Una nota

Permitidme hacer una pausa. El director observa con recelo y los muchachos de la primera fila murmullan algo entre risas susurradas. “Una pausa, de un segundo”, dice sin levantar los ojos del atril. Cómo oscurece la realidad el papel resplandeciente que esa señorita ha dejado cuidadosamente sobre sus notas. Un número de teléfono. Diría que desconoce a quién pertenece y lo desconoce realmente, pero está el prefijo. Si no existiese esa visita al médico de la semana pasada; si no le hubiese escuchado relatar el sábado, puntual en su periódica llamada, que las luces de la ciudad permanecen tan cautivadoras como siempre, que el trabajo no anda mal, pero anhela que termine de una vez, aún a sabiendas de que una vez terminado solo tendrá ánimo de comenzar uno nuevo; que Juanita conserva la mano, la receta y el buen hacer de los pasteles de boniato; que no pudo resistirse y, al doblar la calle de la iglesia, se detuvo primero en el cristal del escaparate, inmerso en el aroma a pan recién horneado y azúcar, tostada hasta que se vuelve caramelo; que pidió de dos en dos, como si ambos fuesen a emprender juntos el camino de regreso a casa desde el colegio a media tarde y aquellos pasteles constituyesen su merienda compartida; que los mordió y el relleno estaba dulce, caliente y esponjoso; que eran buenos, pero no tan buenos como la oleada de recuerdos que arrastraba en su tripa cada mordisco. Duros de molleras eran. Eso diría su madre a la vuelta: se os caerán los dientes de tanto dulce. Y limpiaos el azúcar los labios. E intentaban obedecer, porque se obedece mejor cuando las órdenes se escuchan con el ímpetu y el estómago satisfechos, pero los dedos pegajosos quedaban adheridos a las mejillas y tenían que lamerse las yemas y después frotarlas de nuevo contra los mofletes, y limpiar los dedos otra vez con la lengua que se complacía en secreto en el regusto a boniato que aún permanecía tras tanta limpieza. Si no le hubiese escuchado lamentar con tristeza cuánto añoraba esos días. No sabes cuánto, de verdad, no hay forma de que logres imaginarlo. O tal vez sí, pues los viviste hombro a hombro a mi lado, la mochila a cuestas y los pantalones cortos tan pronto como se despidiese el invierno. O tal vez no, porque para añorar hay que estar seguro de que se agotaron los senderos del retorno. Si no le hubiese oído suspirar mientras desvariaba algo sobre hacer sonar en un viejo aparato de alta calidad los discos favoritos a la hora en que despunta el atardecer, como hacían en las tardes de verano, sentados en los butacones de mimbre de la terraza, con la vista en el horizonte travieso del mar encrespado de borregos delante y, detrás, el ruido de mascotas con acento californiano de los chicos de la playa; si hubiese repetido que era tiempo de hacer una visita; que era tiempo, aún sin compromisos, que no encontraría mejor momento y más que nunca sería bien recibido. Que mejor ahora, porque puede que luego, con las visitas al médico. Ahí mencionó, su hermano, por primera vez la enfermedad. Como por accidente. Como si hilara un atisbo más de la memoria, solo que una memoria inmediata. Y próxima a extinguirse. Oh, dios, era eso. Y el director aguarda todavía. Y los chicos de la primer fila ya no son los únicos que se ríen. Si no hubiese hablado del médico y del diagnóstico; y ahora aquella nota con una llamada urgente esperando en la secretaria, una llamada con prefijo de la ciudad. Oh, dios, esa nota. Oh dios, tarde sería. ¿Llegaría a tiempo para coger su mano? En tanto años no recordaba jamás haberlo hecho. Resultaría raro, seguro, pero tocarle al menos. Sentir, que aún estaba para tener algo más que sustraer al olvido cuando ya no estuviese. Oh, dios. Y presiente que el director se acerca desde el fondo y los muchachos ya no se contienen. Las manos le tiemblan.

– ¿Se encuentra bien?

Oh, dios, eso.

– Quizás prefiera usted tomar algo de aire. ¿Necesita un descanso?

Eso. Eso que hay al otro lado del papel enferma al otro y a él lo enmudece, como si morir fuese un encargo de tareas repartidas: el silencio queriendo ser roto a un lado del folio, las palabras no queriendo ser escuchadas al otro. Y las risas de los muchachos. De pequeños también ellos reían golpeándose con el codo. Nada cambia más lento que los hábitos de los niños.

– ¿Necesita un descanso? ¿Quiere usted descansar un momento?
– En paz -contesta.
– ¿Cómo dice?
– Eso. -murmura antes de comenzar su funerario paseo hacia la salido.- Hubo paz.

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