El invierno

Frota el pelaje con un cepillo grueso, deslizando la mano sobre el lomo, como si fuese un caballo. Después revisa que hayan vendado bien sus tobillo y las pezuñas; con el pellejo de las mandíbulas separado por las manos, empapadas de saliva, comprueba cada uno de los dientes: están en perfecta forma. Lo palmea en el cuello. Un poco fondón, pero es fuerte y grande. Es ágil también: lo ha visto con frecuencia en el parque, escabulléndose por el enrejado de las urbanizaciones para montarle gresca a algún gato escondido o a otro perro que tranquilamente marca el territorio. Es un toro en pequeño. Susurra en su oído palabras de entrenador en el córner: estás listo, has practicado, has nacido para esto; directo y al cuello; directo y al cuello hasta que os separen si es que pueden; no dejes que te acorralen en las tablas, salta y si no puedes saltar, rueda hasta hacerte con un poco de espacio donde ponerte en pie de nuevo. ¿Entiendes? Ladra en ese tono que significa asentimiento.

– ¿A qué viene? -dice señalando a un viejo que camina a su encuentro.
– Buenos días.
– Para usted también.
– ¿Cómo esta el chucho?
– Está.
– Está, está. Sí que está, sí.

Estira la mano para tocar la cabeza del perro, pero antes de que sus dedos puedan rozarlo, éste devuelve un gruñido rabioso.

– Vaya si está. ¿Apostará usted por el perro?
– ¿Dice usted?
– No todos lo hacen, vea. Algunos, juegan a dos bandas.
– Ya puede abrirse si viene a convencerme. Yo voy limpio.
– Bravo chaval.

El viejo escupe al suelo y se queda un momento contemplando el centro del entresuelo donde el cuadrilátero, formado por listones apilados en vertical y cubierto por un dedo de albero, permanece vacío y en silencio. Hay poca gente, pero ya huele rancio: sudor dulzón, de ropa que ha aguantado muchos tragos sin repuesto, y la acidez a medio cocinar de alguna vomitona que nadie ha limpiado.

– ¿Sabe usted quién soy? -pregunta el viejo.
– ¿Qué hay que saber?
– Soy el padre del guarro que hay en el otro lado, susurrando también a su perro.

Escupe ahora al suelo, y el joven interpone su cuerpo entre el perro y el viejo. El chucho es capaz de defenderse por sí mismo pero no le corresponden esas peleas.

– Ajá ¿Y que se le ha perdido a usted por acá?
– Nada vine a ver si merecía la pena.
– ¿Merecer el qué?
– Apostar
– ¿Y merece?
– Ya lo creo. Me apuesto la herencia de mi hijo a que gana su perro. ¿Quiere saber una cosa? Verano no sabe pelear. Es de sofocón y descanso, por eso le pusimos el nombre. Nada. Pero el guarro cree que sí. El guarro siempre cree saberlo todo. Al perro le llega el invierno, pero al guarro usted y yo le vamos a enseñar una lección. ¿Lo tiene bien adiestrado?

– Todo lo bien que sé.
– Pues haga que ataque por la derecha. Por ese oído Verano se quedó sordo en un accidente.

Ve al viejo marcharse con paso tartamudo al rincón de su hijo. Al llegar, besa a ese que llamaba guarro en las mejillas y acaricia al tal Verano. El perro lo recibe con alegría, moviendo el rabo y encaramándose a sus rodillas. El hijo le acaricia la mejilla y lo abraza. Golpea amistoso su puño contra el pecho, después. Cuando su rival aún sigue abrazado, escucha la voz a través del megáfono que ordena a los contendientes ocupar su puesto. Él se agacha y antes de obedecer susurra algo, con cariño en la oreja de su perro: “Haz que dure poco”, le dice convencido de que entiende sus palabras. “ Que ese viejo no consiga regodearse. Si le jode el invierno, es cosa suya”.

