Borrachos

Así que los dos sentados en el portal intercambian anécdotas interrumpidas por los tartamudeos de los vapores del vino, el hipo gaseoso de la cerveza y, en resumen, esa euforia etílica, mitad camaradería, mitad desahogo, que vuelve incomprensibles las conversaciones de los borrachos para los oyentes sobrios. Vamos, cómo han pasado los años, hacíamos esto ya hace más de una década, veintidós teníamos entonces, treinta y tantos, cerca de alcanzar la mitad de la década ahora.

– Años
– Muchos años

O eso dicen, que no será para tanto, mucho tiempo sin agarrarse una curda tan bárbara. Ya no se puede. No, no se puede, contesta y eructa. No se puede por el trabajo.

– Y por que estamos viejos.
– También eso, pero menos.

Al menos ninguno de los se ha casado. No, para qué: para atarse a la vida hogareña de las responsabilidades cotidianas, las dietas de adelgazamiento, los racionamientos para que la hucha crezca y en vacaciones se pueda sacar de su ranura una semana de apartamento en tercera línea de playa, con los críos arriba y abajo. Y los suegros.

– Ni hablar.

No, ni duda cabe que esa vida que les han intentado vender es para otros. Ahora toca beber, pero han escurrido hasta la ultima gota de cerveza.

– ¿Compramos otra en el chino?

Son las cinco y media de la mañana, algo clarea en el horizonte entre los edificios, y el ambiente, agradable para ser una noche de verano, parece aún más refrescante con el polvo de agua que levantan los barrenderos mientras limpian a presión las aceras. El escalón del portal de mármol se ha vuelto más cómodo con el paso del tiempo, desde ahí sentados hay algo placentero en contemplar los grupos de amigos tambalearse a la puerta de un taxi, o recorrer la calle gritando a coro melodías desafinadas. Esos también fueron ellos, hace años. Ya no, pero al menos resisten sentados en el portal, alejados del ruido.

– Claro, la última.
– Penúltima.

Uno se levanta y el otro espera y mientras aguarda, a punto está de quedarse dormido. Pero no lo hace y como el tiempo transcurre tan raro, mitad vivido, mitad robado por lo bebido, a su vuelta le da la impresión de que el amigo todavía no se ha ido.

No trae un litro en botella, sino en vaso de plástico grande, de los que llaman macetas por su tamaño. Y tampoco es cerveza sino calimocho de tinto con cola. Me apetecía más, escucha, por los viejos tiempos, dice. También a él, replica. Cuando bebe siente el pasado atascarse en la nuca, y un pestañeo lo vuelve fugazmente más joven, más enérgico y a la vez más triste. Quiere expresarlo en voz alta, pero alguien abre la puerta del portal. Un hombre de mediana edad, cuarentón, ha de sacarles cinco años de vejez, pero una eternidad en seriedad y experiencia. Uno de los amigos se apoya a tiempo en el lateral del portal, bajo el telefonillo; el otro, que tiene la espalda sobre una de las hojas de la puerta, está a punto de caer cuando desequilibrado cuando desaparece el respaldo. El hombre aparece en el umbral con cara de sueño, vestido con camisa por dentro del pantalón, zapatos viejos pero limpios y pelo recién peinado, todavía húmedo.

– Venga, ya estáis mayores para esto.

El que estaba en la puerta se balancea a un lado y a otro, después consigue equilibrarse y, con mucho trabajo, ponerse en pie. También el otro se incorpora mientras sostiene el calimocho.

– Mayor, serás…

No logra acabar la frase, porque al tiempo que habla acompaña sus expresiones con las manos, y acariciando torpemente la forma de las palabras en el aire, arroja parte de la bebida sobre la ropa del madrugador vecino. De inmediato, rompe a reír y aún resuenan sus carcajadas mientras ambos corren sin que nadie les persiga, y todavía se escuchan cuando, medio ahogados por la carrera, que lo mismo ha durado un metro que cien, se detienen y contemplan uno a otro, sonrientes.

– ¿Has visto su cara? – pregunta uno de ellos.
– Que si la he visto – contesta el otro.- Que si la he visto. Mayores, dice.

Y abrazados los dos caminan orgullosos rumbo a casa, riendo de nuevo.

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