Una canción

Incluso de noche el calor tiene la forma de un fantasma borroso y omnipresente. En la ciudad del trópico no hablan de él, se contentan con padecerlo como una enfermedad de la que es preciso avergonzarse. Algunos llevan la vergüenza del calor hasta no dejar espacio en la conciencia para ningún otro tipo de vergüenza. Trastabillan indiferentes a la madrugada, torpes por esas borracheras que son anestesia cuando aumenta en exceso la temperatura; apoyados unos en otros, bajo las mestizas letras inglesas del Siam Sister, que brillan dos veces: la primera cuando lanzan su neón al cielo, la segunda en el agua de los charcos que dejó tras de sí el aguacero.

En las mesas del exterior se congrega un grupo de blancos de edad avanzada. Más viejos que él; más blancos, también. Beben y ríen las gracias mutuas, como una cuadrilla de deportistas adolescentes, después brindan en un idioma que no se asemeja ni al suyo ni al del país sobre el que camina. El resto de la calle no es muy distinta. Más hombres, uniformados con pantalones y camisas aireadas, sandalias y sombreros Panamá ,tan similares que es obligatorio preguntarse si no los repartirán en la aduana junto a los visados para distinguir con facilidad a los forasteros. Todo lo envuelve el barniz rojizo de la luz de los establecimientos, a ambos lados de una calzada por la que jamás transitan vehículos, desperdigados con un aspecto que recuerda los cocktail bar de la playa. No muy diferente a ellos, pero tampoco iguales, como dicen en este país. No son iguales porque algo que flota entre la luz intermitente de los neones, la humedad y el sopor, algo que contamina el aire y convierte la realidad en ese algo que se abandona a los pies de la cama al levantarse. Algo que definitivamente pertenece a esos otros que viven lejos.

Hay hombres y entre ellos revolotean las niñas cabizbajas: las manos a la espalda, la sonrisa estática, las dos piezas del bikini señalando el lugar donde habrá de dejar su impronta el paso de los veranos.

¿Cómo ha llegado hasta allí? Padece el malestar de las pesadillas y sus recuerdos se confunden, se enredan como carretes de cuerda guardados a desgana en un cajón que nadie piensa reabrir en mucho tiempo. Ha bebido algo de alta graduación, eso lo sabe. No mucho más. Conserva en la pasado una conversación con su esposa que tal vez esclarezca algo. Están en la amplia terraza, que como el resto de la vivienda, ha sido construida solamente con listones de madera oscura. A unos cien metros, al frente y tal vez uno y medio o dos hacia abajo, el mar rompe desbravado contra la arena blanca; no tiene esa fisionomía de sábana apenas arrugada que ha presentado los días previos; está encendido, agitado, pero agitado al estilo templado y tropical: va y viene, y se deshace cuando impacta en espuma, pero entre el ir y venir parece que holgazanea, quedando el movimiento más en un desperezo que en trasiego de la labranza de las olas sobre la arena. Ambos lo observan agarrados entre sí por talle, en silencio, tan inusual les parece.

Más lejos, a una distancia imposible de descifrar por el simple cálculo del ojo humano, el sol se derrite en el horizonte como una gota de pintura roja en la superficie de un cristal empapado. Y en el borde del mismo cristal se precipita, a paso rápido, hacia ningún sitio; o hacia ese otro lugar donde la realidad pertenece a los hombres. Antes de que desaparezca por completo ella besa su mejilla.

– Creo que es el momento de marcharnos. -susurra arrastrando los labios hasta su oído.
– Todavía no. -responde él, cansado.
– ¿Todavía no? ¿Cuando?

Suelta su cintura y se aleja. Es una lástima que el último suspiro del atardecer, cuando florecía en el beso, se haya marchitado, piensa. Se acerca a la mesa de caoba donde está el paquete de tabaco y, al encender un cigarrillo, la llama del mechero, de pies azules y pelo rubio pálido, le hace sentir añoranza por la puesta de sol que ha terminado.

– Mírame al menos.

Pero mira el humo y las vidas fugaces de las volutas, concebidas un instante en el aire para morir arrolladas en el suspiro siguiente.
La dichosa canción, ¿no?

Ella anda detrás suya y por la consistencia con la que escucha el sonido de sus palabras, debe estar contemplando su espalda.

– Voy a tomarme una copa, ¿quieres algo? – pregunta sin volverse hacia ella.
– Hace un mes que llegamos.
– ¿Y?
– No has compuesto ni un verso. Ni una nota.

Deja que el whisky caiga sobre el vaso mientras lamenta no haber llenado la cubitera de la nevera cuando lo pensó esa misma tarde. Así también ha de funcionar, caliente. Esa fue la primera de la tarde, recuerda, no la última.

– Entiendo que no quieres nada.