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La grúa

Pasan los minutos como estallidos de bombas al descubierto: temiendo la venida del próximo a la vez que se presiente su llegada. Y no suena. Se asoma a la ventana con las cortinas a medio descorrer. Existe una vergüenza que es vergüenza propia del vecino y engloba detalles que si se recuerdan después resultan ridículos: observar el tránsito de los vehículos cuando se espera uno en concreto con las cortinas sin retirar del todo, como si la mera observación constituyera un acto reprobable, pertenece a esta categoría de vergüenzas. Pero es reprobable, porque implica la debilidad de encontrarse a merced de otros, bien lo sabe. Más a la merced aún, porque el vehículo que aguarda es la grúa que ha de transportar su coche hasta el taller más cercano.

Y no suena, ni el minuto en el reloj, con su explosión de expectativas traicionadas ni el condenado teléfono, que se conforma con brillar, insultante sobre la mesa. Durante un instante siente una de las experiencias sinestésicas que relatan los adictos al ácido lisérgico y los destellos plateados del teléfono los escucha como timbrazos en las pupilas. Dijo, a las seis, pero la gente dice muchas cosas. Seis en punto bajo la puerta. Listo para cargar el vehículo. Le llamo para que baje usted y no tenga que esperar a la fresca; mejor espere en casa, pegado a la nada, al silencio, al mortal paso de los minutos. Se sienta y su rodilla asciende y desciende rítmicamente como la articulación de la maza del bombo principal en una batería de música pop.

Enciende un cigarro y escupe el humo en dirección a los vecinos que desde la ventana de enfrente parecen regodearse en su desgracia.

– Buen espectáculo -grita al aire.

Pero no responde el vecino. En cuanto comprende que es a él quien se dirige cae presa de la vergüenza propia antes mencionada y cierra sobresaltado la ventana. Sigue fumando, y esperando. Lo que ocurre al coche no hay manera de saberlo y no aspira a descubrirlo rumiando tres o cuatros palabrejas técnicas que ha aprendido en internet: culata del motor, radiador térmico, bomba. Esa la conoce bien. Su corazón, ardiendo más por el orgullo ofendido de quien espera que de impaciencia; el teléfono acondicionado al silencio y a las molestas vibraciones de mensajes inoportunos que, con su instante de esperanza, interrumpen el reconfortante enfado; la televisión; la calle; todos bombas: la ventana de la vecina contiene una bomba de intrusismo.

– ¿Se creerá que tengo todo el día? -Sigue diciendo al aire- ¿Eh? Todo el día. Nada, el tiempo de los demás no le parece más valioso que el agua perdida cuando se frota los dientes. Tengo cosas que hacer. ¿Cuales? Cosas. Y a él qué le importa. Si no las tengo podría tenerlas. Podría tener cientos de cosas y todas ellas serían mejores que fumar en esta ventana mientras espero. ¿Me oye, vecina?

No lo oye. No solo por la ventana cerrada, sino porque el no habla sino que mueve los labios e imagina las palabras a la par que gesticula con los brazos. Pero de su boca solo sale un ruido de abejas próximas a la colmena. Sigue así, fumando y dejando caer la ceniza al suelo de la calle hasta que por fin suena el teléfono. La grúa, dice el teléfono, está abajo. En vez de alargar la conversación, cuelga, se asegura de llevar las llaves en el bolsillo y sale de la casa rumbo a la calle.

Abajo, un hombre con chaleco saca fotografías al vehículo moribundo. No parece alarmado según deduce de su expresión según se acerca.

– Hombre, ya era hora. -dice el hombre de la grúa.
– ¿Cómo dice?
– Que ya era hora. Hace rato que lo espero.
– ¿Que espera usted?
– ¿Pues no me ve? Anda, espabila y ayúdame con las correas.

Y en un instante, ayuda. Cierto es que pensaba enfrentarle, zarandearlo y decirle un par de cosas subidas de tono. Pero de pronto, duda. Y con dudas se marcha a su lado en la grúa cuando el coche está enganchado; y con dudas también acepta su mano, sonriente, cuando se despiden.

