El concurso

Con un gesto ordena al camarero que sirva lo de siempre. Es el atolondrado, así que quizás convenga acercarse a la barra y recoger personalmente la comanda si quiere evitar sorpresas. Tostadas de tomate, café con leche y sacarina. Bueno, más vale que aprenda a valerse por sí solo, de lo contrario sopesará marcharse sin abonar la cuenta. Le hace señas: los dedos de la mano izquierda en la muñeca derecha, sobre la esfera del reloj, cabalgando en el cristal de con imaciencia.

– Hay que ver si no está empanado el ricitos – dice a sus colegas en la mesa- . Se diría que le pagan por mirar a las universitarias.

Todos secundan la broma. El hombre deja la taza de café en la mesa para disfrutar con más soltura de la risa; la mujer rubia a su derecha, tose contra el techo como si tuviera atragantada una carcajada ruidosa; la nueva es la única que cede al recato y apenas sonríe hasta que la reacción de los demás revela que la alegría no solo está permitida sino que será bien recibida. Deja escapar entonces de entre los dientes apretados su risa ruidosa.

– Algunos parecen más pendientes de otra que cosa – dice el hombre.
– ¿Quién?
– Mira – y señala a un muchacho joven que en ese instante cruza la puerta de la cafetería sin quitar ojo a la mujer que manda en el grupo y que hace un momento apremiaba al camarero para que trajese su desayuno.
– Me sigue. – asegura ella.
– ¿De qué hablas?
– Me viene siguiendo desde la oficina. Lo he visto antes arriba, haciendo cola y en cuanto nos hemos levantado ha salido detrás nuestra.
Vaya con el bribón.

El muchacho se ha acomodado en un taburete, junto a la barra, de tal modo que puede beber el café y seguir pendiente en todo momento de la mesa donde se sientan la mujer y sus compañeros de trabajo. Sostiene el muchacho, sobre el regazo, una abultada carpeta y de poco en poco revisa con diligencia, él también, la hora en su reloj de muñeca. En el grupo de la mujer, según escucha, alguien protesta por la estúpida ley que impide desde hace años disfrutar del cigarro sin tener que salir al exterior del local. Los demás sonríen. Como si este estruendo de una nueva tanda de carcajadas le ofendiese particularmente, el muchacho se levanta y, decidido, se encamina hacia la salida del establecimiento después de lanzar sobre la barra un par de monedas que excenden el céntimos el valor de su consumición. A punto está de salir, pero se detiene en seco con el pomo de la puerta entreabierta aferrado en su mano derecha.

– Aquí viene -susurra el hombre al verlo cambiar de intención y acercarse a su mesa.- Ya llega, preparaos.

Y llega. Se detiene junto a la mujer que ordenó con prisas el desayuno y escupe palabras educadas, tan plomizas como disparos, acerca de un concurso cuyo plazo expira esa misma mañana y un horario de admisión de propuestas que, a su juicio, queda burlado por el extenso descanso para el desayuno que los funcionarios responsables de recepcionar las propuestas están tomando. Apenas faltan cinco minutos para que se agote el plazo, y necesita que aparezca la hora en el sello de la recepción. Ha pasado trabajando toda la noche pasada, y la anterior, y también las tardes. Diria, asegura, que ha trabajado toda la vida para participar en un concurso como ese.

Algo en el discurso pronunciado ha de ser cierto porque la mujer del desayuno se levanta, pide a sus compañeros que le esperen ahí mismo y acompañada del muchacho abandona la cafetería rumbo al despacho. A los cinco minutos sus compañeros corroboran que es mujer de palabra cuando la ven aparecer de nuevo por la puerta.

– ¿Ya te has librado del enamorado? – pregunta la mujer rubia.
– Listo, solucionado.
– No me puedo creer que hayas dejado tu desayuno para inscribir su propuesta.
– ¿Estas loca?

Ni en broma, explica, la ha dejado sobre su mesa, pero ya verás como algún defecto encuentra que imposibilita su inscripción. Bueno estaría, dice, ante semejante falta de respeto. A veces la gente olvida que ellos también son, personas, trabajadores, con sus derecho a tomar descansos. No son máquinas. Qué desvergüenza.

– Anda, hasta me ha agriado el carácter. Ni con otro café lo soluciono. Pero algo encuentro para que lo echen para atrás. Por estas -asegura rabiosa antes de besar la uña de su pulgar.
– Eso. Así han aprendido siempre los enamorados. -dice el hombre apenas capaz de retrasar el tercer ataque de risa que ya anuncian sus mejillas enrojecidas.- Con desengaños.

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