Turistas

Se miran uno al otro, sin desenredar la marña de dedos que han formado con sus manos, a pesar del sudor que el calor y el contacto hacen brotar entre los dedos; se miran y con los ojos conversan del siguiente modo: “Qué buena decisión sacar los billetes para este museo, tan pequeño. ¿No crees? Claro, amor, lo creo, es pequeño, tanto mejor, aquí no llegan los turistas. Pocos están dispuestos a meterse en el cuerpo media hora de autobús interurbano desde la ciudad hasta este pueblo de nombre impronunciable. Y después la caminata cuesta arriba por un paraje virgen pero despoblado. No, amor, somos los únicos, tenlo bien presente”. Acabada la conversación de las silenciosas miradas, ambos sonríen como muestra de conformidad y confirmación. Y aunque no sea costumbre, él hace por separar las manos y cuando cada una vuelve a pertenecer a su dueño el conduce la suya a las costuras en el bolsillo trasero del pantalón de ella; bajo las yemas de los dedos nota un respingo acompasado con el suspiro que escapa de sus labios. Es un lugar auténtico, ese museo, confiesa excitado y mirándola de nuevo. Auténtico, auténtico, corrobora ella justo un segundo antes de ser sorprendida por el sonido familiar de un cuantas palabras pronunciadas en su idioma.
– Esta noche, cuando lleguemos al hotel te voy a enseñar a amar.-dicen esas palabras, con voz masculina.
– ¿Como una profesora? -responde una voz de mujer, también en el mismo idioma
– Profesora de lengua.
– Qué atrevida
– Atrevida nada. Es lo que soy.
– Pero te están oyendo.
– No seas bobo, ¿no ves que aquí nadie nos entiende? Te lo digo yo que soy profesora de lengua.

Es una pareja, situada unos metros por detrás y creen poder identificarlos entre los visitantes que han coincidido con ellos en la entrada. Pero es extraño: por el aspecto, pensaron entonces -y a estas alturas ambos piensan al unísono- que se trataba de un joven matrimonio extranjero. Pero también la pareja de compatriotas mal juzgada como foránea debió cometer un error parecido al calisifcarlos a ellos, puesto que hablan sin pudor alguno. Por educación, él está a punto de volverse y sacarles de su error antes de que se comprometan más sin quererlo; pero ella, dándose adivinando su intención, pellizca la muñeca que aún permence colocoda cerca de su trasero. Qué bueno es comprenderse con una mirada, porque entre el gesto y la risa que contienen sus ojos, él entiende enseguida que ella prefiere continuar escuchando y por eso, cuando se sabe comprendidda, sonríe de nuevo, como aplaudiendo la travesura.

– ¿Y donde das clase de lengua, tú?
– ¿Donde quieres que la dé? Puedo darte clases particulares en el hotel. Puedo darte clases de lengua por aquí -y ellos no ven donde señala, pero intentan imaginarlo-, por aquí, por aquí.

ÉL consigue aguantar, más por vergüenza ajena que por compasión, pero a ella deja escapar una risita. Ahora es él quien le devuelve el apretón en la muñeca, y ambos resisten sin volverse. Para disimular, señalan la escultura como si en la voluptuosidad desnuda de la estatua se hallara el motivo de su repentina alegría.

– ¿Y estos qué? – escuchan decir a la pareja de atrás.
– ¿Qué de qué?
– ¿No serán de casa?
– Ni hablar, menuda locura. No ves que no les corre sangre en las venas. Mira, él ni se atreve a tocarla, y ella con un roce se sobresalta.
– ¡Ja! – escuchan la risa como un rasguño en el aire. -Seguro que ha sido lo más excitante que han hecho nunca.
– ¿Crees que lo hacen?
– Puede, pero tiene que ser muy triste. Muy triste. Ella se quedará mirando al techo.

Cuanto más escuchan más se sonrojan. De pronto, él mira el suelo y descubre que ella tiene la vista prendida en los cordones de los zapatos. Durante un instante, otra vez, sus miradas se cruzan pero, por más que lo intentan, no logran disimular el significado de la conversación que mantienen sus ojos. “¿Cierto?” “Cierto”.
Escuchan por último el sonido de lapa de un beso y después pasos alejarse entre risas que viajan por la habitación sin disimulo. Cuando la visita termina se marchan también ellos, en silencio bajan la cuesta desamparada hasta la estación y se sientan callados uno al lado del otro en el interurbano. Es tarde para cenar, dice ella. Lo es, responde él. Y mañana el desayuno, temprano, y enseguida retiran la comida. Es verdad. Así que ambos van a la habitación y leen cada uno en su lado de la cama. Pasado un rato el se gira hacia ella y no parece dueño de si mismo cuando pregunta.

– ¿Quieres?
– ¿De qué hablas? -contesta ella asustada.
– Nada.

Antes de contestar, se gira con las piernas plegadas en ángulo recto desde su cintura hacia la derecha, y él hacia la izquierda, cada uno entendiendo que le toca al otro presionar el interruptor para apagar la luz. Como saben bien comunicarse con las miradas incluso cuando resultan opuestas, al poco, la luz se apaga y el dormitorio queda en silencio.

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