Chillidos

Como cada noche, antes de apagar la lamparilla que hay sobre su mesilla, dobla la esquina superior de la última página que ha leído -también la única, la mayoría de los días- y memoriza el número, como si temiese que un mal soplo de aire pudiese deshacer la marca que con tan tanto cuidado elabora. Observa después a su esposa, con las gafas reposadas sobre el ecuador del puente de la nariz, ya ligeramente deformado por el hábito. Está a punto de girarse sobre el costado derecho para acurrucarse con el pecho y el rostro orientados hacia el exterior de la cama, cuando escucha el primer grito. Se revuelve un poco, suficiente para escrutar el rostro de su mujer: ha dejado de leer la revista, así que deduce que también lo ha escuchado. Es importante confirmar cualquier ruido con testigos externos a esas horas en las que el principio del sueño se confunde con el final de la vigilia. El primer grito ha sonado más bien lejano y no muy diferente a un jadeo, pero el segundo, más agudo y desgarrado, parece roto, aunque no es tan desagradable como el tercero que lo interrumpe.

Lo peor no son los chillidos. Él aparta de un manotazo la colcha y salta de la cama al suelo; lo peor, coinciden en silencio, son los ruidos sordos que los acompañan, como palmadas torpes para sacudir el polvo. Con las rodillas dobladas, camina sobre los dedos de los pies temiendo ser escuchado seis pisos más abajo, en la calle, y cuando está próximo a la ventana descorre la cortina, suavemente para reducir el ruido; después tira de la correa de la persiana con las dos manos. Apenas la eleva un palmo, aparta el cristal por el lado izquierdo, estira el cuello y saca la cabeza al exterior. Poco a poco se van volviendo temerarios sus movimientos y al final mueve con desenvoltura la cabeza de un lado a otro.

– No veo nada – dice, decepcionado.- Se habrán marchado
– A saber. Llama a la policía. Puede ser cualquier cosa. A saber.
– Sí, mejor prevenir. Acércame el teléfono.
– ¿Escuchaste los gritos? -pregunta exaltado.
– De estar matándola.
– No digas eso.
– Pero a eso sonaban.
– No lo digas.

Cuando le tiende el teléfono, los gritos se escuchan de nuevo y también llega el mismo eco sordo como de sacudir alfombras. Asoma de nuevo la cabeza por la ventana y al instante la introduce otra vez en la habitación.
De ahí no viene.

Con los ojos medio entornados, ambos, como para dejar al oído el lugar que en el intelecto ocupan los cuatro sentidos, permanecen inmóviles, a la espera del siguiente chillido. Llega y esta vez no tienen dudas. Procede del otro lado de la habitación, de la otra ventana, más pequeña que da al patio de vecinos. También a esa ventana se acerca él, ahora, también de puntillas como antes, pero al llegar hasta ella no sube la persiana, directamente pega la oreja a la cortina. Ella se levanta y como él se apoya sobre la tela, presionándola contra el vidrio para oír con más detalles.

– Parece Lola la del tercero.
– ¿Qué dices, mujer?
– Parece.
– ¿Por qué lo dices?
– Yo que sé.
– ¿Entonces?
– Creo que ha dicho el nombre de su marido, Manolo, entre los gritos.
Así aguantan aún un rato, adheridos a la ventana. De repente él se separa y regresa a la cama.
– No puedes decirlo en serio.
– Eso me ha parecido.
– Estarán entonces de broma
– ¿Tú crees?
– Seguro que no es nada.

Ella rodea la cama y levantando la sábana por su lado se acuesta también.

– A punto hemos estado de llamar a la policía.
– Ya ves -contesta.

Mientras dice la última palabra se gira de nuevo para apoyarse de nuevo sobre el costado izquierdo y acurrucarse mirando hacia la exterior de la cama. Ella aún lee un par de páginas más de su revista. Después apaga la luz y duerme también.

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