Tarde

Golpea , la palma de la mano de la mano abierta; el repicar del anillo sobre el cristal de la barra -confección moderna, hortera, por pretender más que ser- suena a instrumento de música desafinado. Al tercer impacto, la amiga hace que detenga los dedos y se sube en el reposapiés para llamar la atención del camarero; inclina el cuerpo hacia delante y algunos mechones sueltos de la desordenada cabellera se cuelan el los restos de tequila del ultimo chupito. El camarero vuelve la vista hacia ellas, pera la atención y ambas manos siguen concentradas en el pañuelo con el que estruja una y otra vez la mancha invisible de un vaso. Cansada de esperar, ella, que antes golpeaba la barra con el anillo, parte en dos la melena de su amiga, todavía pendiente sobre los vasos de chupitos, y por la brecha cuela su cabeza como por la apertura de un telón.

– Cu-cú -dice entre risotadas. Su amiga, ríe también y con la risa su cuerpo se dobla hacia atrás desmontando el pequeño teatro que formaba su pelo- Eh, no te muevas -ordena ella y obediente su amiga regresa a su sitio. -Cu-cú. Cu-cú. Pregunta qué hora es.
– ¿Cómo?
– Qué me preguntes qué hora es.
– ¿Qué hora es? -cumple la amiga.
– No, no, así no. Pregúntalo como si cantaras. Después de que haga el Cu-cú. ¿Lista?
– Lista.
– Cu-cú
– ¿Qué hora es? – pregunta marcando cada sílaba con la musicalidad de un recitativo en la ópera.
-¡La hora de tomar la siguiente!

El grito, estridente, sorprende a la amiga, pero digiere el sobresalto entre carcajadas convulsivas. Una de las dos, es imposible determinar cual, empuja uno de los vasos de tequila hasta el borde de la barra y la otra, o quizás la misma, entre las convulsiones de la risa, acaba por tirarlo al suelo. El cristal se rompe sin su habitual estruendo; no, no se rompe en silencio, sino que la música del local, demasiado alta, esconde el chasquido de los cristales entre el ruido de sus canciones. El pequeño estropicio pasa desapercibido para todos, menos para el camarero, que deja el reluciente vaso sobre un estante junto a la botellería, se acerca por fin a ellas y apoya ambos codos en la barra cuando llega a su altura.

– Ya es hora de irse a casa, señoras. Sus maridos las estará esperando.

Ella no quiere marcharse, pero su amiga ha empezado a tirar del cinturón de su vestido hacia la puerta. Sube un escalón antes de descalzarse y mal guardar los tacones en el bolso, tan minúsculo que solo las puntas de los zapatos logran traspasar su cremallera. Asciende por el resto de la escalera con dignidad y con la barbilla elevada desfila delante del portero.

– ¿A dónde vamos? -pregunta a su amiga.
– ¿A dónde? Yo a casa.
– ¿Su marido la está esperando?- dice imitando el tono del camarero.
– Ni en broma. Pero trabajo.
– Una más.
– No.
– Bueno. Un cigarro.
– Un cigarro, sí.

Caminan unos metros para alejarse de la hilera de adolescentes que hacen cola en la puerta de la discoteca. No muy lejos encuentran un banco junto a una fuente que no echa agua; se sientan una al lado de la otra. Saca un cigarro del paquete y le ofrece a su amiga para que también se sirva. Comentan algo sobre la noche y su amiga, cuando apenas quedan dos caladas, lanza el humo contra el cielo como una amenaza a las alturas.

– Deberíamos tener más noches, así. -dice-.
– Sí, es una pena que tu marido no se vaya de viaje más a menudo.
– ¿Al tuyo no le importa que salgas hasta tarde sin él?
– Para nada.
– ¿También ha salido hoy con sus amigos?
– No creo. Quizás un rato. Está entregado con sus cuadros.
– ¿Cómo le va?
– Estupendamente.
– Me alegro.

Según termina la frase, arroja la colilla y se pone en pie. Tira de la falda hacia abajo y se alisa las arrugas de la tela a la altura de las pistoleras.
Bueno.

– Una más. -insiste.
– No puedo. – dice su amiga.

Antes de irse intercambian promesas de venideras repeticiones, pronto,otra vez ellas saliendo solas o con más amigas. Después se besan en las mejillas y detienen dos taxis. La amiga se marcha en el primero y ella indica su dirección al segundo. Paga la carrera con monedas sueltas y cierra de un portazo. Sube despacio las escaleras hasta el primer piso e introduce la llave en la cerradura con cautela. La luz de la entrada está apagada, pero en el pasillo se ven los reflejos azulados del televisor. Avanza enfurecida hasta el salón y enciende la luz. Su marido se rasca a través de los calzoncillos y se despereza antes de sonreír.

– Hola cariño.
– ¿Es qué piensas seguir siempre así? -pregunta ella.
– No.
– ¿No?
– No, mañana empiezo a buscar. ¿Qué hora es?
– Tarde.
– No jodas, ¿otra vez hasta tarde?

Se marcha sin contestar ni apagar la luz. Arroja el bolso con los zapatos contra la pared del pasillo y, antes de gritar furiosa, cierra con violencia la puerta del dormitorio.

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