Aventuras

El hombre, que es bajito y algo patizambo, aunque a penas se nota mientras permanece inmóvil, se ajusta las gafas con el dedo de insultar y después deja que ese mismo recorra la línea de la nariz en un suave descenso hasta posarse sobre su labio superior. Par mayor comodidad, lleva la mano izquierda al costado derecho del grueso tórax y deja que el codo contrario se apoye sobre el antebrazo atravesado. “¿Es una delicia, no te parece?”, pregunta sin apartar la falange de la boca y antes de que ella tenga tiempo de responder, replica: “Una delicia sin duda”.

La mujer no ha contestado porque aún no ha visto el cuadro: también lleva gafas y tras ellas apunta sus ojos de marrón tierra al librito que sostiene entre sus brazos, cuyo título promete una explicación exhaustiva de la obra pictórica, así como antecedentes biográficos del autor de la exposición. Pero le cuesta dar con la página que describe el cuadro que tienen delante, culpa de quien ordenó los contenidos, puesto que lo hizo atendiendo a algún criterio estilístico en lugar de seguir un orden universal, de tipo alfabético o cronológico -el nombre de la la obra aparece junto a la fecha de su conclusión en un rectángulo color té, con letras finas de tono grisáceo-. Pasa una página, suspira, otra, y guarda la inútil guía en el bolso mientras le escucha decir que esas manchas de pintura como estampadas a brochazos carentes de delicadeza, son una delicia: si al menos supiera qué significan. Rojo cruzado sobre verde y verde sobre amarillo. ¿Un huracán? La mañana, indica el cartelito.

– Precioso -contesta.

El extraño hace rato que merodea de un lugar a otro en el tercer pasillo del museo, de vez en cuando pasa con prisas al segundo, al primero y después vuelve al tercero, donde indiscutiblemente se encuentra la mayor parte del tiempo. Contempla una obra y otra como los científicos abordan sus muestras en los laboratorios, Aproximando un momento la lente de sus gafas, alejándose en actitud reflexiva, acercándose de nuevo y separándose para, con la mano en la barbilla, certificar los buenos resultados con gesto de asentimiento. A veces, camina con la cabeza gacha, sin prestar atención a quién tiene enfrente o a la espalda, con aire apresurado. Se sienta en el banco destinado al reposo de los visitantes, cruza las piernas y observa el techo hasta que vuelve a ponerse en pie para reconducir sus pasos a una de las tres salas y retomar su rutina.

El hombre no le ha quitado la vista de encima. Conoce bien a los de estirpe, no es el primer carroñero con quien se cruza en un museo. Son rateros de robo al por menor, ávidos de turistas despistados.

– ¿Es una delicia no te parece?
– Precioso -contesta-. Oye, ¿sabes que no encuentro mi cartera?

Mira que se lo tiene dicho, por activa y por pasiva, no te despistes, no te atolondres, hay que tener un ojo en cada sitio, que después pasa lo que pasa y cuando vienen las lamentaciones y los hubiera podido que ya no se pueden: los ojalá. Que un museo es, por definición, coto de caza para quienes tienen las manos largas. Mira que se lo tiene dicho y merecido, y se lo vuelve a repetir aunque ya no tenga remedio mientras se acercan al vigilante. Y disculpe que le moleste, pero ese hombre que anda a lo que cae, dando vueltas arriba y abajo ha robado la cartera de su mujer. Ya puede hacer algo, porque si extraño es el hombre, le dice, más raro es que él no se haya dado cuenta. El vigilante que tiene la piel sonrosada desde que se levanta hasta que se acuesta, parece de pronto incendiado desde las mejillas. Se aproxima al extraño.

– Ves, al final hace falta ponerse serio.

Le dice algo que termina en “por favor” y el extraño revuelve hacia fuera los bolsillos del pantalón, y de la chaqueta, pero nada cae de ellos. Con alguien andará conchabado. A estas alturas vas a encontrar tú, le dice al vigilante, a estas horas lo mismo da buscar en la túnica de un monje. Que estos no trabajan solos. Y el vigilante responde que más, no puede.

– Antes, antes hay que actuar. – sentencia el hombre.

La mujer se siente trotar sobre el suelo mientras el hombre tira de su brazo, en dirección a la puerta. Lanza al aire protestas como un responsos en la iglesia, en tonos graves, casi murmuradas las palabras. Al llegar al coche, ella se sienta en el lugar del acompañante y solo con pequeños gritos entrecortados logra expresar la alegría que le produce hallar, sobre la alfombrilla del suelo, la cartera que creía perdida o sustraída. Besa al hombre en la mejilla y él sonríe orgulloso a la vez que pone el vehículo en marcha.

– No sabes cuánto me alegro, amor -dice a la vez que cambia la marcha- y a ese además se le habrán quitado las ganas de robar por un tiempo.
– ¡Eso! – responde la mujer exultante. – Vaya aventura, amor, vaya aventura.

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