Ella se tumba en la cama con la cabeza sobre la almohada. Ha sido un error creer que podría beber sin hielo. Hace demasiado calor y la botella ha permanecido sobre el mueble bar todo el día. A esa temperatura, el alcohol se separa del resto y empieza a evaporarse, por muy bien que haya sido elaborada la bebida. Así que cuando acerca el vaso a la boca le invade un profundo olor de quirófano que quita las ganas de continuar bebiendo. Podría beber sin hielo, pero no lo disfrutaría y carecería de sentido.

– Ni se te ocurra – amenaza desde la cama cuando deja el vaso sobre el mueble-bar.- No, de eso nada.
– Voy a salir a tomar algo, ¿quieres venir?
– ¡No!
– Nos vemos luego, entonces.
– Quédate – dice medio incorporada sobre el colchón, cambiando su tono de exigencia por algo que se aproxima a una súplica-. Solo esta noche. Solo hoy.
– Nos vemos a la vuelta – contesta cogiendo el sombrero.

Ha debido perderlo, el sombrero, porque ya no lo lleva encima, deduce al tocarse la cabeza. En su lugar encuentra el pelo pegado al cuello, grasiento por el sudor. Un mechón cae por la frente y lo siente como un brochazo dado en el lugar incorrecto. El que tomó en la habitación, sin apurarlo siquiera, fue el primer wiskky, pero no el último. Además, sospecha que ha bebido algo similar al licor en un tugurio próximo a la calle de los mochileros, iluminado con un tono de morgue por una bombilla que no deja de balancearse, alargando y recortando las sombras de los clientes a su antojo. También absenta, o algún otro licor de hierbas parecido: de principio dulzón y final incendiario. Después nada más, o eso cree, hasta entrar en la calle del Siam-Sister. Nada, pero está a tiempo de remediarlo.

– Se le ha caído esto, mister.

Tampoco sabe como ha llegado ella, pero en la mano de dedos minúsculos y uñas pintadas le tiende su sombrero. El hombre que hay a su lado es alto para ser del trópico, pero por el resto presenta la constitución modelo en esa región: hombros estrechos, brazos fibrosos, pelo oscuro y cuello corto. Al sonreír descubre una dentadura remendada en algunos sitios con piezas de oro. Es más fuerte de lo que parece: apenas se esfuerza para evitar que él caiga al suelo cuando se agacha a recoger el sombrero y pierde el equilibrio.

– Gracias -dice concentrándose en las palabras para que no tropiecen ellas también.
– ¿De donde es, mister? – pregunta el hombre.
– Lejos.
– Lejos, bueno. Muy bueno, lejos. No hay mejor, ¿No le parece?

Asiente, y de pronto no tiene tanta ganas de retrasar la retirada. El estómago le asesta una embestida que aún le hace sentir más confundido y mareado. Estira el brazo en busca de una pared donde sustentarse, pero también está demasiado lejos. Encuentra en su lugar el hombro de aquel hombre, que, otra vez, le asiste para se mantenga en pie.

– No hay de qué preocuparse – dice su ayudante espontáneo.- Pasa mucho. Mi sobrina es guapa. Quiere ser cantante, ¿sabe? ¿Le gustaría que le enseñara una canción?
– Necesito descansar.

Ya no está seguro si ese hombre sujeta su hombro o lo mantiene apresado. Igual da. La realidad es aquello que viven otros, el está en una calle rojiza que, de existir, ha de ser lejos, muy lejos del resto de cosas que existen. Sus pies se mueven, o más acertado sería decir que mantienen con ritmo de pasos cortos la inercia del tronco, a su vez desplazado por el tío de la niña. En la mesa del Siam-Sister, los hombres que hablaban un idioma extraño hace apenas un instante le dedican una cariñosa mirada de complicidad. Ahora entiende bien lo que dicen. Le reconocen como uno de los suyos, el más alto incluso se lleva el dedo índice al ala delantera del sombrero en un internacional gesto de camaradería. Después ríen y recuperan su lenguaje indescifrable. Y dado que desaparecen de su campo visual por la derecha sin que él haya movido la cabeza, comprende que se mueve.

– ¿Dónde vamos?
– Nuestra casa. Allí la niña enseña canción. No lejos. Cerca.

Como el alcohol selecciona lo vivido según sus propios motivos, de pronto está en la puerta de una casa con los muros exteriores cubiertos hasta la mitad por pintura marrón desconchada, pero no sabe si el hombre ha cumplido su palabra y están cerca o lejos de donde se encontraban antes. En seguida, toma un vaso más de licor de arroz en la mesa del salón. La vivienda debe estar desconectada de la red eléctrica y bajo la luz de la lámpara de aceite, los objetos, todos de madera, parecen ocres, bermellones e imprecisos. Apura otro vaso hasta el fondo y después está en la habitación sentado sobre un colchón que se hunde con su peso. La niña llora y balbucea algo en un idioma que identifica como propio del lugar en el que se encuentra, pero que tampoco entiende. Se aproxima, acaricia su larga cabellera de pelo lacio y negro, peroella llora más fuerte. Recuerda que el hombre ha prometido algo acerca de una canción.

– ¿Sabes cantar?
– Cantar -repite ella.
– Una canción.
– ¿Canción?
– Sí, eso, canción.

