dónde, ella y su familia vienen de lamentar uno para morir en el otro. O eso se dice a sí misma a la vez que lucha por convencerse de lo contrario. Es terrible caminar por un lugar que no dudaría en asesinarte si te detienes. Eso significa para ella tanto el mar como el desierto: un paisaje inmortal que castiga con pena de muerte la inmovilidad o el descanso. Y ella viene de sufrir uno para fallecer en el otro.

Y cobarde también, el mar, porque no mata de frente, de un golpe, como el animal furioso, o el terremoto, sino que convierte la muerte en la dejadez de quién se muere. Nada peor que eso. La muerte en vez de una canallada se transforma así en un fracaso.

– No te rindas – le ordena.- Ya vienen.

Al fondo, ese brillo son ellos, signifique ese ellos lo que signifique. ¿A quién, cuando se bordea el final, puede importarle la diferencia entre ser salvado o capturado? Apartado del peligro, liberado de la muerte, es es lo trascendente. Su esposo, al que ha amado hasta repetirse en otros seres vivos, yace, más del otro mundo que de éste; con los labios pálidos y la piel arrugada y blanquecina, más gris ceniza que negro ébano; parece conservado en salmuera para ser mostrado en los puestos del mercado. Respira lento, mal. Para escuchar el latido de su corazón es preciso apoyar la oreja sobre su pecho y no conserva fuerzas que permitan agacharse; yace con los ojos medio abiertos y porque no están ni abiertos ni cerrados del todo, ha de creer que aún vive.

– Aguanta.

Vive o muere entre otros que viven o mueren igual que él. Otros pescados negros conservados en salmuera; unos encima de otros, como los peces recién caídos de la red sobre la cubierta del barco. No hay hielo que poner cerca para conservarlos. Para eso está la salmuera. Y si hubiese hielo no lo usarían para conservar sino para beber, poco a poco, como hicieron con las últimas reservas de agua dulce, antes de que se agotaran dos días antes. Bebería hasta vino y que dios la perdone. Hubiese sumergido la cabeza en el mar, con la boca abierta y habría sorbido de ese agua que reflejaba la luz como un espejo, hasta tener la panza llena; lo hubiera hecho antes si primero no se lo hubiese impedido su marido cuando todavía tenía fuerza para impedir; o si después no hubiese visto lo que ocurría a aquel joven que hizo exactamente lo que ella deseaba. Murió entre terribles dolores y lo arrojaron por la borda en cuanto quedó en silencio, sin comprobar si palpitaba su cuello y su pecho. Bebería hasta el combustible, si no estuviese esparcido por la superficie del mar, rodeado de ese agua que no debía beber.

– Sólo un poco más.

El brillo sobrevive como una estrella en la lejanía; un buen marino usaría esa luz para guiarse; rumbo a la supervivencia, ese sí que es un buen puerto en cualquiera de los océanos. Alguien debería alzar los brazos al aire y hacer gestos. Moverse. Otra vez la exigencia de moverse. Un arma como la que llevaba en la cintura el hombre enorme que los embarcó, vendría bien. Les dio bidones de gasolina para el motor; no fue tacaño en eso, es sólo que se perdieron cuando la mar se puso brava, en la primera noche; algunos víveres, agua. Tenían casi de todo, menos espacio; la barca navegaba desde su salida con la linea de flotación, pintada en azul, sumergida. Tampoco les cedió marinos que supieran pilotar la embarcación. Ni armas. Al principio pensó que era mejor así, los mejores navegantes son aquellos que necesitan alcanzar la otra orilla; ninguno con billete de ida y vuelta. Pero ahora piensa que una mano experta no les hubiera ido mal; ni un arma. Ayudaría ahora, con un disparo atraerían la atención de aquella estrella; pero también durante el viaje, cuando el uso de una pistola o la amenaza de su empleo hubiese puesto fin a las disputas por el agua y el alimento. Pero no tienen armas y nadie levanta los brazos. Y si nadie levanta los brazos ni hace ruido, lo que sea que cause ese brillo no los verá, o los verá y no pasará apuro porque los dará a todos por muertos.