El cuadro

Del fondo, en el paisaje, nace un sol de poniente que parece congelado en colores de su próxima agonía o su muerte; lo ha pintado con pinceladas de trazo intermedio, mezclando ocres con óleos blancos y grises. El mismo sol, indeciso a la hora de marcharse, se superpone, cebreado, al granero de verdes oscuros y marrones pálidos que forman la copa de los árboles. Atardece en el lienzo, como si a la llegada de la noche el día remoloneara retrasando la despedida de la tarde. En el tercio bajo de la tela, se repiten los motivos de los dos tercios superiores, pero teñidos de azul borroso, reflejados en un lago. Y en una de las orillas del lago un par de manchas ovaladas dejan intuir la espalda y la cabeza de un niño que, observado de lejos, bien puede estar pescando con caña sin carrete o torturando con un palo largo la superficie de agua. El niño es rubio y la melena rizada tiene tonos que recuerdan a ese mismo sol que se marcha si, en lugar de marcharse, estuviese llegando.

– ¿Qué te parece?

Pregunta y da un trago al vaso de vino que hay apoyado junto al caballete. Después suelta la paleta y, vieja costumbre, aspira el olor químico de las pinturas y el aguarrás con cierto placer. Frotándolas contra la bata de médico -o científico, o carnicero- se limpia de las manos los restos de pigmentos.

– Eh, ¿no dices nada?

Porque está abstraido, pendiente de la pantalla de su teléfono, piensa el abuelo que no dice nada, pero sí dice su nieto, solo que a otros mucho más lejano que él, a otros a los que solo puede transportar sus palabras por medio del silencio.

– ¿No ves nada peculiar?
– No.
– ¡Pero qué vas a ver si no miras el cuadro!

El muchacho con un suspiro hastiado, un cabeceo impertinente y un zapateo contra el suelo que se detiene antes de ser realmente molesto, aparta la mirada del teléfono móvil y observa durante unos instantes la imagen del lago bordeado de árboles de copas verdes y frondosas, en ese atardecer en el que juega o pesca un niño con el pelo rubio y rizado.

– ¿Nada?
– ¿Puedo bajar ya a la calle?
– Mira primero: ¿nada?

Seguramente apremiado por la esperanza de que unos instantes de atención permitan acortar su obligada permanencia en casa, observa con más esmero, o lo pretende. Se incorpora un poco, aparta la espalda del sillón, abre los ojos y los entorna después, apoya el índice sobre el labio con ese gesto que a edades tan tempranas todavía no muestra inteligencia sino añoranza del chupete.

– ¡Eres tú! ¡Eres tú en el lago que hay en la casa del abuelo! Bueno, tu bisabuelo. Un domingo te llevaré y te enseñaré a pescar. ¿Te apetece?
– Bueno.
– Pues entonces, hecho.
– Abuelo.
– Sí.
– ¿Puedo salir ya?

El abuelo observa sus bucles desordenados y caídos sobre la frente. De pronto dice:

– ¿No te apetece hacerle una foto?
– ¿Para qué?
– Se la enseñas a tus amigos.
– No saldría bien.
– ¡Pero si ahora todas las fotos salen bien!

El nieto vuelve a bufar y esta vez murmura palabras incomprensibles entre los dientes, pero eleva el móvil y apunta con el reverso del teléfono al lienzo. Se escucha un sonido que emula el obturador de las viejas cámaras analógicas y, un segundo después, el niño enseña la imagen en la pantalla a su abuelo, para dejarlo tranquilo.

– Anda que no vas a vacilar tú de abuelo que pinta cuadros.

Hunde los dedos en sus rizos y los agita con energía. El chaval la mantiene la cabeza baja y por un momento podría decirse que permanece concentrado en la fotografía.

– Anda, vete ya, que se va a hacer tarde.

Y sin escucharlo dos veces, parte a la carrera y enseguida resuena el zapateo apresurado de sus pies sobre las baldosas de la entrada y el estruendo de la puerta al cerrarse sin cuidado. El abuelo ya no puede verlo, pero también sale del portal como si huyera del infierno y corta la calle inclinándose en las curvas como hacen las motocicletas de carreras, hasta que llega a la puerta de su viejo colegio, jadeante.

