Aprendizaje

Salta al coche en cuanto abren la puerta. El aire, violento por la velocidad a la que se desplazan tira de su pelo hacia atrás como una diadema; le cuesta mantener abiertos los ojos y tampoco le apetece intentarlo. En ese preciso momento, cerrados es como quiere llevarlos: cerrados permiten fingir que aún no ha salido del apartamento, que ella aún se despeina bajo sus dedos. Apretando los parpados fantasea incluso que la impresión del aire no se debe a la velocidad sino al vértigo.

– ¡Tú!

Con el grito sale del ensimismamiento.

– ¡Tú, niño, espabila, que te estoy hablando!

Gritando, para ser precisos, con su familiar voz de prima que, por contagio del recuerdo todavía presente, resulta casi amable a pesar de la estridencia.

– ¿Si?
– ¿Qué por qué has tardado tanto?

Detecta entonces los otros ojos enmarcados en el espejo retrovisor. Su prima se ha girado, pero el novio, entregado a conducir el automóvil lo contempla aún de refilón en el reflejo.

– Este se ha enamorado.
– No digas bobadas, cariño.
– Te lo digo yo.
– Ya y qué sabrás tú de amor- Hace una pausa y saca de la guantera un paquete de tabaco.

Con la capota recogida resulta difícil encenderlo, pero se encoge sobre si misma y se aproxima tanto al salpicadero para evitar que la velocidad ahogue sus esfuerzos. Frota la piedra del mechero un par de veces antes de que aparezca la llama, después acerca rápido el extremo del cigarro. Cuando se enciende deja tras de si una estela de hebras incandescentes, como un lazo efímero sobre la carretera.

– No fastidies. ¿Lo estás? A ver, dime.

Pero a él no le viene en gana contestar, como tampoco le agrada seguir escuchando: prefiere soñar, si no queda más remedio.

– Bien, mejor, no digas nada. Entonces mírame.

No logra escabullirse de la emboscada y mira.

– ¡Vaya! ¡Es verdad! Está enamorado.
– Ya te dije yo. Lo sabía.
– ¡Qué vas a saber! Tu ni sabes que es amar – Da una calada profunda, arrancado sonoros crujidos al cigarro. Cuando suelta el humo concluye: -Ni has mirado así a una mujer en tu vida.

Espera que él conteste algo porque aguarda callada sin apartar la vista de su novio, pero él no dice nada. Ni vuelve a mirar tampoco el retrovisor. Así que en silencio, en el asiento de atrás, puede cerrar otra vez los ojos, doblar el cuello y dejar que el viento que fabrica la marcha del coche alborote otra vez su cabello; sueña hasta que la paulatina desaceleración al llegar al pueblo le despierta. Enseguida doblan a la derecha por el paseo de marítimo y después a la izquierda por el bulevar de palmeras. , Enseguida esperan con el coche en ralentí mientras se abre la puerta de la cochera con su lamento metálico. Enseguida, piensa, estará rendido sobre la cama, con los ojos cerrados, simulando dormir para pensar más libremente.

– Baja para ayudarme con las columnas -ordena a su prima el novio.

Ella suspira, bosteza y sale del coche algo contrariada. Se coloca frente al vehículo y rotando la muñeca indica que es necesario girar las ruedas.

– Derecha, derecha.

Pero su novio no presta atención. En el retrovisor ve su mirada abstraída. Acelera hasta que el capot la golpea a la altura de las rodillas y hace que pierda el equilibrio a la vez que lanza un grito estridente. No pasa un segundo antes de que el novio baje del coche y se lance a sus brazos, sofocado, queriendo averiguar una vez y otra si se encuentra bien.

– ¡Querías atropellarme!
– No digas tonterías, es que no he girado lo suficiente. Menudo susto, me has dado. ¿Estás bien?
– Sí, estoy bien. ¿Pero en qué estabas pensando?

Lo repite una y otra vez. No ha girado suficiente, él lo escucha desde el asiento trasero. Su prima está bien. Se alejan del coche y cerca del ascensor ven como parpadean los intermitentes que confirman el cierre a distancia.

– No cuentes nada a los tíos, – dice la prima- Ya has visto que ha sido un accidente. Ha sido una tontería lo que he dicho. -y dirigiéndose al novio- ¿Cómo he podido pensar eso de ti, cariño?
– El amor es así, tiene sobresaltos – responde el novio. Y dirigiéndose al primo de la novia:-. Ya aprenderás, primito.

Y suben en silencio, los tres, por el ascensor del garaje. Y ninguno comenta lo ocurrido en la cena. Y por fin, llega el momento en que puede irse a la cama. Y se acuesta y finge dormir, y cuando cierra los ojos puede imaginar libremente.

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