Señor Ministro

Fija la vista en el cuello de la botella de agua mineral que han dejado sobre la mesa: unas minúsculas gotas perlan el cristal y se deslizan sobre las letras plateadas de la etiqueta. Es agua, solo eso, pero ni una montaña de oro resultaría más apetecible cuando la sed aprieta. Peor que la sed, la ansiedad. Y sabiendo que no es necesidad física sino mental, se arrepiente de no haber ordenado que cortaran una rodaja de limón y la pusieron en su vaso; también de que sea agua y no soda. No sabe por qué, pero se le antoja beber soda con limón; agua con limón también valdría en el peor de los casos: pero beber agua sola le parece la confesión de una flaqueza ante el auditorio abarrotado de periodistas. Tiene seca la garganta, la lengua, los labios y en cambio nota empapadas la palmas de las manos, las axilas y el nacimiento del pelo en la sien. Quiere terminar. ¡Que pregunten!

Con la primera pregunta, llega a la par el advenimiento de la calma. Es lo que sucede cuando se emprenden acciones difíciles a las que, sin embargo, ha ido domesticando paulatinamente la costumbre. La anticipación despierta más pavor que el propio proceso de la acción. Bien lo saben los actores de primer nivel, ha escuchado que algunos incluso vomitan instantes antes de que se eleve el telón. A él le pasa con los periodistas cuando toca lidiar con un asunto escabroso, de los que ensucian la biografía pero vuelven vistosos los arranques de los telediarios. En la segunda pregunta ya se mueve con la destreza de siempre, ni siquiera se acuerda del agua con limón. Arroja una palabra en una dirección y la siguiente en la contraria, acompañando el sonido de las letras con los movimientos de sus manos. Es tan automática su conversación que se permite reflexionar un momento acerca del menú que pedirá en el restaurante de Pedro esa tarde: carrilleras, bien hechas, con perfume a oloroso, y antes algo más suave, quizás una ensalada de primero. Señor ministro, señor ministro, dirá Pedro con aire orgulloso, señor ministro le gritan desde la primera fila del auditorio, desde la segunda también, desde todas. No hay tiempo para muchas más preguntas, pero ahora que por fin presta atención, le gustaría que preguntase la mujercita de las trenzas, en el tercer asiento empezando por la izquierda -la suya, la ministerial, no la izquierda plebeya de los periodistas- de la segunda fila. Diría que tiene un modo cautivador de mirarlo. Ha de ser una becaria, es la primera vez que la ve en una rueda de prensa. Seguro, en estos meses aparecen con la frecuencia de los mosquitos en verano debido al calendario de vacaciones de los periódicos. El también la observa, sonríe y siente que se le vuelve a secar la garganta. Pero es demasiado joven para levantar la mano y preguntar, así que cuando termina el turno de preguntas, mientras se levanta, le hace un gesto para que se acerque. Usted es nueva, ¿no es cierto? Y ella asiente, le dice en respuesta a sus preguntas que trabaja en un medio importante, los meses del verano, como él intuía, quizás un poco más si con suerte le renuevan la beca en septiembre, pero de eso no sabe nada ni puede saber. Es su primera rueda de prensa. Virgen, bromea, y ella se ríe porque está nerviosa. Se comporta tan errática como las seguidoras de los grupos de música en la puerta de los camerinos. A él le encanta la juventud. ¿En serio? Le parece indispensable en los medios, en los sectores productivos, en cualquier ámbito que haya de florecer en el país. Por eso apuesta sin remilgos por las personas jóvenes antes que por sus coetáneos. Son ellos los dueños del futuro.

Es entonces cuando lo que va a decir le seca la boca y le humedece de nuevo la palma de las manos. Ese es el único momento que importa, lo sabe y para afrontarlo a solas le hace un gesto a los guardaespaldas ordenando que le esperen en el lado externo de la salida. Después se ajusta el nudo de la corbata mientras se escucha a sí mismo ofrecer una entrevista más detenida. Quizás a ella no le parezca incorrecto que le invite a comer. La joven duda y le plantea sus reticencias porque le parece una situación extraña y poco ordinaria, pero el señor ministro le alivia diciendo que ministros y periodistas son personas y, que si preciso es romper la barrera generacional, más imprescindible resulta acabar con la distancia que separa a los informadores y a los gobernantes. Solo comer. Duda, pero cuando la escucha aceptar, el ministro nota que vuelve a invadirle esa serenidad que sintió un momento antes. Y llama para para asegurarse de que le vigilen en el restaurante el reservado y se deja embargar por la la placentera sensación de la costumbre, que ya está de vuelta.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s