– ¿Por qué has tardado tanto? -pregunta impaciente y con acento de reproche uno de sus amigos, que parece el jefe, sin siquiera hacer ademán de levantarse del banco para saludarle.
– Nada, castigado.
– ¿Otra vez? No te libras ni en verano
– Ya ves.
– No sé si yo podría.

Se levanta él y le sigue el resto de la pandilla y juntos se marchan, bromeando, apoyando unos el peso en los hombros de los otros.

El viento

Agita la cucharilla del café, convencido de que los movimientos firmes y precisos de su muñeca se contraponene perfectamente a los incongruentes giros que toma la discusión. Da el primero sorbo y un relámpago de dolor recorre su lengua; después la parte abrasada, parece insensibilizada y áspera como si un papel cubriese el interior de su boca. El sufrimiento agita algo en su interior y de pronto dispone de fuerzas para zanjar la disputa. Ella habla y él sabe que de alguna forma menosprecia sus palabras al entretenerse contemplando los transeúntes que aparecen por un extremo de la ventana de la cafetería y desaparecen, con paso rápido, por el opuesto.

– ¿Me estás escuchando?
– Te escucho.
– Entonces, ¿qué?
– No.
– No. ¿Y ya está?

Da otro sorbo, haciendo de menos el dolor y se limpia los labios.

– Es verano, estamos de vacaciones y qué quieres, amor, no me apetece.
– ¿Y hay que hacer siempre lo que te apetece?
– A ti tampoco te apetece.
– Te equivocas.
– A nadie puede apetecerle almorzar con tus amigos. Son el aburrrimiento hecho carne. Es sentarme a la mesa con ellos y desear levantarme. A ti también te pasa, ni siquiera sé por qué lo disimulas.
– No hables así.
– Además, ya habíamos hecho planes.
– ¿Con este tiempo?
– Mejor nublado para la excursión, hará menos calor.

Para cuando se levantan de la mesa ella ha besado su boca dolorida y él ha puesto unas monedas sobre la cuenta en la bandeja. Ha arrugado un par de servilletas y las ha arrojado en el interior de la taza; han revisado en el móvil la mejor ruta hasta la cima de la montaña, se han besado uno a otro los nudillos como si fuesen duque y princesa feudales, se han acariciado las mejllas, se han arreglado mutuamente el cabello, han bromeado y, en fin, han hecho las paces tras acordar que la intimidad y el ejercicio físico de la caminata por el sendero hará más bien a ese amor que quieren fortalecer durante las vacaciones que la convivencia con amigos que no son del todo apreciados. Así que cuando se levantan ya no tienen más que repartirse las tareas para comenzar la excursión lo antes posible. Ella irá al supermercado para comprar viandas que les sirvan de tentempié y refresco; el prepará las mochilas en casa, las gorras y eligirá de la maleta la mejor vestimenta.

En media hora andan rumbo a la cima. Caminan por el sendero de tierra, ancho al principio y más estrecho según avanzan; cierran los ojos mientras les impregna el olor a hierba fresca, a manzanilla, a tierra húmeda, y a las higueras que bordean el camino. A veces inhalan aire como si, sedientos, bebiesen tragos de agua fresca. Cuando se inicia la pendiente, él la precede marcando el paso, alejándose a veces para esperarla unos metros más arriba. El aire ahora se atraganta entre respiraciones rápidas y las piernas parecen tan calientes como si hubiesen pasado la noche cerca de una lumbre encendida. A medio camino, ella pierde el pie trasero y está a punto de caer al suelo, así que intercambian posiciones y el resto del ascenso lo hacen más despacio.

Pero con paciencia y paso firme, hora y media después del comienzo, se hace visible la cúspide del monte. Desde donde están no es más que una elevación escarpada, de terreno pedregoso, a la que hay que llegar ayudándose por las manos. En lo más alto, un mojón de hormigón marca la altura y, según les explicaron en la oficina de turismo, también señala las distancias hacia las principales ciudades del mundo.

