Sensacional

El más alto, que parece el más viejo debido a la calvicie y el aspecto fofo, con la barriga caída sobre el cinturón, es el primero en entrar en el salón. Retira cortinas, abre ventanas, contraventanas, saca la cabeza entre las rejas negras y, como si el aire se olfatease diferente desde el interior de la casa que desde la calle, inhala con fuerza, retiene en los pulmones y después lo suelta como si exhalara la bocanada azul de un cigarro. “Sensacional”. Después entra la mujer alta y delgada y tras ella los demás: el bajito, que permanece la mayor parte del tiempo callado, pero es el el propietario de la vivienda, la mujer vestida con falda corta, un poco cegata a juzgar por los gruesos cristales de sus gafas; entra también, otro todavía más bajito y su inseparable pareja, se sostienen las manos y él le susurra apreciaciones en el oído; por último entra el perro de color canela, moviendo el rabo y durante un momento permanece en la habitación hinchado de alegría; al poco el dueño se da cuenta y grita impostando una voz enfurecida, al perro, que le observa perplejo, reticente a dejarse engañar; pero cuando el hombre bajito amenaza con la escoba, esconde el rabo entre las piernas y cruza la puerta hacia la terraza de blancas columnas y enormes macetero desbordados de hojas de palma.

– Sensacional.

Y otro tanto replican los demás. Aquí está la botella. ¿Cuantos van ya? Para diez. No, no, diez sin duda: uno tras otro, por igual, a pesar de cuanto aconteciese en sus vidas, ahí se han reunido a celebrar el aniversario de la muerte de un importante músico de los ochenta. También para pasar unos días en las agradables vísperas del verano. Es hermoso comprobar que las cosas permanecen como deben. “Ahora bajaremos donde el tuerto a que nos dé tomates para la ensalada, como siempre”. Son tomates que saben auténticos, grandes, de ese tono verde con destellos rojizos que delatan su origen en tierra exóticas. Tomate que sabe a tomate, dice la mujer con falda corta. Todos asienten. Y tomillo también, para aliñarlo, seco por el sol, pero fresco en el sentido de recién arrancado a la tierra. Y bajarán después al bar, en la plaza, como han hecho durante nueve años, y tomarán chatos de ese vino dulzón con regusto metálico, tan joven que no siempre está del todo fermentado; y pasearán embravecidos por el embriaguez de la bebida, cantando, trotando carretera arriba, de vuelta ya curados por el vino, hasta la casa donde celebran el aniversario.

Pero bajan ahora hacia donde piensan recoger los tomates del tuerto, que los recibe y los guía hasta la huerta con pasos precisos, seguros y lentos, pasos que delatan unas piernas fuertes y ancianas bajo el pantalón; escupe al suelo, el tuerto, al llegar a la verja de la finca, y aprovechando para tomar aire, se entretiene buscando las llaves en el bolsillo; las saca al fin con sus dedos huesudos, gordos y agrietados.

– ¿A qué vais después? -dice como retomando una conversación que en realidad se interrumpió un año antes antes cuando la pandilla lo buscó en su casa, igual que en esta ocasión y conversaron sobre las mejores rutas de excursión en el pueblo.- ¿De excursión?
– De eso nada, directos al bar.
– ¿Al bar?
– ¿Dónde si no?
– Ves, eso digo yo, porque el bar lo cerraron hace casi un año.
– ¡No jodas!

No es por joder que lo dice, en serio lo jura, perro cerrado está para siempre. ¿Y eso? Pues que no hay clientes; últimamente resulta más fácil encontrar un vecino en el camposanto que en la barra de la taberna. Y sin clientes no hay parné. ¿Pues por eso venían ustedes? Vaya por días, dice mientras corta una de las matas de tomate.

– Tanta carretera para nada. ¿Qué les parece?
– Mal.

Guardan los tomates en una bolsa y dejan un billete en el bolsillo de la camisa del tuerto.

– Que sí hombre que sí, por las molestias.

El tuerto hace un gesto de desagrado y murmura un “qué se le va a hacer”, pero no hace por devolver el billete ni se acaricia siquiera el bolsillo. Cierra la verja de la huerta y se marcha cuesta abajo, mientras ellos ascienden de nuevo hacia la casa, meditabundos, tristes y decepcionados. Uno de ellos reparte tomates a cada uno para que puedan comerlos a mordiscos durante el breve camino.

– Ni los pueblos son ya lo que eran. -dice uno, después del primer bocado.-
A la más mínima desaparece su autenticidad, como si nada.
– Eso – secunda con la comisura de la boca rebosante de jugo de tomate- Si la respetasen les iría mejor. Traerían mas gente: aunque me joda vendrían más turistas. Y eso es más dinero.
– Eso. Se les ha olvidado cómo ser auténticos.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s