Repeticiones

Hay un pájaro torpón, cambia de rumbo dos o tres veces y después cruza bajo los cables que sujetan el alumbrado de fiesta; una mujer encanecida golpea el cepillo en la ventana y en la calle pasa a la carrera una joven con el pelo recogido en una tensa coleta. Él levanta las cejas, eleva el dedo índice, envía susurrado un saludo a la corredora pero no recibe respuesta. Así se repite todos los días a la misma hora. Retira la mano alzada tras el saludo y la reposa sobre el extremo de la porra; ahora llegan esa madre y sus hija que le saca la lengua cuando derrapara las ruedas del carrito en el que transporta la mochila; el contesta sacando del soporte la porra, haciendo que gire un par de veces en el aire, con más presencia de vedette taciturna que de vigilante.

– Buenos días.
– Nada tienen de buenos.

Pregunta y repuesta tienen la sorna del diálogo acostumbrado, aquel que se repite como una fórmula de educación día tras día sin cambiar una sílaba. Cualquier alteración, en cambio, tendría la gravedad de una ofensa en el peor de los casos, de una advertencia sobre un grave peligro en el más bien intencionado. La panadera, la otra protagonista de la conversación, entra en el establecimiento y él, también por costumbre, permanece un rato en la puerta, estira el cuello, inclina hacia atrás la cabeza y aspira dos veces con fuerza antes de sonreír y besar al unísono las yemas de los cinco dedos de su mano derecha. “Buen pan” dicen sus labios ostentosamente sin pronunciar sonido, para que puedan oírse mejor las palabras al otro lado del cristal del escaparate.

Hace días que da vueltas a la misma idea en los ratos libres, y son muchos los que dispensa su puesto de vigilante del supermercado: el tiempo no existe. No existe y eso es bueno; cuando los días se repiten, el tiempo se desaparece, pues no aporta nada sustancial y eso es agradable. Aunque implique que la mujer de la coleta jamás le devuelva el saludo o que la señora del tercero siempre intente, en vano, arrojar la suciedad de la casa sobre su cabeza. Las desdichas son menos lacerantes si se repiten lo suficiente. Eso ha aprendido. Y sobre eso reflexionaría gustoso durante otra buena parte de la mañana si no fuera por el coche que se ha detenido en la puerta. Tiene mala pinta; en primer lugar porque es viejo y mantiene el motor en marcha; en segundo y más importante porque ayer no estaba allí y tampoco el día anterior ni el anterior. Si aquello que se repite es bueno, aquello que no lo hace ha de ser por fuerza presagio de una desgracia. Eso piensa.

Dos abolladuras en el morro asemejan el coche a un perro ofendido y un par de arañazos en el lateral recuerdan las cicatrices de los tiburones. Vibra y despide un humo denso y continuo. Cuando se aproxima, el conductor baja la ventanilla haciendo trabajar la manivela tan despacio que tiene la ocasión de contemplar como el cristal se esconde en la carrocería a trompicones. Poco antes de llegar al final se atasca.

– ¿Qué?
– Aquí no puede parar el vehículo.
– ¿No puedo?
– No, carga y descarga.
– Bien. Pues cargo y descargo.

Extrae de la funda de cuero, lentamente, un tercio de la porra a la vez que se inclina hacia la ventanilla. “Circule”, ordena. Pero el coche permanece detenido y, la puerta del conductor, con su ventanilla bajada, se abre. Sale del coche un hombre de aspecto corvo, rechoncho y ausente de atractivo, a fin de cuentas. Carente de destreza, ha necesitado apoyarse con la mano en el techo, como una garra, para abandonar completamente del vehículo. Que no pueden moverse le explica, que están esperando.
Cae en la cuenta, el vigilante, de que la corredora se ha detenido al final de la calle y desanda sus pasos al trote hacia donde él se encuentra.
– Circulen, he dicho -repite impostando una voz más grave.
– ¿Pero qué circulen ni circulen? ¿Es qué se ha emborrachado antes de ponerse el uniforme?
– ¿Por que dice eso? – Y enseguida lamenta haber preguntado.
– Será usted imbécil -continua el conductor, ahora envalentonado por las dudas del vigilante- a lo mejor cree que en lugar de vigilante de seguridad es policía de tráfico.

Está colorado cuando la deportista llega a su altura. A la vez que ella llega, se abre el portal más cercano. El conductor torpe se dirige hacia la puerta y ayuda a una señora a bajar el escalón que separa la vivienda de la acera. La mujer deportista colabora con el conductor y asiste a la anciana cuando intenta entrar en el coche. Mientras comparten tarea, el rechoncho explica con confianza a la deportista el altercado. Entonces ella mira a vigilante y él, avergonzado sin saber por qué, se aparta.

– Cretino. -sentencia la mujer.

Él guarda silencio. Cae en la cuenta de que son las primeras palabras que escucha pronunciar a aquella mujer y se siente tentado de iniciar una discusión, no por llevar la contraria, sino por seguir escuchando su voz. Pero rápido, sufre el asalto de los nervios y se aleja del coche con la mirada gacha.

– ¿No vas siquiera a disculparte? -pregunta ella.

Pero él ya está de nuevo en su puesto, consagrado al silencio. Al silencio y a que el coche arranque y a que se de prisa en regresar el día siguiente. O el anterior. Cualquiera menos menos éste.

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