La abuela

Se escucha su sinfonía entremezclada de pasos y saltos sobre la acera. Zancada con la izquierda, zancada con la derecha, salto, salto. Después vuelta a empezar, pendiente de no pisar por accidente alguna de las líneas donde se juntan adoquines, guiada por las piernas enormes, blancas con serpientes violáceas de su abuela; los dos pasos, con las chanclas arrastradas por el suelo, suenan como los instrumentos tubulares de arena, después, el salto se demora un poco porque su abuela tira del abrazo elevándola unos centímetros del suelo y dejando que caiga al compás de un ruido que recuerda las palmas flamencas.

La abuela anda despacio, según ella misma, pero según el juicio de la nieta camina como si la poseyera el demonio -que es por cierto una expresión que solo dice la abuela-, tan rápido que sería difícil aguantarle el ritmo de no ser por la pequeña ayuda que supone alzarse del suelo cada dos zancadas y porque esa ayuda hace ralentizar el paso a la vieja, que, además, aprovecha para respirar hondo después de celebrar el balanceo de la cría con un sonido compuesto de vocales cerradas. Hace calor, aunque todavía no es verano cerrado, y la sensación de la piel refrescada poco antes por el agua de la piscina empieza a esfumarse, como se pierden a la vista los objetos distantes en verano. Queda un recuerdo y el sentido de la brisa en la frente y, la sordera que el agua ha impuesto al oído izquierdo y la neblina del cloro en los ojos, que se hace más profunda al mirar hacia los objetos brillantes, como los reflejos del sol en la matrículas de los los coches.

La abuela se ajusta el gorro amarillo sobre las orejas y finge peinar dos rizos de color gris negruzco sobre la derecha. En la mano que no balancea a la nieta lleva una silla de playa y sobre ese mismo hombro cuelga un bolso grande, de tela, tan feo que no se atrevería a sacarlo a la calle si no llevase cubriendo el otro costado una toalla doblada.

– Abuela, ¿Qué vamos a comer hoy?
– ¿Qué te gustaría comer?
– Muchas cosas.
– Pues vamos a comer muchas cosas: hay salmorejo, hay patatas fritas, hay filetes empanados, hay albaricoques.
– Es mucha comida.
– Claro, es mucha comida.

La nieta cierra la conversación con un grito de júbilo y, como asustada por haber perdido dos o tres compases de la melodía de pies arrastrados y zapatazos, propina dos saltos seguidos que han de servir para recuperar el tiempo perdido. En casa, poco más tarde, tiende en el tendedero de interior la toalla sin fijarla con pinzas y deja el bañador en el lavabo del cuarto de baño para que la abuela lo enjuague y pueda usarlo al día siguiente sin tener que meterlo en la lavadora. Mientras se está vistiendo e introduce los brazos bajo los tirantes del otro bañador, el que usa por las tardes, suena el teléfono. Abre la puerta del dormitorio y aguarda tras el sofá del salón.

La abuela restriega sus manos en un paño de cocina antes de que finalice el segundo timbrazo y cuando el tercero empieza a extinguirse descuelga el teléfono. Se sienta como si las piernas le fallaran y, por el tono, la nieta sabe que es su mamá quien está al otro lado de la línea.

– ¿Entonces cuando vienes, hija? No, tú verás. Tú sabrás. ¿No quieres hablar con ella, saludarla? Bueno, bueno, tu verás.

La abuela cuelga y permanece entonces un rato en silencio, observando el aparato blanco por el que ha hablado hace apenas un instante. Se incorpora, haciendo fuerza con el brazo sobre el respaldo del sillón, y con el paño todavía arrugado en la mano derecha, se gira para volver a la cocina.

– Anda, ¿qué haces ahí detrás del sofá? – pregunta sonriente-.
– Nada -contesta, la nieta.

La levanta en brazos, y aprejándola contra el pecho, le acaricia sin darse cuenta el pelo húmedo con el trapo sucio. Lo sacude para limpiarlo y dice después, sonriente:

– Ha llamado tu mamá. Que te quiere mucho.

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