– Mira que es tonta la gente: subir hasta ahí para permanecer sentada.

Señala mientras lo dice, dirige el dedo índice hacia otro pequeño grupo de excursionistas que permanece sentado arriba, junto al mojón.

– Yo pienso abrir los brazos. -dice emulando con su cuerpo una cruz.

Ella no responde, camina con una mano sujeta a la gorra y la otra en la rodilla izquierda como si sostenerse las piernas y la cabeza fuesen tareas inaplazables. Con entusiasmo, recorre él los últimos metros. Con entusiasmo, ayuda que ella ascienda los últimos metros. Con entusiasmo, el último impulso lo sitúa junto al mojón, pero entonces, siente el golpe: es un viento atroz, imposible de predecir desde abajo por la ausencia de árboles.

Es también un viento caprichoso y violento, que cambia de dirección, como si jugara a estorbar los esfuerzos de los excursionistas por acomodar sus pies al siguiente golpe. Se mantiene agachado: las piedras del suelo están gastadas por el trajín de los visitantes que, durante siglos, quien sabe si no milenios, han llegado hasta ese mismo punto y, las han lijado con sus incontables zapatos sonhasta volverlas extremadamente resbaladizas. A gatas, intenta llegar hasta el mojón, aunque sea para llevarse de vuelta el efímero trofeo de tocarlo, pero comprende pronto que no será posible.

– ¿Qué pasa amor? – Pregunta ella, que unos metros más abajo, resguardada todavía por la pendiente aún no siente el viento. -Ayudame a subir.

La ayuda con dificultad y enseguida queda ella echa un ovillo, sujeta a la gorra y las rodillas.
– ¿Ahora qué? – pregunta ella
– Mejor nos vamos- contesta él.
– Sí.
– Esto está imposible.
– Sí. Hubiera sido mejor comer con mis amigos -concluye sin dejar de sujetarse la gorra.

No contesta, pero mientras prudentemente comienza el descenso, antes de ofrecer la mano como ayuda, él escupe al aire, esperano que el viento devuelva el escupitajo hacia sus zapatos.

Miedo a volar

¿Por qué en los niños pesa tan poco el sueño? Apenas unos instantes después del sobresalto del despertador, agita su hombro con dulzura para que regrese con paso calmo al mundo de la vigilia; apenas esos segundos en los que parece que recela, como si anticipase la realidad que le aguarda a la vuelta del paso de los años, constipada siempre de grandes responsabilidades que al cerrar los ojos se desvanecen al compás de historias mejores. En ese momento pesa a los niños el sueño. Tiene que insistir un par de veces, sobre todo los lunes, que ha de retirar ligeramente las sábanas para que el frío de la mañana ayude en la tarea a sus manos cálidas. Si por él fuera, dejaría que durmiese. Lo permitiría satisfecho si el colegio tolerara que se acabara el sueño, o si el menos pudiese retrasar su jornada laboral y llegar, incluso saliendo la pequeña tarde de la cama, puntual a la terrible puerta de la oficina. Porque es terrible. Duerme hija, duerme y no sufras, no padezcas, no tiembles cuando lleguen las pesadillas: la puerta de la oficina es aún más oscura. De tan muerta que está, su umbral extirpa la vida a quienes la cruzan; igual que arrancaba de sus caparazones a los caracoles, la abuela, antes de sorberlos. Haces bien en seguir en tus trece y defenderte testaruda, que despierten otros, nosotros dos tenemos algo más que los ojos heridos y no hay más cura que detener el tiempo. Pero después, sabe que no puede y que nadie tiene paciencia para esperar, y despierta a la pequeña.

