Médicos

Aguarda, aguarda un momento, mientras ordeno los expedientes que dejé amontonados sobre la mesa, le dice a la joven residente. Cada vez que le dirige la palabra, siente el traqueteo incesante de la sangre recuperando los antiguos fueros cedidos a la vejez, los hábitos sedentarios y la pertinaz fatiga que acompaña los fracasos recurrentes. Acompáñame de camino, apenas dos minutos, le dice, y alarga la mano para tocar su muñeca: cada vez que la fortuna le permite rozar su mano presagia en silencio encuentros más largos y ruidosos. ¿Quién le hablo de ella por primera vez? Carlos, Manuel, Santos, Lucas: Lucas, seguro. Algo dejó caer sobre miradas traviesas que solo pasaban desapercibidas a sus ojos. A partir de entonces, solo a partir de ese momento, jura para sí mismo, se concedió mirarla, buscar señales de futuros prometidos por el lenguaje secreto de los guiños, las frases entrecortadas y los encuentros accidentales. Como éste en el que ella -sí, ha dado el paso ella o, mejor dicho, lo ha adelantado al que él tenía previsto pero mantenía encarcelado en el pensamiento por miedo a darlo en falso- se ha ofrecido a servirse de mutua compañía en el desayuno. En realidad desayunar juntos es algo que hacen mañana, sí, mañana, no, por mandato de la coincidencia de horarios que implica permanecer al mismo departamento, pero una vez propuesto libremente se transforma en algo diferente.

Espera, es solo por dejar la carpeta, tardamos un santiamén y bajamos juntos a la cafetería, jura, a esta hora seguro que no nos encontramos con nadie, promete. Doctor, escucha que se dirigen a él, pero continua caminando. Doctor, Doctor, insisten, pero él menciona que tiene la llave, ni encender el ordenador hace falta, prosigue en tono más alto y determinado para convencerse a sí mismo de que no escucha que por tercera vez le llaman: “Doctor, Doctor, haga el favor, Doctor, Doctor”.
– ¿Qué desea? – responde ella, la joven residente, dándose la vuelta.
Es tan dulce la voz. Tan ligera y firme como el hilo que los expertos usan para pescar, casi invisible, del todo irrompible: pero que ella se gire deja a él sin alternativa y en cuanto se vuelven reconoce a quién un rato antes le interpelaba casi a gritos y se le detiene el pulso, porque no quiere entretenerse. Se ha vuelto ella, pero es él quien debe atenderle. Por antigüedad, también porque el marido de la mujer, encamado desde hace tres noches en la habitación 301, moribundo sin remedio desde la última, es su paciente. Ni siquiera se atrever a juzgar si una supervivencia más prolongada de esta noche sería señal de buena o mala suerte.
– ¿Cuénteme? ¿Lo ha visto hoy? ¿Qué sabe? ¿Esta mejor? La verdad, Doctor, la verdad. Mi Paco lo ve mejor, mi Manoli, también. Mucho. De buen color. ¿Es normal que le cueste hablar? ¿Y que no reconozca? Ya les digo yo que está en buenas manos, Doctor, que hacen cuanto pueden. Pero, el fin de semana, este, ¿estará ya de vuelta en casa? ¿Y el que viene? Doctor, la verdad, Doctor.

Abre la carpeta y revisa el historial del paciente. Un par de ojeadas inútiles aquí y allá, de esas que consisten en un bailar de ojos sin posar la mirada en ningún sitio. Es una sentencia inapelable desde la pasada noche: pero hay que verla también a ella, con los labios finos apretados, pintados de rosa suave sobre la piel bronceada. La mujer se echará a llorar ahora o más tarde. Llorará, se abrazará a quien le dé la noticia, mientras el café, ese primer café acordado además de compartido, se enfría en la mesa.

No puede decirle, no conviene que se hagan esperanzas. Ni mejor ni peor. -decide.
No sabe cuánto le agradezco.

Ahora le suelta la mujer, por fin puede reanudar el paso con ella camino del despacho. En la puerta, ella le pregunta y el contesta sin miedo: enfermo de muerte. Pero le has dicho. Enfermo sin remedio. Sin remedio ninguno. Y ella responde que mejor espera en la puerta, y cuando sale, le roza de nuevo mientras pegunta.

-¿Tomamos a hora ese café?
– Por supuesto.

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