Mal aparcado

Es tarde y han discutido sin habérselo propuesto con la pareja que los acompaña: buenos amigos, de maneras moderadas y larga trayectoria de noches, tardes e incluso resacas compartidas en tiempos más jóvenes. Los dos hombres estudiaron juntos y ellas se conocieron como amigas antes de emparejarse Pero hoy, a la novia de su amigos les ha dado por defender con posición firme y acusaciones rayanas en el insulto la perturbadora certeza de que el mundo, la sociedad y los medios de comunicación degeneran inevitablemente con con el paso del tiempo. Se han vendido al mejor postor, o dicho de otro modo, se han vuelto materiales -así lo dice, aunque es fácil suponer que quiere decir materialistas-. No es la primera vez que discuten, las dos parejas, ni siquiera es la primera vez que afilan la lengua sobre este tema; pero nunca antes la conversación se había enquistado dando lugar a insultos y expresiones difíciles de interpretar de manera distinta al desprecio.

Terminaron por arreglarse a las malas para pedir la cuenta y pagar a escote, mientras ellas recogían los bolsos de los sillones y ellos apuraban con sorbos precipitados el final de los cócteles. Ninguno se acordó de dejar unos céntimos de propina al camarero, a pesar de que lo conocían de antiguo y en más de una noche los había convidado -imposible saber si por negocio, por amistad, o por una mezcla de ambas- a la última ronda. Han descorrido la cortina del local y han cruzado el umbral de la puerta. Fuera hace un frío húmedo, impropio del final del verano, tan consistente que se nota a través de la camisa y atraviesa también la segunda piel que el alcohol proporciona. Adiós, hasta la vista, dicen, y la pareja de amigos de toda la vida, convertida hoy en enemiga, se encamina hacia la derecha en el parking. Adiós, y ellos caminan hacia la izquierda: él un poco renqueante por el último sorbo precipitado; ella sujeta al brazo y acurrucada para protegerse del repentino mal tiempo. Se hubiesen marchado en el acto pero mira por donde, alguien ha dejado el coche mal aparcado en segunda fila, impidiendo la salida de los que, como él, estacionaron donde es debido. Y no es un vehículo cualquiera el que está mal aparcado bloqueando el paso: es un auto de los que solo se ven en largometrajes y en páginas centrales de las revistas; descapotable, blanco con un animal suntuoso en el morro; el culo levantado, y los espejos retrovisores afilados como si insultaran a los coches vecinos a lo ancho de la carrocería del coche.

Él abre la puerta y se introduce en el sitio del conductor. Toca la bocina una vez y otra, pero nadie sale aludido por el ruido. Ella, que había entrado también en el vehículo sale de nuevo y se aleja unos metros para encender un cigarro. En la moderada distancia, tan solo iluminada por la luz del mechero, le pasa desapercibida la sombra del hombre que se ha detenido a su lado.

– ¿Qué le sucede?- pregunta el desconocido.
– Un imbécil ha dejado su coche bloqueándonos el paso – no presta mucha atención al desconocido, ni sabe de donde ha venido, ni le importa, pero aún así le contesta, sin siquiera mirarle a los ojos.- Ya ves.
– Sí, ya veo. ¿Pero por que dice qué es un imbécil?
– ¿No ves el coche?
– Sí
– Pues eso.
– ¿Usted conduce?
– Tengo carnet, pero poco. ¿Por?
– No diría que es tan imbécil si lo condujese usted.
– Puede – dice sorprendida, apurando las últimas caladas- pero jamás conduciré un coche como ese.
– Porque no quieres – tuteándola de pronto, saca del bolsillo unas llaves donde se aprecia, en plata, el mismo animal que hay grabado en el morro del vehículo.

La contempla un momento. Ella se sonroja y guarda silencio. El novio anda lanzando maldiciones al aire junto a la pareja de amigos, que ha regresado alertada por los bocinazos. Ya no resultan tan detestables. De pronto mira en su dirección y ella, azorada, siente la obligación de acercarse y hablar.

– Aquí está el dueño del coche. -dice señalando al hombre salido de las sombras.
– Vaya, ya iba siendo hora.

Retira el dueño el vehículo mal aparcado, se despiden de nuevo de esos amigos que a ratos son rivales y a ratos compañeros, y, por fin, ponen en marcha el coche. Al comenzar el camino de vuelta, él golpea el volante y dice:

– Menudo imbécil, si que se lo ha tomado con calma. ¿Quién se ha creído que es?
– ¿Por qué dices eso? – replica ella.
– Decir qué.
– Imbécil. Siempre tienes que insultar a todo el mundo.
– ¿Has visto el coche que gasta?
– Ya. No dirías lo mismo si tu lo condujeses, ¿verdad?
– Lo diría
– No, no lo harías.

Y ambos quedan en silencio durante el resto de camino hasta su casa.

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