Entonces pesa, al despertar, pero deberías mirarla ahora. Más fuerte, papá, mientras el columpio se balancea, primero contra él, como si quisiera atravesar su pecho, y después, directo hacia el cielo. ¡Mas fuerte! Aunque sabe que es tarde -lo sabe porque el barrendero acaba de cruzar la esquina del parque y porque Marieta y su mamá corren calle abajo agarradas de la mano, como si fuesen apuradas-, más tarde que los otros días de la semana en los que ya tuvo que atravesar la dichosa puerta con la cabeza gacha y un buenos días murmurado deprisa por miedo a que mencionaran el retraso; más tarde también que aquel jueves en que la seño de primera hora prohibió a la niña la entrada para que los pájaros, los árboles de invierno, las nubes bajas, el viento escurridizo y las palomas se mofaran de su vergüenza -quién más podría mofarse si el resto de alumnos estaban ya dentro del aula-. Sin discusión, es más tarde que nunca, lo confirma el color rojizo del horizonte; y que ya empiezan a fatigarse los razos de empujar tanto tiempo el columpio; y que el sudor brota de su frente como en las siestas del verano, poco hecha al ejercicio continuado. Más tarde que nunca, pero empuja una y otra vez, conquistado por su risa inocente. Ríe bien alto porque empuja además con más fuerza que nunca. Los niños deberían estar siempre así, reflexionó: entre sus padres y el cielo; conquistando las alturas y volviendo a casa de vez en cuando para recibir un nuevo empujón. Eso es, escúchala ahora, feliz como si jamás hubiese sufrido, como si aún estuviera soñando. Hace ese sonido con la boca en el que imita una efe atragantada en el rugido de un motor a reacción. Eso es, mírala, mírala y dime si no hace rato que dejó el columpio y vuela, como han de volar los hijos, sin reconocer apenas el impulso que en el pasado recibieron de sus padres. “¡Sigue volando sola!”, piensa mientras propina otro empujón al asiento del columpio en el que se balancea la niña. “¡Vuela!”, grita y ella responde “¡Vuelo! ¡Mira, papá, vuelo!”.

Aún demora el juego cinco minutos más, consciente de que quizás la seño deje a su hija a su suerte. ¡Condenado tonto! También ella tiene su puerta del trabajo de la que tú quedas fuera. Eso, eso es lo que importa, quédate siempre fuera de su terrible puerta, sea la que sea. Un sitio al que regresar, eso serás grandullón, a pesar de las puertas que también tú tienes que pasar. Le da un beso fuerte en la mejilla, después otro y otro más, apretando su rostro con tanta fuerza que siente los pequeños dientes en el tacto de sus labios. Le ordena que se de la vuelta, tira de la cremallera y comprueba que el bocadillo sigue envuelto en papel de plata en el bolsillo exterior de la mochila; aliviado el temor, vuelve a cerrar el bolsillo, besa otra vez- a la pequeña en la frente y le ajusta el abrigo como si al otro lado de la puerta del colegio hiciese más frío que a la intemperie. Está a punto de despedirse cuando ve el miedo en sus ojos. “No temas y dile a la seño que llegas tarde porque tu papá te ha llevado a volar” .

– ¿De verdad puedo decirlo?
– Por supuesto. Y bien alto, para que te oigan todos.
– ¿Y si me castigan?
– ¡Tú ni caso! No te castigarían a tí, se castigarán ellos porque no han volado nunca.

Y le hace prometer, la niña, que también él dirá lo mismo al llegar al trabajo. Y promete, pero a sabiendas de que miente, porque al llegar al trabajo, más tarde que nunca, cruzará la puerta, bajará la vista y apretará el paso. Si le preguntan dirá que la niña se despertó enferma, porque con el paso de los años más que no volar, avergüenza no saber aterrizar. Sí, eso dirá, que estuvo enferma y la tuvo que cuidar. Por suerte la dejó acostada y dormida antes de salir, con prisas, hacia el trabajo.

