Natural

Fuera, la luna impide que el mar se disuelva en la oscuridad. En el interior, él agita la cucharilla contra el vientre de la taza de café. Cada vuelta arranca un quejido a la cerámica que se oye como una ola de tormenta desde el interior de un coche.

– ¿Puedes dejar de hacerlo?
– ¿Por qué? Mejor que nos miren por esto.

Es verdad que el camarero los observa desde que apoyó su mano sobre la de su novio; el anciano de la barra empezó a prestarles atención después, cuando su pareja le devolvió el gesto limpiando las huellas del café sobre su bigote; el resto del local no se decidió a mirarlos con descaro hasta que primero uno y después el otro, acariciaron por turnos el pelo revuelto de su hijo.

De un modo más o menos evidente, ahora todos los vigilan. A ellos y al niño, que apoya su peso sobre el tenedor para clavarlo en la superficie helada de la tarta. La mayor parte del tiempo permanece ensimismado; batalla en silencio contra el dulce y cuando logra separar un trozo del pedazo más grande e introducirlo en la boca, lo engulle deprisa y después se toca con los dedos a la frente, como si súbitamente doliese. A veces el pequeño levanta la mirada y los contempla también con genuino asombro. El tito, así han quedado en llamar a la pareja del padre, lanza una servilleta arrugada y apretada en dirección al vaso del pequeño. Con un gesto ágil, el niño logra esquivarla y por primera vez esa noche sonríe.

– Mama dice que no está bien lo que hacéis.
– ¿Por?
– Dice que no es natural.

El novio aprieta con fuerza una segunda bola de papel que prepara entre el índice y el pulgar y, debido a la presión en forma de pinza, sale disparada a una mesa vecina. El padre guarda silencio, saca la cucharilla del café y permite que gotee, suspendida sobre la mesa. Busca la mirada del novio y comprueba que tiene los ojos muy abiertos y los labios apretados.

– Dice que contigo hay muchas cosas que no podré hacer -continúa el hijo.

Suelta la cucharilla solo para recogerla después con violencia y clavarla de golpe en la tarta helada del niño, que sonríe, y como hizo antes con la bola cuando amenazaba el vaso, retira el plato arrastrando sus bordes tan fuertemente como permite su brazo. Su padre aún sujeta la cucharilla, clavada en la parte gruesa de la tarta y desprevenido, intenta mantenerse aferrado a ella en el primer envite, pero tan pronto como comprende que su hijo desea apartar el plato, la deja escapar entre los dedos. El niño ha aumentado la fuerza al encontrar resistencia y cuando su padre suelta el plato, la tarta sale disparada hacia su camiseta. No llora. Papa y el tito se ponen en pie, la taza de café baila sobre su base a punto de precipitarse también; le sacuden los restos de dulce de la camiseta, pero el helado ha empezado a derretirse por el calor del cuerpo y cubre parte del pantalón.

– Tengo pis. -dice el niño.
– Qué oportuno. Vamos al servicio y te limpio ya de paso.

Sujeta su mano y gira el recodo de la barra para pasar bajo el arco que da entrada a los servicios, pero unos dedos rudos, apoyados sobre su pecho, le impiden continuar. El camarero aprieta los dedos a la altura de su esternón y le dedica una mirada de ojos entornados mientras niega con la cabeza. Después habla, pero no parece hablar, sino supurar palabras ensalivadas de la cicatriz horizontal que, entre el mentón y la nariz, ofrece su rostro. “Olvídese”, dice.
Ahí no entra usted con el pequeño.

El novio acude para prestar ayuda, pero del lado del camarero acaba de situarse también el anciano de la barra. El niño, ahora sí, llora. Pagan monedas contadas con los dedos temblorosos y salen a la calle, por el lado del paseo marítimo.

– Tengo pis – recuerda el pequeño con las mejillas enrojecidas por la reciente llantera.
– Yo también -bromea el novio.
– No fastidies.

El padre camina precediendo a los otros dos, en silencio en dirección al faro, por el paseo. De pronto gira a la derecha y atraviesa una de las salidas llegan a la playa. Recorre los tablones que conectan el paseo con la zona próxima a la orilla sobre la arena. El tio y el pequeño, le siguen con paso rápido un tiempo. Después, el novio no tiene más remedio que echarse al pequeño a cuestas para alcanzar el ritmo del padre. Lo eleva por las axilas y deja que los bracitos envuelvan por detrás su cuello. Camina rápido pero, aún así, el padre les saca ventaja. Ha dejado las sandalias en la pendiente, donde las plantas del pie empiezan a sentir húmeda la arena y, descalzo desciende hasta el lugar donde las olas mantienen el tímido frente abierto contra la tierra.

– ¿Qué haces?- pregunta el tito.
– ¿No queríais ir al servicio?

El novio suelta al niño, y ya en el suelo asiente a la pregunta de su padre. “¿Se puede aquí?”, pregunta contemplando el oscuro horizonte; la luna brilla y parecen las siluetas de tres pescaderos.

-Claro que se puede. -dice mientras desaunda los cordones del bañador- No hay nada más natural.

El tito y él niño in dudan un instante y al siguiente lo imitan decididos a aliviar su naturaleza.

– Mira, esto es algo que no puedes hacer con tu madre.

El pequeño ríe, y también, ellos, los tres con la espalda recta, las piernas separadas y los brazos al frente, mirando al mar.

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