Tiene una voz hermosa, infantil, como no podía ser de otro modo, pero arañada al final de los versos. Es una canción hermosa. Diferente y hermosa. Una canción triste, o eso supone, porque prefiere no preguntar el significado de lo canta. Hay un deje de añoranza en cada estrofa que se repite, pero es una añoranza dulce, así que deduce que se trata de una nana o una canción de contenido similar. Definitivamente, una buena canción.

– ¿Gusta?
– Mucho.

La niña, estira las manos y se abraza a sus rodillas mientras él aún medita sobre el final de la melodía.

– Llévame y yo canto mucho. Todo los días. Todo el año.

No puede. La aparta bruscamente cuando insiste por tercera vez. Cae y golpea a la puerta. La habitación se mueve y él ha de moverse también. Pero ella insiste a la par que él se pone de pie. El dormitorio oscila de un lado a otro, parece que intentara caminar sobre una canoa en un río de intensa pendiente. Poco a poco, se vuelve más fácil, pero al llegar a la puerta, ella lo detiene agarrando su brazo. Dice algo sobre el tío, que enfurecerá si él sale así, enfadado de la habitación. O ella viaja con él, o tiene que quedarse en la habitación. Quedarse un rato, suplica poniendo sus dedos de uñas pintadas sobre sus labios. Quedarse, le implora, quitándose el vestido. Está borracho, pero es mucho más fuerte que una niña. Logra apartarla con un empujón que la arroja contra un rincón. Sabe que se ha hecho daño, porque en la oscuridad las manos de la niña parecen negras después de que las frote contra sus mejillas. Pero no es grave. Abre la puerta. El tío aguarda sentado en el salón, con un vaso de licor y la mirada perdida en la silueta danzarina que la botella proyecta sobre la pared. Ni siquiera se vuelve a mirarlo cuando sale del dormitorio, pero él rebusca en el bolsillo y arroja sobre la mesa todo el dinero que aún posee. Es mucho. Son varios billetes, salió del hotel con dos de cien que no logró cambiar en ninguna taberna y uno de cincuenta. El tío contempla el dinero con desprecio, pero a él qué le importa ya. Abre la puerta del exterior, avanza unos pasos y vomita. Vomita otra vez antes de levantar el brazo para detener un motocarro. Se alegra aliviado cuando ve el rostro deseoso de complacer del conductor. Está a punto de subir pero en un ataque de lucidez cae en la cuenta de que no le queda nada, ni un céntimo, para pagar la carrera.

– Márchese.
– Barato. -replica el chófer.
– ¡Márchese!

Se aleja con un ruido de explosiones afónicas y precipitadas, dejando tras de sí una nube de humo dulzón que envuelve el universo durante unos instantes. Después empieza a caminar y, al llegar a los bungalows del complejo hotelero en el que se aloja, agradece que alcohol tomara la decisión de olvidar tan deprisa el camino de vuelta. Es de noche y en la terraza suenan con intensidad los grillos del jardín. Descorre la ventana del dormitorio para no hacer ruido al abrir la puerta, a tientas busca la guitarra y una libreta y, cuando las encuentra, regresa al exterior. Sabe como ha de sonar la canción que va a componer; hace un rato que ha escuchado la base de su melodía. Es un lamento o una nana. Hablará de una niña que sufre. Así, coloca acordes con tanta soltura en la guitarra como en el cuaderno.

Despierta con los primeros rayos de sol y el calor que se vuelve insoportable desde el comienzo de la mañana. Ella está a su derecha en la terraza, lo sabe desde antes de abrir los ojos por el repicar de la cucharilla en el interior de la taza de café.

– Buenos días.
– Buenos días. Menuda voz tienes hoy.

No se vuelve hacia él. Tiene la vista en la progresiva decoloración del horizonte. Primero se tornará celeste, después adquirirá un tono rojizo. Es imposible ver el sol salir desde esa terraza, pero se presiente.

– Mírame, me gustaría decirte algo.
– Dilo. -responde ella sin volverse.
– Nos vamos.
– ¿Dónde?
– Lejos.
-¿Cómo de lejos?
-A casa.

Por fin, se gira y él aprecia los labios sonrientes de su esposa, sus ojos con las pupilas cargadas de amanecer.

– Pero la canción. – dice sin atreverse a preguntar del todo.
– Ya está. Solo falta que estés de acuerdo
– ¡Sí!
– Creo que es hora de volver a la realidad.
-¡Sí!

Salta con precipitación hacia él, ni siquiera se percata de que ha tirado la taza de café al suelo. Pasa ambos brazos por su cuello y besa su boca con los labios entreabiertos.

– ¡Si! Hoy pensaba volverme sola. Pero mejor así.
– Sí.
– Es hora de regresar a la realidad y ser felices. Nos lo merecemos. ¡Esto tan horrible!

Y estrechando su cuerpo, pensando en esa realidad que está lejos,él sabe que seguramente es cierto y ambos merecen ser ricos y felices.

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