Libres

Hace rato que no le presta atención, porque desde hace rato repite lo mismo, como una letanía. También porque la parece ridícula su obsesión de bienquedas camuflada en filosofía de venta al por mayor o sección librería de grandes superficies. Dice que no es por miedo a que bajo el amparo de la noche uno de ellos se cobre el impuesto del aparcamiento contra los cristales, los faros o los neumáticos del coche. Dice que serían incapaces, que esos hombres auto erigidos funcionarios municipales no son dañinos más que para ellos mismos. Porque se les ha escapado con creces la posibilidad de enmendar la vida mientras bebían y se pinchaban, o se pudrían los dientes fumando en bombillas de vidrio ennegrecido al calor de los mecheros; porque ya no tienen forma de obtener más salario que un variable sueldo de mendigos. Y como dicen ellos: podrían robar y no lo hacen. Podrían pedir sin más y tampoco. Ayudan a aparcar, orientan a los vecinos en la calle para que encuentren lo antes posible un lugar libre junto a la acera.

– Que sí, pero ninguno de los dos llevamos suelto.

Y no, por más que insista no va a cambiar de opinión, le parece estúpido detenerse unas calles arriba o abajo, en segunda fila, para que ella entre en el bar y con la excusa de tomar una cerveza o un tinto de verano, cambie un billete de diez en monedas mientras él espera con el motor en marcha. Tampoco pueden bajar los dos, dice, por el tráfico obliga a variar cambiar de sitio el coche.

– Miedo, no respeto.
– Vamos a estar dando vueltas todo la tarde.
– Pues las damos. ¿O no somos libres de dar vueltas si nos da la gana?

Como a la mar, piensa. Pero es miedo, reflexiona ella. Han pasado de largo dos sitios vacíos donde de sobra cabía un todoterreno sin demasiadas maniobras. Los ignoraron, fingieron no percatarse de las señas que les hacía el impaciente gorrilla. Giran ahora a la derecha en el semáforo y rompiendo la costumbre, se desvían después a la izquierda, alejándose metro a metro de su casa. Allí encuentran un sitio: apurado, bordeado delante y detrás por motocicletas. Él suspira, y viendo que no hay quien vigile esa calle, marca con el intermitente y comienza a maniobrar marcha atrás.

– ¿Tan lejos?
– Mejor esto que nada -contesta.

En el primer intento falla. Maldice a los conductores ausentes de las motos aparcadas, también al fabricante del coche que maniobra. Después grita a su mujer, pero ella no presta atención. A mitad del aparcamiento ha de sacar el coche y empezar otra vez desde el comienzo. Esta vez orienta mejor el culo y el morro, gira con más acierto el volante y se concentra, lo que, en opinión de ella, es realmente el matiz decisivo. Apaga la radio y echa el freno de mano, se asegura de desconectar las luces antes de salir. Entonces lo ve, al final de la calle, corriendo con una mano sobre la cabeza para no perder la gorra con el trote.

– Sube al coche.
– ¿Qué?
– Que subas, digo.

Ella aún mantiene la puerta abierta, indecisa. La cierra de pronto y se encamina hacia el hombre que corre hacia ellos. Lo intercepta unos pasos antes de que alcance el vehículo y el hombre se dobla sobre si mismo al parar la carrera, para coger aire.

– Siento decirte que no llevamos nada.
– ¿Nada? ¿Ni unas monedas?

Ella rebusca en el bolso y saca dos o tres céntimos oscurecidos por el roce con el cuero del monedero. El aparcacoches las acepta incrédulo y antes de guardarlas en el bolsillo escupe al suelo.

– ¿Y el caballero?
-Tampoco – responde ella.

El caballero agarra del brazo a su esposa y le dice al oído, abriendo de nuevo la puerta del coche: “Anda, vámonos”.

– ¿Por que nos vamos a ir? ¿Es que la calle es suya?.
– Venga, vámonos.- repite él, nervioso
– Ustedes sabrán. Si no tienen, no tienen. -y escupe otra vez sobre la acera.- Y suya tampoco es.
– ¿El qué?
– La calle.

Entran en el coche. Arrancan el motor con el gorrilla pegado a la ventanilla y salen tan rápido que derriban la moto delantera. Pasan un rato en silencio, conduciendo sin propósito, nerviosos, sin rumbo pero con prisas. Después, poco a poco, reducen la velocidad.

– No entiendo por qué tienes que faltarles el respeto. -protesta él- No lo entiendo.