Además no hay forma de averiguar la distancia a la que se encuentra aquel brillo. Un brillo informe bien puede contener un cristal del tamaño de la esfera de un reloj, que se encuentre a poca distancia, o ser el reflejo de un edificio repleto de ventanas deslumbrantes si se halla a varios kilómetros. Más difícil todavía es precisar el tamaño en mar abierto, donde no hay objetos de referencia y aún peor resulta en un mar abierto y calmado sin oleaje que balance la causa del brillo. Si tienen suerte, será un barco pequeño pero muy próximo y los marinos que lo navegan verán su barca aunque ninguno agite los brazos. En cambio si es un gran barco lejano nadie advertirá su presencia a no ser que un marinero o un oficial otee en ese preciso momento el horizonte, en la dirección en la que ellos se encuentran, empleando prismáticos. Qué mala suerte si ese no es el caso. Pero si se trata de un barco pequeño, ¿cómo pretenden rescatar a los ciento y pico tripulantes de su barca? No cabrán a bordo. Eso también será mala suerte.

– Aguanta. – dice de nuevo, sin reflexionar sobre que quizás no esté diciendo nada, sino pensando en decir dada la dificultad que entraña mover los labios.- Aguanta, amor.

Si se trata de un barco pequeño y no los rescata, en el peor de los casos, puede proporcionar agua y comida para que resistan un poco más. Quizá incluso medicamentos contra el insoportable calor. Pero primero es preciso que los vea.

– Solo un poco más.

Lo repite con la cabeza recostada y los brazos caídos, ambos acurrucados contra el tronco. Es mala suerte, si al menos la barca se partiese, en ese mismo momento los verían hundirse, con seguridad, desde aquel brillo; de alguna u otra forma llegarían a tiempo para rescatar a algunos. Y si además se tratara de un barco pequeño, no pudiendo rescatar a todos, porque el hundimiento los perdiese en el océano, el problema del espacio quedaría resuelto; sería un buen remedio con la condición de que entre los rescatados se encontraran ella y el moribundo de su marido. Golpea con la yema de los dedos el casco de la barca. Menuda tripa de madera empapada. Una cerilla bastaría. La encendería y la arrojaría después contra la mancha que se asemeja al aceite sobre el mar. Con suerte prendería y le llamarada quemaría el agua, y seguramente también la madera, por más húmeda que estuviese, y después a ellos. Pero los verían. No hay insensato capaz de ignorar una llamarada sobre el incombustible mar.

Pero el mechero no está cerca. Sabe donde está y no está cerca. Si pudiese moverse para cogerlo también podría mover los brazos y el problema se resolvería sin necesidad de calcinar a nadie.

Derrotada, cierra los ojos, y tal vez duerme un rato. Como no sueña, piensa que también ha podido morir y regresar a la vida más tarde, conservada por la salmuera. Su espalda sube y baja, lo que significa que el mar se mueve bajo la panza de la barca. Hace un viento infernal y el agua llueve sobre su rostro, pero sobre sus mejillas sigue doliendo el golpe del sol. Extrañada por la contradicción, abre los ojos e identifica la sombra metálica sobre ellos. Jamás ha visto antes un helicóptero desde abajo. Son dragones estáticos y las hélices no parecen moverse, dibujan un halo sobre los mitológicos animales. Del dragón cae una cuerda. Pretende llamar la atención sobre ellos pero no hace falta. Un hombre se acerca e inmediatamente siente el tirón bajo sus axilas de un cuerda que parece un flotador. Antes de elevarse comprueba que alguien se aproxima a su marido.

– Muerto desde hace horas. -vocifera el hombre que se ha aproximado a él.- Mucho antes de que nos avisara el pesquero.

No, se equivocan. Forcejea con el cable de seguridad y enseguida corren dos hombres hacia ella para rogarle que se detenga. Ella intenta reunir fuerzas para explicarles la verdad, que no está muerto sino conservado en salmuera, como también ella misma estuvo un rato antes. Pero no le salen las palabras y según se eleva le sorprende lo fácil que resulta moverse: basta con dejarse mecer por el viento. Y el mar se marcha, y se alejan los demás peces y según asciende no parecen varies peces sino un único pez, enorme, con escamas negras, y se alegra porque de alguna forma, siguee bien conservado en su salmuera. Se darán cuenta más tarde, piensa. “Aguanta un poco más, amor y lo verán”, ordena en silencio a su marido.

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