Hijos

Hace un día de esos en que despunta el verano de golpe, y, como ansioso, violenta el aire vengándose de la continencia obligada; o quizás no violenta, sino que rompe aguas y sean solo los alaridos de un parto que se precipita tras nueve meses de espera desde el anterior verano. Como sea, hace un calor horrible, tan intenso que ni siquiera al atardecer abundan los clientes en las terrazas de los bares, desiertas todas, menos aquellas en las que hay instalados sistemas de dispersión de agua que parecen de riego por goteo.

Ahí están sentados, cinco con la mano en alto para que el camarero cuente de un vistazo las cervezas que ha de traer en la siguiente ronda; dos más hacen un gesto para que les rellenen el tinto con casera; otras dos de las cinco mujeres que se han sentado juntas piden zumo de melocotón. Las otras tres prefieren no consumir nada en esta ocasión y cuando se lo dicen al camarero, que las mira con desconfianza desde hace rato, les devuelve un gesto de hastío. Se marcha sin escatimar un suspiro y un par de palabras pronunciadas en voz tímida, pero incluso desde el silencio parecen expresiones soeces.

– ¿Y tú?
– ¿Qué?
– ¿No quieres uno? -dice una de las mujeres que no ha pedido nada a otra de las que han pedido zumo, y mientas lo dice, señala con la barbilla el bebé que tiene sujeto en los brazos.- Vosotras dos sois las únicas que quedan
Ni hablar.
– Tú veras. Son un latazo, pero sacas fuerzas. Es verlo nacer y sacas fuerzas.

Terminada la frase se desabotona la camisa y se baja la copa del sujetador. Retira un protector circular blanco y descubre el enorme pezón oscuro del pecho izquierdo. El bebé estira sus manitas y abre los ojos con pereza, como si pudiese anticipar el alimento o los primeros destellos del olor le abriesen incontrolablemente el apetito y lo rescatasen del sueño. Cuando el camarero regresa con los dos zumos y sendos vasos para servirlo, en equilibrio sobre la bandeja, el pequeño ha empezado a amamantar.

– No te marches .- dice al camarero sin apenas moverse para no perturbar la afanosa tarea del bebé. – ¿Me puedes traer la carta?

Y el camarero la mira con desprecio, pero por eso precisamente lo hace, confiesa ella después, para que aprendan a tolerar lo natural. Nada más natural que la crianza. Los otros niños corretean de un árbol cercano al siguiente. Juegan a tocar la corteza primero. Deben tener tres o cuatro años.

– La tuya parece despierta -dice con el niño en el pecho izquierdo-, pero a este, no creéis que le pasa algo. -más que señalar, acusa a uno de los niños que revolotean junto al árbol y ha ganado, a juzgar por sus chillidos de júbilo, unas cuantas rondas seguidas.

Uno de los hombres que ha pedido cerveza, el padre, según escucha. Está convencido de que a su hijo no le pasa nada, crece sano como una roca. Un grandullón de piedra, va a ser, un poco escuchimizado ahora, dice, pero deja que el tiempo haga lo suyo y verás en unos años.

– Pues no sé, si tu lo dices. – Se aleja un momento al bebé, cubre el pezón izquierdo y repite la operación para descubrir el izquierdo y servir al vástago el segundo plato- a vosotras qué te parece.

Las que todavía no son madres dicen que parece sano: guapo, para decir la verdad, con su remolino de pelo rubio que todavía no ha oscurecido la edad, sus ojos profundos azules y atentos y ese labio grueso adicto a la sonrisa. Pero claro, qué van a saber ellas. Una monada, dicen, desde el desconocimiento.

– No sé, pero yo voy por el tercero y no. Mira como atrapa el aire.

En esto eleva la voz y dice en alto el nombre de su hija y le ordena que acompañe a la mediana a hacer pipí. Fíjate, dice, mira como está atrapando moscas, parece que agarra el aire. En su lugar, ella iría a que le hicieran un revisión a fondo, porque nunca se sabe, si algo se ha roto en el cerebro es probable que se detecte demasiado tarde. ¿Come bien? Bien. Lo mejor. Bueno ellos sabrán. Pide a su marido que sostenga un momento al bebé mientras se abotona de nuevo la camisa. Ellos sabrán, y no vuelve a insistir sobre el tema, pero ni el padre ni la madre del niño parecen los mismos. Vigilan cada gesto del niño, lo tratan con mimo. La mujer que amamantaba a su hijo pide la cuenta. Se van ya, porque tienen la cena lista en casa y si siguen mareando la perdiz terminarán por picar algo fuera y tirar la comida. Dejan el dinero de sus consumiciones en la mesa, sin propina, para que aprenda el camarero. Las dos mujeres sin hijos le besan las mejillas, a los padres del niño que hace un momento creía enfermo les pide, de nuevo y encarecidamente, que tengan cuidado y ellos asienten con cabeza, y para estar seguros ordenan al niño que se acerque y como no obedece, con un pequeño tirón de la muñeca el padre lo arrastra hasta él para observarlo de cerca. Ha sido un gesto rápido, apenas un contacto, suficiente para que broten en sus ojos algunas lágrimas. Hacedme caso, ya veis que no está bien, les repite la madre experta. Hasta llora, Y ellos asienten serios, como si hubiese nacido la muerte.

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