Honestamente…

Decia Hemingway que la vida de un hombre honestamente contada es una novela – o contada con honestidad, dejo la búsqueda de literalidad a los ortodoxos-. Como si el mero hecho de transitar por el mundo nos conviertiera en dignos candidatos a personajes, o aún mejor, como si no pudiese crearse personaje más certero que una persona real a condición de que sea descrita con frialdad de periodista norteamericano.

Si solo hubiese dictado esa frase a lo largo de toda su carrera – o si solo le hubiesen adjudicado la sentencia-, la obra del escritor estadounidense ya valdría la pena. A pesar de que, a veces, la experiencia obligue a preguntarse si no querría decir más bien lo contrario: que la vida de un hombre solo puede resultar honesta contada en una novela.

Como es verano y aprieta el calor y cuesta salir a la calle antes de que caiga la noche, este mes de Agosto, me propongo sumergirme en ese dilema de la honestidad, día a día y relato a relato. Es el único método para reflexionar sin perder la cabeza. Porque en cierto modo, los escritores solo saben ser honestos cuando cuentan las vidas de otros hombres como si se tratase de una novela.

 

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