Morir

Sentado, piernas estiradas y pies verticales al frente, de cabeza y solo ante el aire de la tarde, que huele a pesadumbre, recuerda que hubo un día en que todavía no descansaba el aburrimiento en las faldas de un libro de páginas amarillentas. Hace memoria: un día nació y caminó, más pronto que tarde para quien tenga a bien creer la versión de sus padres, y habló, también acorde a los mismos testigos, con palabras hermosas desde el principio, y jugó con destellos de premonición en cada movimiento, y escuchó discusiones y palabras más altas que otras a su vez más fuertes, e inquieto por el efecto de estos sonidos a los que llamaban palabras, que igual hacían llorar que reír, o asombrarse, o embrutecerse, o indignarse o aventurarse en decisiones nunca antes tomadas, seducido por ellas, descubrió que esos mismos sonidos podían conjurarse mediante garabatos que logran convocar sus efectos sin romper el silencio. Así, aprendió a leer.

Desde entonces se acostumbró a medir la vida ruidosa por sus días y sus noches, y la vida silenciosa por el título que nombraba al manojo de secretos que cada libro encerraba entre tapa y tapa. Creció, jugando cada vez menos, hablando en silencio y guardando silencio cuando hablaba, amando a personas que no siempre existían en ese mundo condenado al ruido, besando en criaturas del estruendo el espejismo de esos personajes que gritaban sin alterar su mutismo. Después, del amor más silencioso posible salieron algunos escritos y del amor más ruidoso, pequeños seres incapaces de entender el silencio. ¿Hace cuánto de eso? Recuerda, viejo, recuerda. No sabe. Pero de pronto, escucha la voz, que procede del salón y sabe que se ha vuelto viejo. Los unos se fueron un día, como habían venido: abandonados en su silencio. Los otros se fueron a la par, entre el estruendo de las maletas, el tráfico, la llantera de la mujer que ha de ser su esposa, los hurras a los tiempos venideros, los salve a los pasados -que apenas recuerda-, pero debieron ser tiempo de gloria. Vuelven más tarde, con otros parecidos a ellos -los antiguos ellos, no los ellos de ahora- en brazos, y estos nuevos ellos a su vez estiran sus bracitos pequeños para tocar su barba o sentarse sobre sus pantorrillas, mientras el aire del primer verano le recuerda que ya anochece, y sin luz cuesta ver las letras en el libro. Así aprendió a dejar de leer.

Vamos viejo, con las piernas estiradas y los pies verticales: ¿verano otra vez? Cada tanto se hace verano, pero nunca llega septiembre: una vez amó, soñó; una vez fue hombre en septiembre. Otra vez fue un héroe en invierno, navegó sin abrigo más allá del fin del océano y volvió sin hallar ni rastro de sí mismo. Aunque no puede decir si se tratan de septiembres y diciembres ruidosos o de los que se cobijan en el silencio. Cualesquiera que fueran, en el ruido solo sobrevive el verano. ¿Donde está ella? Se ha ido, según el muchacho, que acude a sus gritos, o mejor dicho se fue, hace ya tanto que no hay en el aire rastro de su presencia. El muchacho dice que ni la conoció siquiera. No vio sus pelos negros. No habló con ella, quizás viniese del silencio. Pero el muchacho se parece mucho el pequeño que traían ellos en sus brazos: más feo, más derrotado, dice que vivió en el ruido y llegó a tener el cabello blanco. Él no se acuerda.

¿Es cierto viejo? ¿No recuerdas más que las piernas estiradas y los pies verticales al frente, los pies que ahora te cuesta mover tanto como si los trabara en la tierra el peso del mundo entero? ¿No recuerdas? Haz un esfuerzo, un poco más lejos. Entonces comprende, al fin, que antes de aprender a hablar, aprendió a llorar y antes a nacer. Así que completa la frase: un día nació al mundo el ruido, pero antes, mucho antes que eso, él perteneció al silencio. Y eso le hace dudar si aún hoy es del ruido o el silencio. Si habita el mundo de los conjuros mudos que invocan palabras calladas o el de los sonidos pronunciados. Quiere estar seguro y aprieta sin esfuerzo los labios, pero aún le turba el ruido del aire paseando por sus adentros. Lo detiene, lo deja escapar con el aviso de que no será nuevamente bienvenido. Y así, aprende a morir, el viejo.

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