Y ella calla incluso cuando el coche se detiene de nuevo.

– Anda baja y cambia el billete.

Y en silencio baja del coche y se dirige al bar,mientras él aguarda con el motor encendido, en segunda fila.

El entierro

De pronto recuerda que ha puesto el cartel por dentro y puede que algún apurado lo lea demasiado tarde, cuando el asunto no tenga remedio. Así que el marido mira el suelo, pero no llora, los hijos sí, desconsolados junto al nicho. Familia de postín, lo que decía, aunque no haya nadie a quien decirlo, porque es obligado el silencio. También han acudido al entierro una mujer atractiva con un vestido ceñido que ni el color negro confunde con luto. Está ahí sin estar del todo, a distancia prudencial de la familia directa. De vez en cuando, pero sin demasiado disimulo cruza su mirada con la del marido. Falta de vergüenza, mientras los niños lloran ya sin poder reducir a gimoteo los berridos del llanto; falta de consideración y de amor de más allá que sabe a promesa perdida, pero que le pregunten a la muerta si no es mejor eso que el hambre y el destierro de los olvidos. Un señor mayor parece abatido también, extiende la mano, acaricia con la yema de los dedos arrugados la superficie rugosa del cemento en el exterior del nicho. Se besa los dedos, que han quedado manchados de un polvo blanquecino y los coloca sobre la urna dejando su huella de polvo. Hay un sacerdote, un par de mujeres que se enjugan los ojos secos con sus pañuelos -están secos, no engañan a nadie, él lo sabe bien porque ha visto la obra desde el patio de butacas muchas veces: si de verdad limpiasen lágrimas, los pañuelos regresarían de la tarea coloreados por restos de maquillaje-. Alejada una pareja cuchichea y sonríe, se hacen cosquillas en la cintura el uno al otro. Más les valía estarse quietos; la risa contenida en momentos serios es un boleto directo al excusado. Solo que el excusado de señoras está cerrado a perpetuidad y el de caballeros averiado, con un cartel que lo explica, pero mal y por error, colocado, como pensaba al principio, de puertas para adentro.

Ahora, piensa otra vez: podría marcharse y ponerle remedio. Tiene experiencia, tanta como para saber que el cura no callará pronto y que cuando lo haga, vendrá la llorera suprema. Incluso el marido caerá afligido por la despedida. Así son las ausencias: cuando se confirman, escuecen más cuanto más se desearan. Eso son al menos cinco o diez minutos, contando por la bajo, antes de que toque echar la pala de cemento sobre la lápida y sellar lo que hace ya tiempo que quedó sellado para la vida. En fin, tardaría, caminando lento, dos minutos hasta la puerta del servicio, menos de medio minuto en arrancar el cartel con cuidado de no estropear el fixo y otros treinta segundos en pegarlo en el exterior de la puerta del lavabo para que todo el que se acerque pueda leer oportunamente: “No tirar de la cisterna”. Otros dos minutos que demora la vuelta y listo para terminar el oficio de difuntos como es debido. Eso yendo sin prisas, con celeridad, aún menos riesgo. Coge aire, pero antes de moverse cae en la cuenta de que la mujer ya no tontea con su pareja. Dios santo. El hombre mira el reloj, así que ha debido marcharse hace rato, más o menos en el mismo momento en que él comenzó a cavilar. Y desde chico cavila bien, decía la tita, bien, pero lento. Al poco la ve reaparecer de nuevo y llega azorada; enseguida susurra al muchacho algo al oído. A él ve que se sonroja y después tapa con la mano la boca para ahogar la carcajada.

No hace falta preguntar para imaginar lo que encontrará cuando revise. Y no sabe si le corresponde o no, pero mientras aún se escucha la voz del cura comienza a cargar con desgana la primera palada de cemento.

– Pero será posible. ¿Quiere usted esperar a que termine?
– Lo hecho, hecho está -sentencia.

Y con la solidez de su carácter malhumorado, carga y vuelve a cargar el cemento para después vaciarlo sobre el nicho