Inhumanos

“Tengo que contárselo al llegar a casa”, masculla mientras finge leer algún artículo sobre salud canina en las páginas centrales de la revista. “O mejor no, porque estas cosas le enferman”. El mundo está lleno de inhumanos. Eso ha dicho la mujer de al lado y que se hunda el suelo si no lleva razón. Los hombres que hacen eso no son animales, los animales no se portan así, no torturan por placer o comodidad. Como decía la señora, son inhumanos.

– No hay derecho.
– ¿Habla usted del perro que ha pasado antes?

No suele hablar con extraños, pero no queda más remedio que reconocer que se encuentra algo desosegado desde que pasó por la sala de espera, en dirección a la consulta de la clínica veterinaria, ese pobre cachorro mutilado de por vida. Qué ojos tristes llevaba. Un inhumano su dueño.

– No lo hay, no. – así que no suele hablar con desconocidos, por pereza, excepto en ocasiones como esa, en las que aguantar la tensión de las palabras dentro, pugnando por salir, le resulta más costoso que expelerlas sin mesura.- ¡El rabo!
– El rabo -confirma ella-.
– Como si a usted o a mi nos cortaran un brazo. ¿Total para qué? ¿Para que no moleste en casa si tira por accidente un jarrón?
– Por eso suelen cortarlo, sí.
– Pues el rabo también es perro. Si no le gusta la naturaleza del perro no sé por qué tiene uno.
– Inhumanos.

Ha empezado a teclear en el móvil cuando se abre la puerta de la consulta. Finalmente ha decidido que sería egoísta no compartir un sentimiento tan intenso con la mujer que ama. Además a ella le gustaría estar ahí, a su lado, y acompañar a la pequeña Misha en el trámite que le espera. Por su bien decidieron esterilizarla -no, no, se negaban en rotundo a emplear términos arcaicos como castración-,ambos decidieron apoyar a la gatita en el proceso, para que su cerebro felino discerniese que no se encontraba sola, que en los días duros también podía contar con papi y mami. Maullaría y no lo entendería ahora, pero con el tiempo de una forma u otra, lo agradecería: que sentido tendría permitirle concebir hijos cuando ambos sabían que de ningún modo podría convertirse jamás en madre de gatitos. Por eso, a ella le gustaría estar a su lado, pero un compromiso de última hora en la universidad se lo ha impedido y él prometió contarle todo cuanto ocurriese sin omitir detalle. Ya enmienda su conato de traición, tecleando en el móvil, cuando se abre la puerta y sale el hombre acompañado de su perro sin rabo. Pasa frente a él, frente a su gatita, y a la señora que lo ha llamado inhumano. Pasa ante los tres con paso acelerado y aire disgustado. Sujeta al perro en el regazo, las orejas gachas apoyadas sobre el pecho del dueño, el hocico resguardado por la palma de la mano izquierda. Es un hombre gordo, de piernas anchas y pelo encanecido. Debe recordarlo para describirlo con precisión al volver a casa. El perro, suspendido del suelo, mueve el corto apéndice que queda de su rabo mutilado: al salir de la consulta está envuelto en una venda blanca.

También se asoma a la puerta de la consulta el médico veterinario y cuando el hombre ya ha salido de la clínica, la señora le interroga con un gesto de nariz arrugada.

– No soy yo hombre si le atiendo.
– ¿Cómo?
– Este que se marcha. Decía que ha leído por ahí que soy un especialista en operaciones para esterilizar. Pero le he dicho que ni hablar.
– Bien que ha hecho. -dice exaltada la señora.
– Naranjas de la china. No.
– Muy bien -reitera.
– Le he vendado el rabo. Por respeto al animal. Porque el animal merece más respeto que ese… – se queda un instante en silencio, contemplando el suelo como si los adoquines fuesen los únicos capaces de comprender su desprecio.- Pero que se busque a otro para la esterilización. Yo de esos no quiero saber nada. De esos…

– Inhumanos- sentencia él levantando la pantalla del móvil, orgulloso de la actitud que demuestra el veterinario que han escogido, satisfecho de presenciar ese alarde de autoridad en sus palabras; firmemente seguro de que recordará todo lo ocurrido para relatarl a su novia el día más importante de la pequeña, una vez de vuelta en casa.

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